Opinión

Capriccio

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Domingo 06 de septiembre de 2020

El verano trajo el absurdo por los mismos caminos por los que llegó en la primavera. Si ya hace tiempo que las mascarillas inútiles devinieron imprescindibles, o que el pequeño golpe económico devino la más profunda conmoción, o que el mejor sistema sanitario del mundo resultó incapaz de atender el gran número de infectados, ahora el gobierno concede el mando a las comunidades y son las comunidades las que reclaman al gobierno que haga honor a su nombre. Incluyendo aquellas regidas por federalistas de espíritu. La contradicción es evidente entre la prohibición de reuniones de más de seis personas y la exigencia de actividad presencial en las aulas. Si en julio se animó a reocupar nuestras costas o a un turismo de interior, ahora se abomina de los que siguieron el consejo. Se afirma a la vez una cosa y la contraria, era fácil prever el resultado: el país que ha practicado la coerción más restrictiva está en vanguardia en el número de muertos e infectados.

Pero, facundo y desenvuelto, el absurdo con rostro humano se asoma al pedestal televisivo y – acaso aquejado por el vértigo del disparate – decide condenar a los que se atreven a ejercer la crítica legítima. “Negacionistas” es la ominosa palabra. Un término que se reservó para los que negaban la realidad del proyecto nazi de exterminio, se aplica hoy a los críticos con las decisiones político-sanitarias. El vocablo ya se había extendido impúdicamente y con el mismo objetivo de negación del antagonista, pero antes era referido al que discutiera conceptos como el de “violencia de género”. Ahora ha dado el salto a las pantallas de televisión y se ha convertido en término estelar: “¡negacionista!” escupen para impugnar toda crítica.

Negacionista no es sólo el que niega la existencia indudable del virus, sino todo el que discute las decisiones político-sanitarias. Es entonces algo más que un gesto autoritario, porque trata de forzar lo que simple y llanamente no puede ser: porque no es posible A y no A al mismo tiempo. La defensa del absurdo sólo puede proceder por vía ejecutiva, fáctica y violenta: irracional. Proscripciones y vetos, mordazas y sanciones, contra el que se atreva a discutir lo indiscutible, porque la contradicción es indiscutible, sencillamente se impone. Y hemos de comulgar nuevamente con las ruedas de molino de esta democracia en la que, si la mitad más uno dice que la hierba es roja, no quedará otra alternativa que conceder que lo es.

Ajústense las mascarillas, dispongan los codos al saludo y háganse con las necesarias tecnologías de la distancia: telecomunicación para preservar el aislamiento que llaman ahora distancia social. Cada uno en su casa y la pantalla en la de todos; supongo que con la mascarilla puesta para dar ejemplo de ciudadanía y saber estar. Saber estar bajo el yugo del bronceado señor de la cosa y su séquito abundantísimo de revolucionarios de salón y ecualizadores de toda la realidad. Lograrán sin duda igualar todo con todo, es decir, simplificar, laminar, destruir. Porque para igualar es necesario allanar toda asimetría, triturar cualquier estructura, disponer a la altura del mismo suelo, llano y democrático, toda diferencia. En resumen: hacer que sea lo mismo A que no-A. Nada mejor a esos efectos que mantener la distancia y el rostro embozado. Desde lejos todo se parece a todo. Es al salvar la distancia, al aproximarnos, cuando las diferencias dan la cara. Cubierto el rostro y alejados lo mismo da “un burro que un gran profesor – como decía el tango –... Los inmorales nos han igualao “. La epidemia ha servido la ocasión para un socialismo que se desentiende de la deuda y un democratismo que abomina de cualquier diferencia.

Será preciso ir separando la cabeza del cuerpo – figuradamente, quiero decir – y empezar a pensar con el bajo vientre. Aceptar que el absurdo no existe porque la verdad es una fulana mentirosa, al servicio del mejor postor. Dejar la filosofía por la retórica de rebaño, fundada en el imperio sin sutileza de los deseos colectivos. Hay que empezar a coger el gusto a decir majaderías, siempre con la debida grandilocuencia y una imperturbable ampulosidad. En nombre de la democracia, en nombre de la libertad y – en el cenit de la impudicia: en el nombre de la verdad. ¡Negacionista! Todo el que se empeña en afirmar la realidad, en discriminar las exactas condiciones de la verdad. Si de la contradicción puede seguirse cualquier cosa – quod-libet – o, más propiamente, lo que se quiera: realmente y en verdad se seguirá aquello que sea la voluntad del que esgrime el absurdo y tiene el poder de silenciar cualquier objeción. Será verdad lo que se le ponga al señor del mundo y recitaremos sobrecogidos para que haga en nosotros, según su voluntad.

Pero no hay poder capaz de hacer que no sea lo que ha sido, aunque para modificarlo se apliquen todas las técnicas de una memoria cuyo contenido prescribe el BOE. No puede ser, lo que no puede ser. En fin, si estamos vencidos y arruinados, no salimos más fuertes. A no ser que el sujeto no sea el mismo en la subordinada que en la oración principal. Unos salen más fuertes, si otros están vencidos y arruinados y la fortaleza de aquellos, acaso descanse en la derrota y ruina de éstos. Estamos vencidos y arruinados, ellos salen más fuertes. Ya no hay contradicción. Pero – disuelta la contradicción – aparece la peligrosa tarea de determinar ambos sujetos.