Nadie puede discutirle a Pedro Sánchez el mérito de tener amarrada la poltrona de La Moncloa hasta el final de la legislatura, pese a contar solo con 120 diputados, haber protagonizado una de las peores gestiones del coronavirus en el mundo al agudizar la crisis sanitaria y económica de la pandemia. Hay dos motivos para mantener la presidencia: la dedicación casi exclusiva de todo el Gobierno, medios adictos e Instituciones en atornillar a su líder en el poder bajo la batuta de Iván Redondo. Y la suerte.
Pedro Sánchez rezuma propaganda. No importa que su gestión del coronavirus haya sido nefasta. El presidente del Gobierno y toda su potente maquinaria mediática propagan que ha sido ejemplar y que gracias a su acierto han salvado decenas de miles de vidas. Y hay mucha gente que les cree y, luego, les votan.
Por eso, a Pedro Sánchez poco le importa pactar los presupuestos con su mayoría de investidura o con Ciudadanos. Subir o no los impuestos. Incluso no perdería el sueño si tuviera que prorrogar los de Montoro-Rajoy. Porque él seguiría en el poder.
Tampoco le habrá quitado el sueño llevarse un histórico revolcón en el Congreso al ser tumbado su decreto municipal, el que pretendía saquear los ahorros de los Ayuntamientos para rellenar la hucha del Gobierno. La ministra de Hacienda, después de empitonar a los alcaldes rebeldes, ya dijo que sacará el dinero de otro lado. Y en paz. Pedro Sánchez ha sido abofeteado en el Hemiciclo al ser derogado un decreto que había aprobado el Consejo de Ministros, lo que solo había ocurrido otras cuatro veces en nuestra democracia. Pero como sigue al mando, pasa página y se va a Doñana a descansar el fin de semana y a dormir como un lirón.
Pedro Sánchez, además, tiene la suerte de que en medio de este socavón político e institucional, los tribunales y los medios de comunicación tienen a Podemos y al PP desquiciados. Pablo Iglesias no está en condiciones de amagar con romper la coalición si Ciudadanos participa en los presupuestos o no. El vicepresidente va a luchar sin respiro para incluir a sus amigos independentistas y bilduetarras. Pero si a Sánchez le salieran las cuentas de escaños con Ciudadanos, el PNV y algún otro, Podemos firmaría sin titubear. Se rendiría como hizo con el decreto municipal. No está el horno para bollos en la madriguera morada. No es el momento de salir a la intemperie.
Es verdad que a menudo Pablo Casado le saca los colores a Pedro Sánchez en el Hemiciclo, le dobla el pulso con facilidad. Pero el presidente del Gobierno parece no inmutarse y jamás le responde. Se limita a compararlo con Vox. Y las televisiones adictas se vuelven locas. Con lo de Vox.
Y así será este curso político y la entera y eterna legislatura que nos queda. España tiene a un presidente al que poco importa lo que pasa, que gobierna a panzadas y a bofetadas en coalición con los comunistas, que fracasa con sus decisiones, que manipula la verdad (hasta la verdad de los muertos). Pero, en cambio, nada ni nadie amenaza su poder. Según todas las encuestas, a mes y medio de las elecciones en Estados Unidos, el fanfarrón de Trump va perdiendo en la carrera presidencial por su soberbia y sus errores. En España hay un presidente con tanta soberbia y que ha cometido tantos errores como el norteamericano. O más. Pero nadie le tose, al menos en la mayoría de los sondeos electorales.
Pedro Sánchez solo se explica como una rareza política. Sí. Una rareza política que va a durar más que la peste. Porque domina la propaganda y tiene suerte. Y duerme como un lirón.