Opinión

Las botas de 7 leguas

TRIBUNA

Juan Carlos Barros | Lunes 14 de septiembre de 2020

Con la pandemia las cosas en Europa están yendo muy deprisa, vamos como si lleváramos puestas unas botas de 7 leguas. Las instituciones europeas han preparado un presupuesto, al que han unido un plan de recuperación, para dirigirnos a grandes zancadas hacia un porvenir digital y mejor.

En un momento tan excepcional nos disponemos, no obstante, a dar un salto copernicano, según lo ha calificado Charles Michel, el presidente del Consejo Europeo, para quien el plan de recuperación no es un simple plan de estímulo sino que es mucho más, es una estrategia de transformación que nos conducirá a la Europa del futuro.

Ahora bien, andar con botas de 7 leguas es muy cansado pues vas todo el rato acelerado y aunque el brinco sea tan amplio que nos deje boquiabiertos a los ciudadanos, ya que el presupuesto asciende nada menos que a 1,8 trillones de euros, eso no nos impide considerar que ese dinero nos lo tienen que prestar en los mercados de capital y después lo hay que devolver en un plazo de 30 años.

Dado que semejante gasto no tiene igual en el mundo actual ni en Estados Unidos, ni en China ni en Japón, para hacernos una composición de lugar veamos a continuación lo que pasó hace mucho tiempo en una ocasión, como ya lo contó Perrault:

Había una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos y al más pequeño, como era muy bajito, le llamaron Pulgarcito. Ellos eran muy pobres y sus hijos una carga para ellos, así que cuando sobrevino un año de hambruna, bien es cierto que con harto dolor de su corazón, decidieron quitárselos de encima y les abandonaron en mitad de la espesura. No obstante, gracias a Pulgarcito lograron regresar y la suerte hizo que en ese momento les pagaran a sus padres 100 escudos que les debían y pudieron ir tirando bien que mal.

Cuando se les acabó el vil metal el leñador y la leñadora decidieron de nuevo abandonar a sus hijos, que ya se empezaban a acostumbrar, solo que ahora les llevaron más lejos en el bosque para que se perdieran de verdad. A Pulgarcito esta vez le falló su plan de retorno y acabaron en la casa de un ogro y una ogresa que vivían con sus hijas, todas ogresas también. Allí el ogro se los quiso merendar pero la habilidad de Pulgarcito hizo que en vez de a ellos les rebanara el pescuezo a sus hijas; así salen a veces las cosas para algunos de mal.

Total, que el ogro muy enfadado, como era normal porque los ogros también quieren a sus hijos aunque se coman a los de los demás, salió a perseguirlos y como ya se habían alejado, se puso las botas de 7 leguas que tenía al efecto para tal caso excepcional. Al rato, agotado de caminar, pues con las botas de 7 leguas se cansa uno mucho más, se durmió bajo un árbol, ante lo cual Pulgarcito no tuvo ningún escrúpulo en quitárselas porque el ogro, como antes hemos dicho, las usaba solamente para perseguir niños y eso francamente está muy mal.

Pulgarcito se puso las botas a pesar de lo grandes que eran, para eso eran mágicas y se adaptaban a cualquiera, y en un santiamén se plantó en casa del ogro donde convenció a la ogresa para que le diera todo su capital, que era mucho, con el cual se las piró hacia su hogar, donde fue recibido con gran alegría y regocijo y allí desde entonces vivieron todos felices 7 años y 1 día, los padres y los hijos.

Moraleja: Si alguien no se ha creído esta historia es normal porque esto no hay quién se lo crea, pero mientras haya niños, madres y abuelas se seguirá contando como la cosa más natural.