Opinión

Todo Nick Cave en llama y ardor vivo: 1978-2019

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Diego Medrano | Jueves 17 de septiembre de 2020

Libros del Kultrum, editorial moderna, pleno taller de sedería medieval, hechicería secreta del rock, tira la casa por la ventana y publica en magnífica edición bilingüe el mayor susto de la temporada: Nick Cave: Letras. Obra Lírica Completa: 1978-2019. El poeta de la desesperación, del lamento sin remedio, del filo brillante del desconsuelo, de la prosa confesional y lacerante, a lomos del rock sin freno pero loco y despeinado desde el blues, el salmo, el vodevil y todas sus hibridaciones; las palabras hipnóticas y la fatalidad de lo irreversible, martirologio en la tierra quemada, cuarenta años de letras, en limpio y para siempre, a precio económico.

Andrew O´Hagan lo explica en el prólogo, es un poeta del amor como fuente de encantamiento, bien de la pena o ausencia, por varios motivos: su belleza tiene el poder de atemorizarnos, altera la sangre al adivinar sus versos, acrecienta su habilidad para el hechizo, es atemporal, su mera verbalización repara la pérdida que consigna, arrastra una carga de dolor magnífica para quien compone y canta, siente añoranza por lugares y parajes que jamás conoció. Es la obra lírica completa de un songwriter de los desamparos, crooner en el desaliento, ciego contra el viento, piano y humo de tabaco, cuarenta años de locura y azar, aceras solitarias de los hijos del amor, aceras mojadas por esos mismos crímenes.

Es el principal orfebre de la elegía rockera contemporánea y O´Hagan da en la diana: “Nick, entronca, y no oculta su deuda, con la tradición de William Blake y sus oscuros bosques, cual preclaro demiurgo de muy extrañas bestias. Es el martirio del amor, el culto a la memoria y a la búsqueda de lo eterno. (…) Sus letras se inscriben en una concepción de la épica que emana del blues y nos remite, sin remisión posible, al dolor del amor y la pérdida”. La poética ardiente de Robert Duncan: “La función de la poesía no es oponerse al mal sino imaginarlo”. Es un peldaño más en el lirismo mágico y negro, romanticismo de azabache, letras plagadas de infortunios, tumultos y trifulcas, la cofradía del hacha y su desconsuelo: Iggy Pop, Lou Reed, Kurt Weill, The Pop Group, Leonard Cohen, Allen Ginsberg, Edith Piaf, Jim Morrison, el Captain Beefheart y Johnny Cash. El amor como bisagra y mera brizna de suerte.

Cuarenta años por escrito, a doble espacio y todo seguido, melancolía rota como color de existencia, deseo y desesperación: “Nada es más profundo que la tinta negra”. Liturgia de la repetición sin pausa en las palabras, comunión con el oyente, pena compartida. Es un baladista irlandés (Lucy, Black Hair, Nobody´s Baby Now, Into My Arms), cartógrafo del alma y sus afluentes, ángel negro y demonio blanco, mal de amores para letraheridos damnificados, soledad y bar despoblado, ausencia y presencia. Will Self apunta muy bien quiénes son los enemigos de Cave o contra quienes escribe: “La estructura de las canciones pop –la mayoría de las cuales derivan del bendito mestizaje entre la forma de la balada inglesa y el blues de ocho compases-, así como la importancia de la melodía y la duración más bien breve –que parece imponer la tradición folclórica-, hacen que del recurso a las rimas fáciles, el relato sucinto y la franqueza sentimental broten las mejores letras”. La tesis es de Barney Hoskyns y con ellas defendía las composiciones de Smokey Robinson, el mejor letrista pop de posguerra según el crítico. Cave intenta otra cosa.

Cave es un poeta a lo Dylan, salvando todas las distancias, quien no cree en la defunción de la poesía como forma popular de arte. Poeta de rincón en café bohemio, poeta urbano, poeta de muy adentro bajo toda la estepa de la realidad menos afortunada. La soledad como afrodisíaco, el cuerpo del amante como único patrimonio, los acentos arrastrados y toda la noche nueva de los cuerpos prodigiosos, el sol entre las sábanas, el aire donde los puños cantan, la ofrenda de sangre como único ritual suicida, los cuerpos cansados en voluntad y vaho dolido; todas las palomas rosas en el ojo abierto, cada vez más grande, del sexo y sus dos púgiles entrelazados. Cave es consuelo y otra salud sin la menor confusión. El único acto creativo válido es la asimilación del dolor y su tantán. Juego y teoría del duende en Federico García Lorca. Sonido oscuro, misterio hondo, rock fresco, palabra llena de color, salvoconducto eterno a la imaginación, inspiración, insubordinación.

Hoy jueves, 17 de septiembre, en España, 700.000 músicos y trabajadores del sector se manifiestan en 30 ciudades debido a su completa desesperación. Garamendi, desde la patronal, lo dijo en su fecha: “El que cierra no vuelve y se trata de aguantar”. Muchos ya no tienen ahorros, no pueden aguantar más, la nevera está vacía y no les queda otra que la recogida de la fruta o cualquier otra manualidad tan feroz como fugaz. Suenan los acordes puntiagudos de la mayor desesperación. Noche de horca y desayuno con clavos. ¿Cuántas familias son setecientos mil tíos? Mejor no hacer la ecuación. Es la agonía lenta del autónomo: los ahorros se acaban, se agotan y no es posible el futuro. La misma desazón, sangre, putrefacción, anhelo y vísceras que en Nick Cave.