Opinión

De negro a negro

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Viernes 18 de septiembre de 2020

Tras el asesinato de George Floyd se han sucedido continuas revueltas que proclaman la indudable importancia de las vidas negras. Podría tratarse de un resultado directo del abuso policial, sin embargo me parece que estamos ante un tipo nuevo de subversión. La nueva forma de agitación tiene un carácter extraordinario, hasta el punto de permitir que la categoría Black lives matter figure entre los sugestivos estados de ánimo que clasifican composiciones musicales en Youtube. No parece casual que en esa categoría de estados de ánimo, musicalmente inducidos, figuren otros movimientos que me atrevería a llamar psicopolíticos. En efecto, en Youtube y en otras plataformas se ofrecen también películas o músicas bajo la categoría Orgullo LGTBIQ+. No he encontrado entre las categorías musicales o audiovisuales nada parecido a marxismo-leninismo, fascismo rojo, liberalismo o cualquier otra clase definida o estrictamente política.

Me parece que nadie se atrevería a negar públicamente la importancia de toda vida humana – aunque luego su práctica sea otra – y no sé si alguno se atrevería a poner en cuestión la afirmación sottovoce. No haría falta, en tal caso, la sonora proclamación de la importancia de las Black Lives. En Estados Unidos, sin embargo, pese a su conocido expresidente negro, pese a su legislación democrática, parece que hay una discriminación en el trato policial que es siempre expeditivo y no siempre legítimamente violento. Pero lo que el movimiento BLM delata es que el caso no sería otro entre nosotros, porque llevamos la discriminación inscrita en la zona invisible de nuestra conciencia, en la estructura gramatical y en los oscuros significados de nuestro vocabulario.

Por eso las revueltas que han encontrado ocasión en las últimas actuaciones policiales encierran mucho más que una protesta contra la discriminación racial. Expresan una evidente enmienda a la totalidad del pasado histórico occidental que se manifiesta en la bárbara supresión de monumentos y efigies o en la depuración de los programas de estudio de algunas instituciones que eliminan varones, blancos y heterosexuales del canon de la cultura occidental. La imposición de un programa semejante supondría la laminación plena de toda diferencia, en nombre de una igualdad universal y abstracta que alcanza el terreno de las relaciones personales, otrora privadas, de la vida doméstica o la expresión gramatical y exige, finalmente, una reforma de la propia conciencia subjetiva que ha de ser re-educada desde sus elementos. El objetivo: forjar una subjetividad de nueva planta. Se trata del sueño de una revolución verdaderamente revolucionaria capaz de erigir un nuevo sujeto con su nueva memoria democrática, educado – en resumen – en la historia correcta según valores vigentes.

Es ahí donde convergen esos “estados de ánimo”, según las categorías musicales de las plataformas digitales, que son los “movimientos” BLM y Orgullo LGTBIQ+. Es también curioso el recurso a la idea de “movimiento” para definir enfoques que se pretenden por encima o al margen de la política. En España los más viejos recordamos bien que el movimiento quiere estar por encima de los partidos. Parece natural que esos movimientos acepten el estatuto de “estados de ánimo” junto a “calma” o “dosis de energía” porque no se trata de una posición política, sino de un movimiento metapolítico de valor negativo que entiende cualquier diferencia como signo de una dominación siempre execrable. Estos movimientos practican un politicismo integral, sin reconocer terreno alguno de carácter antropológico o cultural, externo al abrazo letal de la política. Letal por lo que tiene de olvido y de negación del pasado íntegro de la civilización. No se trata ya de la conquista del Estado, sino de la metamorfosis de la realidad antropológica en la suma global de individuos abstractos caracterizados distributivamente por sus efímeros pero homogéneos estados de ánimo, es decir, por sus subjetividades homologadas.

En lo que respecta a la cuestión racial puede decirse que jamás fue tal para los españoles, por efecto del viejo catolicismo que fundó una política imperial de mestizaje infinito. La raza cósmica – por recordar el título de José Vasconcelos – es el resultado ideal de ese imperialismo mestizo que, sin embargo, no tiene en su horizonte la sociedad global resultado de la suma de individuos sin atributos: insustanciales, efímeros, indiferenciados. Mestizos, pero no uniformes, la raza cósmica se distribuía en círculos culturales, bajo la bóveda de una misma filiación divina.

Sea como fuere, ese imperialismo mestizo está ya muy lejos de nosotros. Estos días hemos podido ver a tres sujetos femeninos, de un perfil humano cada vez más extendido, escupir e insultar a varias personas que mostraban rasgos, al parecer, hispanoamericanos. Las chicas, cada vez más aguerridas, son capaces de un bien ejecutado manspreading y presentan modos acreditados de machirulo junto a actitudes de un racismo repugnante.

Menos mal que, por fin, el New York Times ha descubierto que los españoles – y se incluye a portugueses – somos negros o, al menos, no somos blancos. Ahora podremos reclamar la importancia de nuestras vidas, sumarnos al movimiento y, al mismo tiempo, reclamar nuestra negra tradición de marranos judaizantes y cristianos nuevos. Las jóvenes xenófobas se hundirán, aún más, en un triste autodesprecio, pero nuestro gobierno – esta vez a tiempo – ha elaborado ya nuestra historia corregida y está dispuesto a erigir la correcta memoria democrática.