Opinión

Las guerras honorables

MIRADA ESCOLÁSTICA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 18 de septiembre de 2020

Las únicas guerras honorables son aquellas que jamás se ganan, pero que nuestra defensa del bien y la decencia las ha hecho declarar al hombre auténtico desde el mismo inicio de la Historia. La guerra de la policía contra la droga, que esclaviza el espíritu del hombre y destruye la salud del cuerpo. La guerra de la medicina y de la Ciencia contra la muerte. La guerra de los jueces contra el robo y la ocupación ilegal, que asesinan los objetivos de casi toda una vida, dejando a ésta sin sentido. La milenaria guerra de la escuela contra la ignorancia, que mantiene al hombre en un primitivismo sin humanidad. La guerra contra la opresión del hombre por el hombre. La guerra contra la tiranía y la corrupción política, que siempre van juntas. La guerra contra el asesinato. La guerra contra el terrorismo. La guerra contra el racismo. La guerra contra la mentira. Las guerras contra el fraude, la violación, el incesto, la prostitución, el exceso de velocidad, los incendios provocados, etc., etc. Guerras todas que la sociedad honrada nunca acabará por ganar por completo, pero cuya constante beligerancia la mantiene honrada y sana. La lucha por ser mejores es la esencia de la decencia. Arrojar el escudo, como Arquíloco, en estas guerras honorables supone dejar al mal el campo propio y, a la corta, la completa autodestrucción de la sociedad. Pues bien, muchas de estas guerras honorables, cuyo esfuerzo en mantenerlas ha levantado nuestra civilización occidental, están siendo abandonadas por la corruptora filosofía de lo políticamente correcto, alentada por lo peor de la socialdemocracia y el comunismo de siempre, que no paran de remover el fango. Occidente, sobre todo Europa, está entrando en una vorágine de autodestrucción, y España es el paradigma supremo de esta sistemática autodemolición.

Esta izquierda que quiere dejar de hacer la guerra a favor del triunfo del bien, que quiere la paz de los cavernícolas, toma como una guía infalible para su moderna conducta hacer lo contrario de lo que nuestros antepasados decían o hacían, o bien lo que les habría causado una gran ofensa y un escándalo moral si hubiesen sido capaces de, al menos, concebir la posibilidad de tan desbarrante conducta. El triunfo definitivo del bien sobre esta tierra nunca los conseguiremos, pero dejar de luchar por él a causa de nuestra impotencia y nuestros límites, significa el fin de nuestra civilización y triunfos importantes del mal durante largos intervalos.

Se dice que el mal es tan natural como el bien. Pero yo creo que no es cierto. El bien responde a la naturaleza sana del hombre, y por eso siempre es espontáneo. La espontaneidad del bien es la principal característica del hombre bueno. El mal, por el contrario, representa una ruptura o sublevación a la naturaleza del hombre, herida sin duda por el pecado original, pero que aun así tiene la marca de la divinidad. Casi siempre se actúa bien cuando se hace conforme al modo de ser, como un manantial que nace a borbotones. El mal como contravención a nuestra naturaleza moral es siempre antinatural, una “figura”, un artificio, cuya repetición puede crearnos una segunda naturaleza, una segunda naturaleza que no es Naturaleza, sino aberración cultural.

Es verdad que una encuesta nos podría revelar que prácticamente no existen personas en el mundo que no hayan sido deshonestas a lo largo de la vida en alguna ocasión, que alguna vez hayan cogido un clip de sujetar papeles de la oficina, o un bolígrafo de la empresa, o alguna bagatela que se dejó olvidada un conocido. Pero por ello ninguna persona sensata concluiría de esta estadística que esforzarse por ser honesto es una farsa sin sentido, que es inútil tener leyes que regulen la conducta social. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que está ocurriendo hoy con muchos temas, como la droga, la política de género, el movimiento okupa, la destrucción de la familia tradicional, el aborto, la eutanasia. La pérdida del sentido que tiene el buen comportamiento. La cultura marxista sostiene que una sociedad tiene el ilimitado derecho de diseñar y rediseñar los roles. No existe lo normal o lo anormal. Cualquier cosa que elijamos es buena o, por lo menos, no es mala. La perversidad polimórfica reemplaza a la diversidad cultural de las sociedades clásicas, como un bien en sí mismo. Así, por ejemplo, la identidad sexual no está prefijada por la biología, sino que es una construcción social, un producto de la costumbre y las convenciones. El hombre, como valor adquirido, también puede volver a crearse ex nihilo él mismo. Ya somos dioses que estamos por encima del mal y del bien.

En estos momentos críticos se debe sostener que el abstencionismo en cuestiones como las citadas constituye un acto culposo que se hace muy grave, no sólo para todo cristiano, sino para cualquier hombre honrado. Rememorando al gran Pío XII, vuelve a sonar la hora capital de la conciencia cristiana. Hay cosas que están pasando que no se pueden contemplar fríamente sin incurrir en la frivolidad cruel o en el cinismo malvado. Y no estamos formulando no sólo un reparo moral, sino también intelectual: quien mira fríamente ciertos espectáculos hodiernos, de seguro es corto de vista. El treno interpretado hace unos días en el Senado por el presidente del gobierno a causa del suicidio de un criminal de la banda terrorista ETA nos debe poner en guardia. Siempre los ideales cristianos y liberales, y su coronamiento en la Democracia, han estado en contra en la Pena Capital, verdadera aberración de todo Estado antiliberal. Pero una cosa es no matar al hombre dañino a la sociedad, porque el derecho a matar no es un derecho del Estado, a pesar de lo que dijera Rousseau, y otra muy distinta condolerse públicamente – aceptado hacerlo en privado – de la muerte de un miembro de la banda terrorista más asesina de la Tierra. Hoy el gobierno ha dejado en la debilidad a todas las víctimas de ETA, y hay que apoyar siempre la gloriosa regla de la razón del más débil: cuando la gracia de Dios no te ilumine y no descubras por un razonamiento evidente dónde está la razón, no andes dudando más: la razón está de parte del más débil. Si dejamos que se sedimenten estas cosas terribles, tenemos el inminente peligro de que se implante una dictadura comunista en España.