En el inicio del otoño es el agigantamiento del rey lluvia: en sueños, caminamos hacia un extraño centro comercial, situado al suroeste de la ciudad. Es una especie de templo, y el sueño nos lleva hacia él. Está a su vez más allá de un mero intercambio dinerario. Ese lugar es magnético y no podemos referenciarlo para que coincida con la realidad espacial: se encuentra en cierto más allá, en un «beyond», en un punto de ruptura distorsionante que no obstante conserva y fija la realidad a sus características creativas. Es decir, que es una experiencia comunicada y con fianza que nos permite (me permite, en ese entonces) llegar a un misterio metapsíquico que nunca es revelado más allá de lo intrasimbólico. Las presencias me preguntan por algún objeto que llevo; incluso en el sueño me azoro con tanta facilidad como en la realidad interpersonal. La comunicación de la variabilidad mínima de estos sueños me conduce a una ciudad que está quizás por debajo de ésta: queda siempre la presencia de ese santuario, de ese lugar fascinante, que no podría encontrar en ningún lugar de este planeta salvo en la ciudad demolida de Kowloon. Kowloon fue una ciudad distópica, probablemente la ciudad más distópica del mundo, hecha a imagen y semejanza de una travesía alucinógena, y según dicen demolida por su insalubridad anárquica y masificada. Kowloon es ciencia-ficción y los sueños son a veces alucinación-ficción, que es como deben ser los sueños, incluso cuando son pesadillas. Todo parte de objetos sagrados y seres simbólicos en estos sueños. Todo parte de objetos sangrados y seres sistólicos en esta vida. La luz del sol cabriolea sobre el rey lluvia, y es hora de escribir algo, de buscar los datos putativos de la nada en el yermo eriálico. Necesito un vaso de agua fresca, mientras el veroño dice adiós y la realidad la soporto sin más, aunque me tenga hasta el moño.
Parece ser que el aparato neuronal abre puertas a lo simbólico, que es de naturaleza espiritual, por medio de lo físico-mecánico, que es el optismo. Si esto es más o menos así, entonces el durmiente se halla en el sentido extendido, en la asíntota psíquica que viene desde lo infinito a lo concreto, al punto de control que nos permite una sintonización no del todo democrática, en realidad, sino forzada y activa desde los límites traspasados de lo cósmico. Sin embargo, el hombre que está satisfecho con sus sueños puede encontrar una sensación de cierto sentido en su vida: la realidad fisicalista da para lo que da, que es poco y a menudo deleznable, y lo simbólico es un hiperlenguaje compuesto de un estímulo ambiguo, borroso como un cuadro de Turner y alucinatorio como uno del Bosco. El arte (filmes, poemas, cuadros, esculturas, incluso la música) es la respuesta desde el lado agencial de la realidad a la comunión psíquica y simbólica perdida en la vigilia y rehallada en el sueño. El sueño, además, nos previene intuitivamente acerca de nuestros enemigos, sucedáneos de la vida y clientes de la muerte. Para terminar el sueño, veo sobrevolar la estación a un ancho avión que va dando cabeceos. «Se va a caer cerca», pienso, y efectivamente poco después se precipita al suelo, dejando unas ciertas chispas (me sorprende que no parezcan ser muchas) unas manzanas o cuadras más allá. Asisto visualmente a cómo un conjunto disjunto pero arracimado de gente (los típicos morbosos de la vida) acuden a ver el desastre. Entonces, el sueño hace «plop, cloc y clopiti-clopixi-cloc». Es hora de reingresar al dislatoso y latoso mundo real, al menos por ahora.
Pues es preciso apuntar que los subconscientales aborrecen el operacionismo, que no pueden controlar. Lo subconscientales ven al Espíritu Absoluto por medio de un patrón iterativo de configuración de soluto-agentes dispersos en un disolvente- escenario. Los agentes o seres de los sueños comunican deseos, frustraciones, sentimientos orgánicos que nunca conducen a la octava maravilla del mundo. En su organicidad se halla cierta desesperación brutal, que no consiguen mantener a raya del sintiente subconsciental: se lo arrojan todo encima, como ejecutando aviesos trucos, trucos que en la realidad se volverán seguramente traición y desacato. En cuanto al escenario, de él suele proceder la simbolización más propiamente impactante, más inorgánicamente incomprensible, lo que Rudolf Otto denominaba lo mirífico. Según esto, lo orgánico sería funcionalizable más allá de la vida biológica, mientras que la materia inorgánica sería inmortal y estructuralmente inapelable. La vida de los conscientales no cuenta con que el subconsciente se apodere de su psique, pero esto les puede ocurrir, incluso con un cerebro mediano. Por el contrario, el subconsciental aprende a vivir en un marasmo, entre una visión sarcofágica y sotúrneamente cerrada en sí, que solamente el correlato sexual (dádiva del orgasmo) iguala con los sencillos placeres del sueño. Entonces, sólo hay pulsiones en todo este existir, aparte de lo simbólico. Todo lo demás es una tiranía sígnica y demiurga, que conocemos demasiado bien. El signo es pobre y la demiurgia es lo que nos da la vida y lo que nos quita, acaso, la alegría...