Opinión

Contra la eutanasia

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 27 de septiembre de 2020

En España, se ha aprovechado la pandemia que atravesamos para impulsar la legislación sobre eutanasia so pretexto de la llamada “muerte digna”. El nombre es engañoso porque toda muerte humana, por el solo hecho de serlo, es digna. Ningún ser humano muere sin dignidad porque la dignidad le es intrínseca.

Desde hace décadas, se viene recurriendo a eufemismos como “interrupción voluntaria del embarazo”, “salud sexual y reproductiva” y “muerte digna” para referirse al aborto – la muerte causada al concebido no nacido mientras está en el vientre de su madre- o a la eutanasia, es decir, a la muerte causada al enfermo terminal o incurable. Por supuesto, no se plantea en estos términos porque repugnaría no sólo a la razón, sino también a los sentimientos mismos de la humanidad. Es necesario presentar la eutanasia como algo limpio, deseable, indoloro y, sobre todo, “digno”. La “dignidad” (insisto en las comillas porque esto de digno no tiene nada) es, pues, la coartada perfecta para el homicidio.

Afortunadamente, la claridad moral no se ha perdido por completo. La Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado esta semana la carta “Samaritanus bonus” sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida.

Se trata de un documento del máximo interés no sólo para los católicos, sino para todas las personas de recta conciencia y buena voluntad. Hay cosas que resultan evidentes con independencia de que uno crea o no. Por ejemplo, que la vida humana tiene un sentido positivo o que el ser humano está dotado de una dignidad inalienable que ningún legislador puede darle ni quitarle porque no se la debe a él. La carta apunta al gran problema de nuestra cultura, que vincula esa dignidad a la utilidad o el cálculo coste-beneficio: “hoy en día algunos factores limitan la capacidad de captar el valor profundo e intrínseco de toda vida humana: el primero se refiere a un uso equivoco del concepto de “muerte digna” en relación con el de “calidad de vida”. Irrumpe aquí una perspectiva antropológica utilitarista, que viene «vinculada preferentemente a las posibilidades económicas, al “bienestar”, a la belleza y al deleite de la vida física, olvidando otras dimensiones más profundas – relacionales, espirituales y religiosas – de la existencia». En virtud de este principio, la vida viene considerada digna solo si tiene un nivel aceptable de calidad, según el juicio del sujeto mismo o de un tercero, en orden a la presencia-ausencia de determinadas funciones psíquicas o físicas, o con frecuencia identificada también con la sola presencia de un malestar psicológico. Según esta perspectiva, cuando la calidad de vida parece pobre, no merece la pena prolongarla. No se reconoce que la vida humana tiene un valor por sí misma”.

He aquí la tragedia de nuestro tiempo.

En el tiempo de la “cultura de la muerte” que denunció Juan Pablo II, hay quienes creen que existen vidas con valor y vidas sin valor y se arrogan el poder de decidir sobre ellas. Frente a eso, “la Iglesia considera que debe reafirmar como enseñanza definitiva que la eutanasia es un crimen contra la vida humana porque, con tal acto, el hombre elige causar directamente la muerte de un ser humano inocente” y añade que “la eutanasia y el suicidio asistido son siempre un fracaso de quienes los teorizan, de quienes los deciden y de quienes los practican”.

Por eso, en España, donde la propaganda a favor de la eutanasia ha contado con el apoyo activo de políticos, intelectuales y artistas, es necesario afirmar con decisión y coraje que la vida humana es un bien en sí mismo y que la eutanasia es una abominación. No importa que se rueden películas sensibleras para mostrar que morir es preferible a vivir y se silencien las tragedias de las personas que suplican terminar sus días porque no se les han suministrado los cuidados necesarios y porque se les ha hecho sentir que son una carga para sus familias y para la sociedad. Debemos pedir -es más, debemos exigir- que se extremen los cuidados básicos, los cuidados paliativos y, en general, el acompañamiento a los enfermos y a sus familias, así como el derecho a la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios a las prácticas de eutanasia y suicidio asistido.

Frente a la deshumanización de nuestro tiempo, representada en lo que el Papa ha llamado “la cultura del descarte”, hemos de defender la rehumanización de la sanidad y los cuidados en las instituciones y en los hogares. Este tiempo de pandemia debería servirnos para volver a las raíces de la humanidad, no para alejarnos de ella.

Hay algo maléfico en esa fascinación por la muerte que hoy impregna nuestro discurso público. Desde las profanaciones de tumbas hasta el asesinato de los inocentes, hemos perdido el sentido de lo bueno y lo malo como si todo dependiese de la elección propia o ajena.

Algunos creen que iniciativas como la legalización de la eutanasia son cortinas de humo para distraer a la opinión pública de la calamitosa respuesta a la pandemia y sus terribles consecuencias. No es así. La pandemia es, más bien, la ocasión de imponer medidas de ingeniería social en distintos órdenes -la educación, la política criminal, la cultura, la sanidad- que, de mediar un debate razonable y ordenado, jamás saldrían adelante. Estos meses están brindando la coartada perfecta para acelerar la transformación de nuestra sociedad según una agenda política determinada. Por eso, debemos estar alerta y oponernos a la cultura de la muerte afirmando la vida y su valor intrínseco.