He repartido mis pasados artículos para El Imparcial en temas artísticos y de arquitectura, con especial referencia a La casa que nos cobija, y en ellos he volcado trazos de humanidad y de infancia. De la primera porque es inherente a nuestra convulsa y extraviada, a veces, condición humana el no perder ese horizonte y de la segunda, incluso anterior, porque es el germen a lo largo de nuestra vida de cuanto nos acontece y en cuanto nos empeñamos. La infancia marca más que un hierro candente y es nuestro tatuaje.
He mantenido una prudente distancia de lo erudito, académico o documental, porque tal vez no me interesara y porque mis lectores no necesitan sino de su atención, experiencia vital, educación e inquietudes, para navegar críticamente sobre mis párrafos. Solo me ha preocupado señalar a los autores y fechas de las referencias, para que siempre prevalezca el justo reconocimiento de sus creaciones y el tiempo en que fueron creadas. Diría, que si el Arte ha sido el traje del intelecto y la casa el hogar del cuerpo, debo ahora emplear nuevos atriles donde posar mis opiniones, a los que voy a encuadrar bajo el título de “Náufragos en el paraíso”.
El autor, que aún no ha escrito esos cuentos, es el primero de esos náufragos, un término muy hermoso que mezcla la derrota con la supervivencia en extremo y el renacer a una nueva vida desde cero con el ímpetu y valor que nos confiere nuestra condición humana. Porque ¿quién no se ha sentido zarandeado bajo la tempestad y el ahogo de un naufragio, que a los demás les pasa inadvertido, sino fuera por nuestro llanto?