Opinión

Náufragos en el paraíso II. Il Pavione y la anormalidad

TRIBUNA

Víctor Ochoa | Domingo 04 de octubre de 2020

Cada mañana me voy con alguno de mis perrillos a desayunar a una cafetería cercana, castiza, típica, y me adentro hacia una mesita del fondo para sentarme con ellos al lado y que se vayan acostumbrado sin rechistar a su minidosis de mi tortilla española y al pedacito de pan del final mientras yo dibujo o escribo un rato. Es lo mismo que acostumbraba a hacer hace veinte años con mi gran rottweiler en un hotel del centro de Madrid, donde tenía mi estudio, y como el perro era tan negro y se quedaba paralizado bajo mi mesa, nadie se daba cuent ni me lo recriminaba, hasta que asomaba la enorme cabeza al final de la tostada. Los de ahora en cambio son tan pequeños que algunos pensarán que son muñecos.

Il Pavione es un micromundo y por aquí pasan empresarios de la urba y jugadores de fútbol reconocidos, sus jardineros y ayudantes, los de vigilancia, las y los jubilados, los nietos, los fumadores, moteros, paseantes, corredores, tocados y gente pallá, en una mezcolanza que llamaríamos sin ser ofensivos, el chiringuito de la lomas. A eso hay que sumar los que entran a comprar periódico, pan y tabaco, pero ahora que miro por la ventana las mesitas vacías y por dentro las las vitrinas del mostrador huérfanas de pinchos y aperitivos, pienso lo difícil que le será manejar esta pandemia que corta de cuajo su pintoresco mundo, que hoy por hoy, es lo que somos, tanto en invierno como en verano.

Paco, ¿cómo te va?, le digo al dueño, ¡y vaya pregunta que le hago por detrás de mi máscara! Cómo le va a ir en esta absoluta anormalidad, pero también es la costumbre en lo evidente, que no te haga tonto sino educado.

-Ya ves, muy mal- me contesta. - Separo las mesas y la gente llega y las junta, porque juntos han llegado y qué van a conseguir por distanciarse entre cervecita y cervecita un rato. Un desastre, llegará la policía y me lo cerrará -.

Admitamos que este país con su gente, nosotros, es lo más inapropiado por vida y costumbres para llevar a cabo una maniobra disuasoria y restrictiva a la propagación del covid-19 y que toda nuestra evolución natural patalea en sentido contrario. No somos sumisos sino rebeldes, no tenemos ni la educación del silencio, ni de la distancia, ni del pudor, picamos entre horas más que los herbívoros y nos empujamos y tocamos todo el rato como tocayos, mientras que la soledad y el recogimiento nos parecen mortuorios. Propagamos que el BAR es nuestro Ágora, con razón, pero Paco y su familia están desesperados. Después de 26 años de un remoto traspaso con el nombre de la montaña (2334 m. Veneto. Italia) de los antiguos dueños, a él, que vino de Sevilla, de Albacete su mujer y sus hijos nacieron aquí en Madrid, no le es posible reconvertirse ni de coña y sueña con recuperar pronto aquel esforzado y madrugador día a día, cargado de problemas, o bien desfallecer en la playa del implacable naufragio que se avecina, jubilarse y añorar el paraíso de antaño.

VICTOR OCHOA

Comensal en el bar. tinta china y café sobre servilleta. 2000