Opinión

Smart Pedagogy

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Miércoles 07 de octubre de 2020

Hay muchos que estiman que ya era necesario “darle una vuelta” a la educación, era preciso – al parecer – actualizar sus métodos para asimilar las tecnologías de la información y de la comunicación con las que nos ha bendecido el presente. Por fin, la situación excepcional que vivimos a causa de la epidemia ha forzado la inercia de los profesores, en especial los funcionarios públicos, que se han visto arrastrados velis nolis al uso de herramientas digitales. Con esta renovación metodológica obligada suponemos que, si no todas, al menos buena parte de las dificultades que venían siendo señaladas por los expertos, quedarán paliadas o, si somos optimistas, definitivamente resueltas. Pero haría falta ser ciego para no ver que la transformación que se dice metodológica es un cambio sustancial que, al menos en el terreno de las residuales humanidades, significa un final largamente anunciado.

Son numerosos los que señalaban la creciente indolencia, la informalización en el trato y la falta de toda resistencia a la frustración, la alarmante pérdida de habilidad en el habla o la escritura, la desaparición del hábito de lectura sostenida y la merma de la capacidad de comprensión de estructuras lingüísticas de un mínimo grado de complejidad. Rasgos que señalan a la desaparición de una subjetividad tenaz, resistente a las multiplicadas insinuaciones o sugerencias que solicitan de todas partes nuestra atención fragmentada y dispersa, a la pérdida de una firmeza – uno de cuyos aspectos es la pérdida de la atención – capaz de proseguir una tarea a largo plazo… En resumen, se venía advirtiendo de una modificación en profundidad de la forma de nuestra subjetividad. Ahora, por obra y gracia de las telecomunicaciones, se recuperaría la capacidad de expresión verbal y escrita, más allá de la limitada fraseología de Twitter o WhatsApp, nuestra actitud y nuestros hábitos se verían adornados nuevamente con las formas de la cortesía y del respeto en el trato mutuo, nuestro carácter recobraría constancia y tenacidad. Sobre esta nueva base podría luego afrontarse la ulterior formación en una u otra área de conocimiento. Parece que muchos encuentran en las tecnologías de la relación online la condición de la panacea. A mí me parecen más bien el bálsamo de Fierabrás.

Si no se las quiere asimilar al repugnante brebaje, acaso se me admita que parecen responder a una auténtica astucia de la razón económica y a una nueva dimensión en la gestión de poblaciones. La escuela ya hace mucho que perdió sus residuales contenidos histórico críticos y se redujo a su función de fábrica de trabajo más o menos cualificado. Las tecnologías informáticas han servido de hecho para destruir la ya escasa necesidad de fuerza y habilidad que todavía era precisa en algunos sectores productivos. La revolución de la electrónica y la programación, de la cibernética y la telecomunicación permitiría suplir enteramente el trabajo orgánico y vital del hombre. El trabajo restante va quedando reducido a la condición de suministrador de inputs a una interfaz siempre intuitiva y de fácil manejo. El viejo servidor de la máquina de anteriores fases industriales hoy permanece sentado ante una pantalla que pide una vaga y superficial dedicación a la vez que ofrece entretenimiento. Algo semejante sucede con los medios audiovisuales que suplen sucedáneamente la ardua labor de lectura y escritura y que permiten, se nos dice, entretener a la vez que adquirir conocimientos. Son informativos y entretenidos, pero la información inarticulada – un aluvión de referencias y nombres – envuelta en la atmósfera luminosa del formato digital vuela sin rozarnos y nos deja incólumes e intactos. El efecto de profunda conmoción que pudo tener sobre nosotros la lectura de un texto orgánico y complejo, capaz de exigir una lectura lenta y una escritura de respuesta, ha desaparecido. En suma, la capacidad de transformación de la filosofía o la literatura, de la historia o las lenguas sin hablantes, ha quedado neutralizada en el documento audiovisual dinámico y luminoso. Los ojos abiertos como platos y el gesto pánfilo ante el viento electrónico de la pantalla delatan una asombrosa capacidad de absorción de toda potencia de contestación. Es una retórica incontestable, vibrante y políticamente depurada.

Por no hablar de la inspección integral con la que cámaras y grabaciones profanarán el viejo recinto de la libertad de cátedra. Unamuno habría clamado en una conocida ocasión: “Éste es el templo del saber y yo soy su sumo sacerdote”. Sea o no apócrifa semejante frase, hoy produciría una fabulosa carcajada. El templo del saber ha quedado abierto de par en par ante las más extremadas posibilidades del panóptico. Tecnólogos y científicos físico-matemáticos, gentes cuya labor puede ser publicada sin merma, no entenderán que ese ojo tentacular, que extenderá su vista sobre todo rincón en el que todavía se escuche una verdadera conversación, inhibe y arrasa toda posibilidad de comunicación real en los terrenos plásticos y problemáticos de la filosofía o de la historia, de la política o el derecho… La vieja distinción entre los órdenes esotérico y exotérico de la comunidad académica ha quedado laminada y el ojo innombrable del Estado y el Mercado penetrará hasta nuestras más escondidas entrañas. La educación, dicen, estaba ya necesitando una vuelta…