Busutil es un fármaco, un medicamento. ¿Sus hijos no leen? Pida Busutil en la farmacia. ¿Usted no lee? Pida Busutil en los restaurantes. ¿Algún amigo precisa volver a la lectura? Pida Busutil en las barras de los tugurios más oscuros, próxima la hora del cierre y las claritas del alba, todas las mascarillas frías sobre la barra como insectos. Gullermo Busutil compila en tocho lisérgico todos sus artículos literarios donde la letra impresa va por delante de la vida y tira fuerte del ronzal: La cultura, querido Robinson: Crónicas y miradas periodísticas (Fórcola). Muñoz Molina lo prologa pero no he leído nada de sus letras, entrando en harina al natural, como los valientes, prosa loca llena de imágenes, relieve por dentro y no por fuera, donde la imagen sorpresiva hace el flash en un lenguaje corriente con la máxima de Tolstoi tatuada en las bruces y los bíceps (“Mejor limpio que brillante”). No a la manera de Umbral, sino paralela, un barroco hacia dentro, en plan Bernini, eso es.
Empieza con Cunqueiro y Wenceslao Fernández Flórez (al que llama Flores) y sigue y sigue por novelistas españolas, grandes damas de la pluma, literatura popular, letra inglesa y americana, los franceses eternos, barra libre a destajo y ojos abiertos como un búho. Un libro que vale por todos los talleres literarios del planeta, por todos los fomentos de la lectura del ministerio, por toda una vida desde la página, por una manera entera de vivir donde otro mundo es posible. El primer párrafo es su poética: “Los libros son tatuajes de la memoria. En su corteza y tálamo nos dibujan emociones y huellas de una experiencia, de un empeño, de un conjuro sobre el que ser. Cada uno tiene un trazo, un estilo, un significado. Lo mismo que pueden leerse sobre la piel que ornamentan para saber acerca de la persona que los ostenta, la estela de su cicatriz rebelaría nuestro espíritu si fuese posible exhibir el cuerpo de nuestra memoria con las lecturas que fuimos y nos siguen permitiendo ser otros, muchos, diferentes entre sí y un solo ADN: la literatura”.
Compromiso social desde la lectura, batalla íntima desde la lectura, brújula y mapa único “desde los ojos de los labios”. Sortilegio de “los que miran y pronuncian hacia dentro la letra de la voz con la que la escritura relata”. El deslumbramiento por la lectura en un medicamento contra mansedumbre, indolencia y lasitud: Busutil. La tos no entra y los pasos conocen la velocidad. “Nadie nace lector, hay que hacerse”, dice el poeta. “La lectura es uno de los ejes fundamentales que expresan el progreso de económico, moral y crítico de una sociedad”, escribe el náufrago. Puro recinto de afectos, isla con sofá rojo, la esperanza como vida defendiéndose a sí misma, en plan Julio Cortázar. El libro está lleno de miedo y por eso es tan cromático. Ética del coraje, inteligencia audaz, apetito por el idioma, leer más allá del entretenimiento, verbena siempre de barrio. Busutil, con su cara de rana y ojos saltones, nos levanta en brazos al puro cielo y las nubes de algodón. “De la pérdida lo que importa es la manera de contarla”, explica a Faulkner y Marsé.
Busutil es el último espiritista melancólico, detective de la memoria almenado en los cuellos de la gabardina subidos, un libro que cuesta poco más de dos copas y es toda una enciclopedia: “Cada escritor corta la literatura a su medida. Es como ajustar el asiento del coche y el volante, antes de empezar lo que realmente importa: la manera de conducir y el viaje”. Es un sabueso de los afectos fugitivos, susurro del mar en la caracola pero también naranjas que madrugan en la cocina por la faena, siempre lee y no llora, lo que agradecemos mucho, por eso de la fístula: “La conciencia es la imaginación del hombre libre; ser dueño de las palabras es ser dueño del mundo”. Busutil, antidresivo y viagra. Incluso cuando cita a los anarquistas (Proudhon) no se separa de una forma suave, tan confortable, de navegar dentro del velero: “La libertad es la madre del orden”. Lecturas en estado de rapto, tatuaje en los ojos del niño eterno lector, acento de lluvia en la imaginación que se rebela con palabras y al dictado, las abejas que son los libros y el polen de la inteligencia de una mente a otra. Una maravilla, amigos. Pura desobediencia frente a lo real: “La gente coge el periódico del kiosco igual que si fuese una navaja”. Hoy esa cárcel es su pantalla, donde el placer existe y el periódico es humo eterno o laberinto de espejos a lo Borges. “No folles con alguien que no tenga libros en su casa” (Johan Waters). Ni Busutil en el botiquín, oiga.
Carne y tinta, escritura respirada y resistencia irónica, el cadáver y los disparos, el silencio y las miradas, la lectura como pozo donde caer para renacer y dejar la basura arriba. “El lenguaje y la mirada son una identidad, un estilo”, cito de memoria. La lectura, sí, esa luciérnaga en plena actual y desesperación. No un pasatiempo sino una fiera que despierta al perro de la conciencia a empellones. Explica pero no sermonea. Voy a poner un ejemplo. Radiografía, por ejemplo, a Borges con tres frases (“Hay derrotas que tienen más dignidad que una victoria”, “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”, “El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo, interminablemente”) y ya nos imaginamos a un ciego que ve, el Borges del fracaso con triunfo en medio mundo, experto en el arte de salir adelante sin mirar por el retrovisor. Al lado pinta a Cortázar bañado en sexo (“Si te caes te levanto, y si no me acuesto contigo”, “Toco tu boca, con un dedo voy dibujándola como si saliera de mi mano, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo”) y no necesitamos manual añadido para saber si compensa o no salir a la vida. Busutil: barato, eficaz y radical contra la gripe de ser una acémila ignorante, ajena al alfabeto.