La invulnerabilidad social, gracias a la Prensa y los demás medios de comunicación, que tienen los delitos de la extrema izquierda es ya un hecho en nuestro país. Cualquier crimen que comete la extrema izquierda hoy es socialmente invulnerable. Diríase que la mayor parte de los grafiti suburbanos, que representan toda una iconografía de odio profundo, agresivo y racionalmente inexplicable a España, ha calado en los cerebros hebetados de una ciudadanía que ya no hace nada cuando diariamente le conculcan sus propios derechos. Los políticos de la oposición no pueden acabar siendo comparsa de esta parcial justicia, no pueden seguir siendo los zanni de esta Comedia del Arte en que se ha convertido la política nacional. No pueden permitir la inexpugnabilidad de los crímenes izquierdistas. Todos los ladrones de la derecha van a la cárcel, como mandan la ley y el decoro, pero los de la izquierda se libran gracias a jueces que sueñan con un gran futuro. Incluso algunos políticos conservadores sin haber cometido ningún delito, como Ángel Acebes, exministro de Interior, han pasado un largo calvario judicial a consecuencia, probablemente, de los prejuicios ideológicos de una fiscalía, que diríase se ha comportado como hooligan del Gobierno. Y es que tener un gran futuro es la promesa talismán que ha ofrecido siempre toda izquierda. Un horizonte con futuro disuelve siempre toda responsabilidad criminal pasada y presente de la izquierda. Es lógico. El pasado y el presente pesan en la derecha, porque ésta nunca anuncia un paraíso futuro en la tierra. Con la nada no se llega a nada en nada de tiempo.
La izquierda y sus futuros sucesivos necesitan, para no ir a la deriva sin brújula de futuros, enfrentarse a enemigos imaginarios o muertos, ya que la existencia de estos enemigos, aunque no sea real ni efectiva, presta un propósito a sus acciones de futuro. Necesita verse a sí misma siempre como guerreando en una guerra civil que injustamente perdió, y por ello con autoridad moral para que sean sobreseídos todos sus delitos y crímenes. El comportamiento de nuestros gobernantes de izquierda es el de reyes omnipotentes. La izquierda no teme a la ley, más bien la ley teme a la izquierda, y a sus hijos jorobados de la ley, hijos contrahechos y sinuosos de la justicia. El principio de la igualdad de todos ante la ley, eso que los griegos de la época de Clístenes llamaron “isonomía”, y que es siempre el precedente y requisito mínimo para el advenimiento de la Democracia, está hoy quebrado en España por la corrupción y el sectarismo que un Gobierno socialcomunista, ayudado por la fiscalía, ha instalado en la entraña del llamado Poder Judicial. La primera conquista de la Democracia y que es a su vez cuna de la misma es, efectivamente, la igualdad ante la ley. Se trata de una igualdad formal, en virtud de la cual todos los ciudadanos somos iguales ante la ley y la Administración. Cuando no es así, estamos ante una especie de timocracia soloniana – en el mejor de los casos – en que dependiendo el status en el que nos encontremos tenemos determinados derechos y otros no. La reforma del Areópago ( Justicia ), junto a la conquista política de los derechos políticos por parte de los thêtai, los ciudadanos libres pobres, que también podía ser sorteados para ser miembros de la Boulê, o Parlamento, y que, por tanto, también podían llegar a ser por sorteo epistatai en su pritanía, fueron la principal base de la primera Democracia y su desarrollo. Ser iguales ante la ley supone ser juzgados ecuánimamente desde la ley por jueces que sean buenos hermeneutas de la ley y con recta e independiente conciencia. Y una conciencia recta e independiente sólo la tiene el juez que no padece de prejuicios ideológicos ni tiene pretensiones de quedar bien ante el poder político que lo puede promocionar. Y esto último es imposible. Mientras el Poder Legislativo imponga el CGPJ una nauseabunda tenebrosis habitará en la conciencia de los jueces. La corrupción del sistema altera el temperamento idóneo de los jueces, que pasan de ser flemáticos – el temperamento de la Justicia – a ser sanguíneos, un temperamento de oportunismo político, siguiendo la vieja y sabia teoría de los cuatro humores de Hipócrates y Galeno.
Hubo un tiempo en que los grandes escritores y artistas abrazaron fervorosamente la izquierda, porque el futuro que proponía, aunque no respondía a la naturaleza humana ni a una antropología verosímil, al menos constituía una mentira muy hermosa y, como se sabe, el arte es una mentira que lo sabe que lo es. Pero hoy todo el mundo ya sabe en qué consisten los paraísos futuros de la izquierda, y ninguna persona verdaderamente decente puede abrazarla ya. Hoy ningún hombre verdaderamente decente puede justificar una posición de izquierda comunista. Sólo un cínico o un bobo lo pueden hacer. Y el cínico debe ser un degenerado o un malvado, claro.
Si fuera cierto que España está hecha de trozos mal cosidos no hubiera podido jamás resistir todo el ímpetu independentista guarecido por el socialismo. No; España no está hecha de trozos mal cosidos, sino que somos fruto de una urdimbre infrangible. Es verdad que la oposición debe moderar su verbo ante este gobierno socialcomunista; pero hay principios que no se pueden conciliar con sus opuestos. Quien todo lo quiere conciliar, lo mismo puede ser un bobo que un sinvergüenza.