Opinión

Náufragos en el paraíso IV. Dignidad

TRIBUNA

Víctor Ochoa | Domingo 11 de octubre de 2020

Que una imagen valga más que mil palabras está bien, pero una escena cimbreante e inmóvil en el interior del metro de Manhhatan, mientras el vagón traquetea y los espectros de la gente entrando y saliendo parecen figuras de Francis Bacon (1909-1992) aderezadas por unos pitidos que agudizan su intensidad, eso sí que vale por una vida ajena.

En hombre sentado y con traje, no llamaría nuestra atención, salvo porque era una persona de mediana edad, cabizbaja, con los ojos abiertos y perdida la mirada en sus zapatos, y porque el gastado traje de color ceniza que le arropaba parecía un taper demasiadas veces reutilizado. Sus manos se entrelazan en las piernas y nada de lo que ocurría a su alrededor parecía siquiera afectarle. Su humanidad afloraba desde esta ciudad del paraíso, cargada de luces, edificios y oportunidades, como una mariposa que escapa de un sótano, y me impresionó tanto que su recuerdo aún pervive nítido después de tres décadas, que ya han pasado.

Dignidad, ¿qué palabra tan aleatoriamente utilizada!, cantada, explicada, acotada en los justos términos para no meter la pata, pero que no es una palabra ni un término, sino una flecha clavada en nuestro corazón, así de repente, cuando casualmente la vislumbramos, y no ocurre muy a menudo por lo que vemos.

No hablé con él porque no sé, no me hubiera atrevido y ya cuando llegué a mi parada salí como todos, atolondrado, pero con el corazón raptado. En esta ciudad que tapa los fracasos con los rascacielos, floreció aquél hombre desde su naufragio, sin saber yo si era feliz o infeliz, aunque eso tampoco semejaba importante, llevando como él llevaba, años, día tras día, volviendo en el mismo vagón y a la misma hora al final de cada jornada, para llegar rendido a casa y recibir el abrazo de su familia.

Él no abrigaba fantasías, ni un golpe de suerte que quebrara su destino, pues había asumido con resignación que lo importante era llegar a esa su casa. Un día de esos también se iría sin que nadie se diera cuenta y una mujer ocupase su asiento con igual quebranto. Sé que los vagones del paraíso están llenos de gente así y yo les deseo, si en verdad hay otro paraíso, que sean quienes ocupen las primeras filas, esas con la ventanilla abierta y los ojos cerrados que hacen crecer las sonrisas de una vida plena.

VÍCTOR OCHOA