TRIBUNA
Juan José Vijuesca | Miércoles 14 de octubre de 2020
Soy madrileño y eso no me hace ser diferente del resto de los mortales; pero hoy cuando me he mirado al espejo es cuando me he visto desigual por el simple hecho de estar bajo órdenes contradictorias. La reclusión de la capital de España te hace sentir cuanto menos culpable de atentar contra la cordura y no lo digo por rebeldía hacia el sentido común al que todos nos debemos si queremos salir de esta pesadilla, sino que es de justicia llamar a las cosas por su nombre. Controles por tierra, mar y aire han hecho buena aquella frase de Julio Cortázar: “Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías". Y así ha quedado Madrid, convertida en una instantánea un tanto apocalíptica, más propia de lugar tenebroso que de una ciudad placentera.
Estoy de acuerdo en que este virus tan canalla no es precisamente la nada, pero una cosa son las medidas para el bien común y otra la falta de empatía a la hora de repartir los dones afectivos, no solo en lo que a responsabilidad individual y colectiva se refiere, sino en dosis de cariño hacia una ciudad que siendo de todos, y por simples decisiones políticas, la conviertan en un lugar estigmatizado.
Lo que no saben aquellos que vilipendian a Madrid es su capacidad para convertir maldades en virtudes. Una vez más, y no se bien cuantas adversidades llevamos catalogadas, el sol enciende el cielo de Madrid a pesar de sus puertas cerradas, pero con las tabernas abiertas de par en par, y aunque privados de mudanzas más allá de extramuros las gentes se guardan en galas para el lucimiento del convivir entre unos y otros llenando aceras y bulevares con la suerte del vivir que inunda incluso la noche. Terrazas con encajes de sonrisas tapadas por mascarillas nos invitan a ser felices en un kilómetro cero más quieto que nunca por estar cerradas las salidas. ¡Ay, políticos míos!, ignorantes del todo, ¿acaso no saben ustedes que si a Madrid le cierran sus puertas y sus maneras de huir, en esta gran urbe hay infinitas maneras de vivir?
Y en este solaz estado de fuerza mayor, que no la mayor de las fuerzas, nos quedamos los que a órdenes cumplimos con el deber haciendo vida social entre congéneres de reclusión. Aquí estamos vadeando los límites que separan a unos ciudadanos de otros por el simple hecho de que un caprichoso virus delimita fronteras de libertad. Y mientras esto acontece, sentado en terraza de bar castizo, un buen amigo, del que por razones de anonimato me veo obligado a pixelar su nombre, va y me pregunta por la felicidad. Así, como suena: ¿Tú sabes que es la felicidad? Es lo que tienen las reclusiones forzosas –pensé para mis adentros.
Confieso que me vine arriba, no por considerarme guía espiritual de nadie, sino porque en “los Madriles” somos muy de ayudarnos. Aquí nadie es extraño, salvo que alguien venga disfrazado de normal y después resulte ser un alambicado cretino. Lo cierto es que mi desprendido ego comenzó a maridar ideas en torno a la felicidad y se lo solté de primeras: -Mi querido amigo, la felicidad es algo que no existe, a menos que cada cual sea capaz de fabricársela-.
Ni corto ni perezoso eché mano de unos apuntes recientes sobre este apasionante tema. Sólo el 38% de los españoles afirma ser feliz. Ni que decir tiene que al escuchar este dato mi amigo se desconsoló tanto que pidió un tercio de cerveza junto a un bocadillo de calamares para rebajar la tensión. Las dudas de mi amigo, que aun no siendo de primera necesidad, bien pudieran enlazar con una incipiente pesadumbre por tanto confinamiento y tanta intranquilidad reinante. Síntomas a tener muy en cuenta y que no desdeñan ansiedades y malestares de la física mental.
De momento el huir del virus parece una tarea complicada, ahora bien, convivir con él a todas horas tampoco parece buena idea. De ahí la necesidad de exigirse a día de hoy una felicidad hecha a la medida de cada cual capaz de hacernos sentir el gozo de pertenecer al mundo de los vivos, o lo que es igual, una manera elegante de pasear la percha.
Para apreciar la vida conviene echar mano de la natural convivencia. Madrid no es ciudad rencorosa, al contrario, es capaz de tener a varios millones de personas encapsuladas y a la vez regalar el don de lo plural. El agua de Madrid si tiene tan buena fama es porque riega la sed de las gargantas descuidadas en dar las gracias; el allegro de los niños nos enseña que la vida se renueva; los ocres del otoño bajan hasta la orilla de las pupilas; el fluir de los amaneceres se guarda en sueños y cada nuevo día nos regala el crepitar de la humildad. Y hablando de sueños vengo a decir que en esta capital de España lo de soñar ni son embelecos ni falsas ilusiones, porque aquí los sueños son personas invitadas a quedarse, aunque su paso sea otro.
-Todo eso que me cuentas está muy bien; pero sigo sin saber que es la felicidad –insistió mi amigo en su epílogo con los calamares. Le di la razón porque la dicha es un bien escaso y aunque mejorable en oportunidades justo es reconocer que está muy mal repartida. Está escrito que cada persona es un mundo y que el desatino del ser humano es pensar que la felicidad está en las cosas mismas, lo que induce a ser engañado por las apariencias ajenas.
-¿Y tú pones en duda la veracidad de la felicidad, justo cuando el tapeo que has degustado es virtud de bienestar? -Honra a cuantos nos dan fortuna a fondo perdido -querido amigo. –Ahí tienes a Rafa Nadal, por poner un ejemplo, siempre humilde, siempre generoso, siempre fuerte y optimista-, le dije. Y él por fin me comprendió. En fin, cosas que pasan cuando te quedas en Madrid a verlas venir.