TRIBUNA
Jorge Vigil | Viernes 16 de octubre de 2020
En su Historia de la Revolución Francesa, se pregunta el gran Michelet que “¿De dónde viene la llamada a la fuerza brutal? Es algo sorprendente: de las personas más cultivadas. Son juristas, médicos, gentes de letras, escritores, intelectuales los que, impulsando a la masa ciega, quieren decidir las cosas del espíritu por la acción material” (Hist. Rév. Franç. I,516)
Antoine-Laurent de Lavoisier (1943-1794) es comúnmente considerado como el padre de la química moderna; entre sus hallazgos está la determinación del papel que desempeña el oxígeno en la combustión (él acuñó los términos ‘oxígeno’ e ‘hidrógeno’ = ‘que produce ácido y que produce agua’ ) y la fundación de la fisiología vegetal y la comprensión de la respiración; contribuyó a crear el sistema métrico y formuló la primera tabla periódica de los elementos, reformando la nomenclatura y la operativa química. Y descubrió la ley de conservación de la materia, según la cual aunque ésta cambie de forma, su masa es siempre la misma.
Aún de procedencia nobiliaria, jugó un papel protagonista en los primeros años de la Revolución Francesa, impulsado por el programa reformista ilustrado, hasta acabar sucumbiendo al odio y la envidia en los años del Terror. Uno de sus más envidiosos rivales fue Marat quien, aun como mero diletante científico se atrevió a desafiar los hallazgos de Newton, de Benjamin Franklin y, sobre todo, del brillante Lavoisier. Mediante la delación, la utilización de la prensa y el manejo de las masas de sus seguidores, consiguió llevar a Lavoisier a la guillotina, zanjando así como ganador sus diferencias científicas.
Era la época de los clubs, asociaciones de encuentro y agitación, que tuvieron un especial papel en canalizar la delación y el señalamiento de las próximas víctimas, organizando las correspondientes émeutes: son los cordeliers, los jacobinos, los girondinos, etc. De estos ‘clubs’ tenemos en la Cataluña actual -mutatis mutandis- al menos dos muy relevantes: la ANC (Asamblea Nacional Catalana, que ha elaborado un listado de ‘malos’ catalanes) y el Omnium cultural, el primero reciente (2012) y el último ya muy activo en la época de Franco, cuando en contra de las mentiras machacadas ad nauseam por los independentistas, durante lustros se permitió actuar a esta asociación para el fomento de la lengua y la cultura catalanas.
Tanto nacionalistas como populistas de izquierda quieren imprimir a estos tiempos en nuestro país el sesgo -la aureola, y también el proyecto- del ‘cambio de régimen’. Ambos coinciden en la debelación de la Monarquía por su supuesto déficit democrático, entienden que el régimen del 78 y la Constitución han entrado en un ‘fin de cycle’ y no se cansan de repetir sus andanadas contra la Monarquía, el régimen del 78 y la misma Constitución, en cuyo articulado e institucionalidad detectan el rastro de una democracia otorgada por las fuerzas del antiguo régimen franquista y sus ‘elites bien arraigadas’ (la ‘casta’). El Rey actual no es sino un heredero también de las corruptelas de su padre -al parecer van en el ius sanguinis-, por lo que, para atender sin hipotecas a la mayoría social (un concepto hiperbólico de mayoría, que curiosamente contrasta con la cada vez más menguante minoría de sus votantes), sería imperativo dicho cambio de régimen. También los independentistas catalanes recusan las instituciones todas del ‘Estat español’, el entramado institucional y jurídico de un estado fallido -España- específicamente diseñado por asfixiar toda autonomía real de Cataluña. Estamos pues en una situación indiciariamente revolucionaria, máxime cuando al socaire de la aritmética parlamentaria, nuestro astuto Presidente no cesa de hacer concesiones a los miembros de su heteróclita coalición Sanchezstein. Quizás la referencia a la Revolución Francesa no sea totalmente improductiva, más allá de la metáfora. Suenan insistentes rumores del programa de una derogación de facto de la Constitución -no por sus mecanismos legales- y de la monarquía constitucional mediante un procedimiento asambleario, por medio de referéndums y movidas ‘populares’; es decir, un 1-O pero en el ámbito de todo el Estado. Queremos creer que esta vez -a diferencia de en la Francia revolucionaria- proclamas como “nuestros recortes vendrán con guillotina” y “los borbones a los tiburones” (Irene Montero) se queden sólo en una boutade.
Después de todo, los CDR catalanes -otro de los ‘clubs’, y éste además promocionado por el ex-President Torra- que llaman a la rebelión civil, hacen acopio de armas, incendian las calles, agreden a las personas y destruyen impunemente la vía pública pueden seguir haciéndolo indefinidamente, sin que ni la fiscalía, ni el Ministro del interior ni la Delegada del Gobierno en Cataluña digan ni pio. La misma gente que se escandalizaba por la apropiación de las calles por parte de Fraga, ahora se apropian ellos de calles, autopistas, aeropuertos y vías férreas (‘els carrers seran sempre nostres’, recuerdan). Ni hablar de ilegalizar: es ‘libertad de expresión’. Lo urgente es ilegalizar a la Fundación Francisco Franco, de alta peligrosidad. De Bildu, y su compromiso en continuar la trayectoria de ETA pero ‘por otros medios’, nada; de la CUP, y su desafío permanente a las “fuerzas de ocupación” al servicio de los colonos, nada tampoco.
Para seguir la senda del simil revolucionario, ya tenemos a los partidos y banderías, la ciclogénesis explosiva popular, los clubs políticos, la prensa y las redes en estado de alerta y confrontación permanente. Nos quedan los clercs, los intelectuales, artistas y científicos. Si alguna cosa ha tenido de positiva la pandemia ha sido que ha hecho pasar como en sordina la situación de Cataluña, antes en todas las portadas informativas. Pero si hay que seguir al Michelet de la cita inicial, los intelectuales y profesionales tienen siempre un papel determinante en las situaciones proto-revolucionarias. En nuestro país ya supimos algo de la complicidad/equidistancia de escritores, intelectuales y artistas con la barbarie terrorista de los años de plomo; ahora tenemos una nueva ola de abominación con motivo del movimiento independentista, que ha camelado a algunos con su supuesta pretensión de movimiento liberador, revolucionario, de inequívoco pedigrí izquierdista. Estamos hablando de un ‘proceso’ teledirigido por una burguesía -la catalana- que tuvo una vida feliz e hizo grandes negocios con el dictador, y ahora quiere seguir su plan de negocio apoyando la independencia de Cataluña; que ha convivido y sido cómplice del latrocinio y de la corrupción organizada de sus representantes políticos, la auténtica ‘élite extractiva’ del país; un ‘proceso’ inculcado y reproducido en un programa de ingeniería social lanzado por el capo Pujol que utilizó el control de la enseñanza y los medios de comunicación, monopolizados hasta extremos que ni siquiera osó el dictador; unos medios de comunicación que -o bien son públicos o bien están regados de recursos públicos y no hacen más que repetir los 3 axiomas del procesismo, que así codifica la sin par Dolça Cataluya: som collonuts, ens volen aixafar (hundir) y anem (vamos) a Catadisney, a la arcadia feliz en la que prosperará la ‘Dinamarca del sur’, al socaire de su superior constitución genética.
Hablo con un frutero montenegrino, huido de las guerras balcánicas de los noventa, ahora felizmente establecido en el oasis de Luxemburgo. “Antes allí vivíamos normalmente, con las fricciones típicas entre vecinos… Unos eran ortodoxos, otros musulmanes, otros católicos, algún judío incluso… Hasta que los periódicos, las emisoras de radio empezaron a azuzar los odios, a vomitar agravios, a dar nombres…Ya sabemos dónde acabó eso.” Las algaradas se sabe cómo empiezan pero no cómo acaban, y con una prensa dopada por millones de euros del govern y una redes sociales cada vez más radicalizadas y antagónicas, todas las opciones están abiertas. Cuando se divulga y fomenta la desconfianza hacia el sistema legal y el estamento judicial, el mensaje es claro: nuestro proyecto está por encima de ‘vuestra’ ley. Golpistas y populistas comparten la tesis del papel accesorio de la legalidad: lo que no se consigue en las urnas y dentro del Congreso, se consigue rodeando el Congreso. En el caso de los golpistas indepes, no es de extrañar así que la Ley de transitoriedad que iba a dar paso a la República catalana concentraba todos los poderes en el President, que era así no sólo Jefe de gobierno sino también de Estado y cabeza del poder judicial. ¿No había ya dicho el Guerra que “Montesquieu estaba muerto”? Pues eso. Que no se olvide nunca, más allá de las interpretaciones o paráfrasis: el 1-O fue un golpe de Estado de libro, igual que el de Tejero pero sin asonada decimonónica, un golpe ‘blando’.
En este círculo para-revolucionario ocupan siempre un papel destacado las fuerzas nacionalistas, sus cuadros, prebendados e intelectuales orgánicos. El filósofo Daniel Innerarity era miembro del Buru Batzar, el sanedrín del PNV, en la época en que la cabeza del partido, Javier Arzalluz, proclamaba la conocida estrategia del PNV en relación a ETA: “unos mueven los árboles, otros recogemos las nueces”. La agitación de árboles dejaba unos cien asesinatos al año, mientras cada año engordaban las transferencias al gobierno euskaldún, que con una mano se santiguaba y con la otra recogía las nueces. El gran Innerarity, ahora estrella mediática, ha tenido que someterse a un proceso de amnesia de esa parte de su vida como seguidor de Sabino Arana (véase su Wiki), no sea que alguien se dé cuenta de que no cuadra exactamente bien con el pensamiento planetario y el punto de vista cosmopolita. Pero es capaz de haber hecho un salto con doble tirabuzón: el papel (y la desvergüenza) lo aguanta todo. ¿Quién habló del descrédito de la filosofía? Resulta curioso cómo los dos arquitectos de la patraña nacionalista -el uno cómplice del terrorismo, el otro capo del crimen organizado- se han servido ambos de metáforas forestales, pues fue el Molt Honrable Jordi Pujol el que advirtió en tono amenazador aquello de que “si se toca la rama de un arbol, caerán todas” (declaraciones en el Parlament el 25.9.2014).
Nacionalistas y populistas nos están preparando un inquietante escenario de salida de la pandemia, con un programa de transformación de facto de aquello que no es fácil cambiar de iure. Así ambos denuncian al estamento judicial todo como una casta preconstitucional que se ha hecho fuerte por vía hereditaria y endogámica y que es imperativo desarticular si se quiere avanzar en favor de la “mayoría social”. Igual que los medios -periódicos y televisiones- otro poder ‘fáctico’ que hay que controlar para proceder al ‘asalto de los cielos’. Los optimistas piensan -como antaño los venezolanos- que “esto no puede pasar aquí”, un país europeo y una democracia consolidada en la UE. Pero ya nos ha recordado el escritor Ibsen Martínez que eso mismo se decía en su país cuando la primera asonada del Comandante Chávez. Y pasó: el antaño país más próspero de Latinoamérica es hoy una narcodictadura marcada por la represión, el exilio y la hambruna. Y ya sabemos quienes fueron los mentores intelectuales del chavismo, los tenemos cerca: en el gobierno.
Con la pandemia hemos vuelto a ver florecer una especie que se creía extinta desde los tiempos del glorioso Movimiento Nacional: la de los científicos e intelectuales ‘del régimen’. Veamos el tuit del epidemiólogo de cabecera del ex President Torra, Oriol Mitjà, en el epitafio de aquel: “la justicia volverá a ser equitativa y despolitizada cuando los opositores a jueces sean gente del pueblo, no de las élites”… Prueba de que se pueden tener galardones internacionales y ser un perfecto imbécil moral. Hay una ignorancia fundamental que precede a la ciencia, y una ignorancia moral que la sucede y acompaña a menudo. Es una prueba más -si falta hace- de la absoluta inanidad de muchos perfiles intelectuales y científicos -por galardonados que estén-, muestra de aquella connaissance inutile, que glosó el gran J.F. Revel. Nota a pié de página: el Dr. Mitjá es el mismo que aseguró al principio de la pandemia -momento crítico donde los haya- que “el virus es muy leve y no hay riesgo”, y luego que sería como “la gripe porcina“. En estas manos está la virología nacional catalana, bien regada de subvenciones si se asocia al programa nacionalista; confiamos que cuando la epidemiología esté en manos del “poble” y no de las élites burguesas subvencionadas, tendrá más acierto.
Cuando su cabeza cayó en el zurrón adyacente a la guillotina, en medio de los aplausos, gritos e insultos de la plebe, se oyó decir al presidente del ‘Tribunal’ revolucionario Jean-Baptiste Coffinhal: « La República no necesita sabios ni químicos; no puede detenerse el curso de la justicia.” Esta es la justicia popular de quienes abominan de las leyes, de los tribunales, y aspiran a una justicia ‘de clase’, en el marco de un proyecto de demolición de las instituciones democráticas. Bienvenidos a la próxima revolución nacional-populista.