Opinión

Náufragos en el paraíso VI. ¡Será gilipollas!

TRIBUNA

Víctor Ochoa | Domingo 18 de octubre de 2020

Si hay una palabra que no está con justicia representada en el diccionario de la RAE, teniendo el mayor espectro simbólico que pudiera darse en una lengua y para una sola palabra, esa es Gilipollas.

Nadie se diría a sí mismo que es un hijo de puta, pero si reconocerá de forma espontánea y poco avergonzada que fue, es, será, habrá sido, etc, ante lo inapropiado de una circunstancia e incluso varias veces al día, un auténtico gilipollas.

Aplicada así tanto a lo personal como a lo ajeno, al singular o al plural , a lo masculino, a lo femenino y a lo demás, e incluso a las mascotas, la diré entonando el gili como suave introducción, arropando en leve insulto al idiota o atontado al que me refiero, para lanzarme sobre el po ya dando un portazo y dejando en el aire una sinuosa estela que culmina con un llas , repleta de desprecio y en un paisaje al que desterramos a casi una tercera parte de la población mundial. Entiéndase, de la población con la que nos tocará convivir, unos por su actitud ocasional y a otros por su reincidencia e incluso definitivamente a otros u otras por su forma crónica e incurable de ser.

Hay infinitas, como esta, formas de decirlo, escupirlo o recitarlo, porque esta palabra tan fácil de aprender e imposible de explicar a un extranjero, es única en nuestra lengua y la RAE aún no la ha acogido como merece en su pedestal, con una placa que diga.-

Compleja y contradictoria, pero esencial para discernir nuestra propia humanidad.

¿Cuántas veces al día se hace el gilipollas?.

Vamos a dimensionar el alcance de la palabra.

Una mañana, mi hermano pequeño de vuelta de una salida nocturna y copas a la que le presté mi coche, se me apareció a la mañana siguiente desencajado y borroso, con una brecha de puntos cosida en la cabeza, la cara y el ojo verdoso y la oreja del mismo lado abierta como una puerta. ¡Dios!, ¿qué le habría pasado?, mira que le avisé que tuviera cuidado.

-No te preocupes que el coche está bien aparcado- me dijo y luego me fue desmenuzando los hechos ocurridos en un bar de Malasaña, con un enano al que mandó a freír espárragos y una muchedumbre de amiguetes que le atizaron con una barra y ya no recuerda más, salvo por la ambulancia que lo recogió poco después semiinconsciente y tirado en la calle.

-Pero hombre, que no te puedes pegar con todos los gilipollas, aunque tengas razón, porque son infinitos, el treinta por ciento…

Mi discurso de consuelo y reprimenda tomaba como base de que con tanto gilipollas era imposible ajusticiarlos sin caer derrotado.

¿Será verdad que en este mundo, pensado como un pueblo, saldrían aflorando 2 o 3 mil millones de gilipollas, que en su mayoría ni siquiera lo saben,

ya que solo una pequeñísima parte lo admitiría con dignidad?

En la reseña de La RAE, tan breve al decir malsonante, se debería abrir un expediente del grueso de una tésis doctoral, por lo menos, que dejaría a los otros vocablos tales coño, huevos, hijo de la gran, hostia, …minimizados frente a esta declaración de principios universal que ha brindado al español la semilla de lo que somos, sentimos, pensamos y decimos. Porque en dicha semilla está el quiebro, el desfallecer, la fisura de nuestra buena educación y la corrección, el calambre frente a la sumisión y la virtud, para mejor recitar y entonar el mea culpa. Es por ello que solo a nuestros mejores amigos y entrañables parientes podemos decirles fundidos en un abrazo, no me seas gilipollas y que se nos salten las ágrimas.

Y me van a dar la razón quienes al leer estos párrafos digan de mí.

“¡Será gilipollas!”


VICTOR OCHOA

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