Opinión

Acuerdos y desacuerdos perimetrales

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 19 de octubre de 2020

En el perímetro está la diferencia, dicen los expertos. En la teoría del perímetro nos queda la revolución pendiente, que no es la que esperan en Podemos, aunque ellos ya habían inventado el aislamiento perimetral en la Complu, y lo que pasaba en los pasillos se quedaba en los pasillos, Rita. El perímetro, como la política, marca la diferencia, y algunas pasean su perímetro de traje-chaqueta por los salones del Congreso, porque así se ganan los votos en las noches de toque de queda, pues el coronavirus –dicen las autoridades que de esto saben– infecta solo a partir de las once de la noche y en los figones y tabernáculos, que son lugares de pecado. Ahora en mi tierra lo han entendido, y Castilla y León ha decretado el confinamiento perimetral de Burgos, Aranda de Duero y Miranda de Ebro, que ya lo tenían Palencia, León y Salamanca.

Hay una tendencia actual a acabar con lo antiguo, aprovechando que las miasmas de la Covid-19 pasan por Valladolid. Los sociólogos y directores sanitarios –que son los que más saben, dicen– se han inventado un concepto, el de los hogares burbuja, que es muy europeo y muy sano, previene de contagios y de otras tentaciones, como la de la exaltación de la amistad. Son los grupos de convivencia, que en el caso de los solteros y otras almas sentimentalmente inestables, según cuándo y con quién. En la región tudesca Angela Merkel permite la proximidad de dos grupos de convivencia –que ya es mucho–, un resto de aquellas dos Alemanias, la Federal y la Democrática, que tanto le gustaban a Billy Wilder, sobre todo cuando la suiza Liselotte Pulver les bailaba a los soviets encima de la mesa la danza del sable de Khachaturian. O cuando Marlene Dietrich iba y venía por Berlín Occidente de carabereta fatal. Que eso sí da para mucha convivencia e intercambio sanitario.

Irlanda y las grandes ciudades del Reino Unido lo han adoptado rápidamente y sin problema, ya que estaban habituados; porque antes los guiris ingleses venían a España a la fiesta y ahora tienen miedo de que les estornuden el bicho en una terraza de la madrileña plaza de Santa Ana. Y nosotros, que somos más Mediterráneos que las gambas de Huelva, lo estamos sufriendo, con las consecuencias previsibles: al personal se le está yendo la olla. Lo llaman nuevas formas convivenciales y la OMS y la UE han descubierto la sociología, la familia, la demografía y los peligros de la interacción, Mariloli. Todo esto es un anticipo de lo que vendrá, que es un baño de champú en casita y recogidos a una hora prudencial, como dice nuestra madre, que coincide con el exdirector de Acción Sanitaria en Crisis de la OMS, Daniel López: “en la situación actual hay que volver a las burbujas”. Esto solía ser el 31 de diciembre, cuando descubrimos que las burbujas del cava eran en realidad las chicas del Equipo Nacional de Gimnasia Rítmica (ENGR), que ahora todo lleva siglas. Hasta un cosquilleo en el paladar nos sale anagramático y normalizado. Por no tener, no vamos a disfrutar ya ni del calvo de la Navidad, Clive Arrindell, que hace años que no se le ve y el año pasado solo sopló unos langostinos de Pescanova en diciembre. Como si fuese lo mismo aventar un polvo de hadas que darle viento a unas quisquillas viguesas…

Así que en la nueva norma del hogar burbuja, las autoridades competentes dicen que se puede dar un paseo, salir a cenar y hasta ir de excursión, pero siempre con los convivientes. De manera que esta nueva normativa va a terminar con los infieles, burladores de Sevilla y otras ánimas del Purgatorio, con lo cual las festividades de Todos los santos y los Fieles difuntos van a dar poco juego a las calaveradas y hazañas macabras habituales. Al ir todos disfrazados de pandémicos, el doble enmascaramiento de los pocos valientes que salgan embozados y en gregüescos a recorrer las madrugadas acabará en hipoxia segura, y esto no hay ministro de Sanidad ni consejero que lo solucione.

Vivíamos la Santa Transición de un acuerdo, de un consenso y de un asenso, pero ha llovido mucho desde entonces; ha bastado una epidemia mundial para desatar los perros de la guerra en Carrera de San Jerónimo y en la Moncloa, beligerancia en la que participan hasta las huestes regionales, que normalmente están a lo suyo, al cabildeo y al caciquismo provinciano, pasando olímpicamente de todo lo nacional, y ahora le plantan batalla al sanchismo y le hablan de España, esa idea tan abandonada por los profesionales de la crispación que tan bien viven de nuestros impuestos. El siguiente paso será, pues, encapsularnos en grupos reducidos, salvo si tienes que ir al curro a verle la jeta al otro. A uno le jode sentirse recluido por obligación, pero, por otra parte, qué buena oportunidad para ordenar la biblioteca y ahondar en las lujurias del Divino Marqués, mi querida Juliette. Perimetralmente hablando, claro.

Twitter: dfarranz