El año 2010 Mario Vargas Llosa recibió el Premio Nobel de Literatura, que lo reconocía universalmente como uno de los novelistas más importantes de habla española en el siglo XX.
El escritor peruano fue una de las figuras más destacadas del boom latinoamericano de la década de 1960, que integraron también el colombiano Gabriel García Márquez, el mexicano Carlos Fuentes y el argentino Julio Cortázar, entre otros. Fue un movimiento generacional de extraordinaria vitalidad, capacidad creadora, amor por la literatura y compromiso político revolucionario (que terminó por romperse), que llevó a las letras latinoamericanas mucho más allá de las estrechas fronteras de sus respectivos países. El impacto fue inmediato y se prolongó en el tiempo. Uno de los resultados más visibles fue el Premio Nobel de Literatura que recibió García Márquez en 1982 y la misma distinción para Vargas Llosa en 2010.
En un apasionante libro autobiográfico, El pez en el agua (Buenos Aires, Alfaguara, 2006), el escritor peruano recuerda sus primeros encuentros con las letras en Arequipa y en Lima, que lo fascinaron con la lectura en un primer momento, y posteriormente con la escritura. Desde muy joven concibió la idea de ser escritor, si bien no tenía claro lo que significaba ese camino ni cómo debía transitarlo; además debía enfrentar la contradicción que significaba la tenaz oposición de su padre a las inquietudes literarias de su hijo, a la vez que tenía que pasar un tiempo suficiente, que le permitiera estudiar, conocer, leer más, comenzar a escribir y eventualmente proyectar su carrera.
Como ocurre habitualmente, el camino no fue lineal, encontró problemas, pero también algunas contribuciones importantes. Desde luego, hay algo que vale la pena mencionar y no perder de vista, como él mismo señala ante las numerosas fantasías que se tejen sobre la vida bohemia de los escritores y la generación del boom: Vargas Llosa pasaba días enteros escribiendo con una paciencia y una perseverancia casi religiosas, consagrado a una vocación que había pasado a ser también una forma de vivir, que requería mucha disciplina y responsabilidad. Los resultados son fruto del trabajo intenso, y no de la mera genialidad.
Así nació la primera novela que lo lanzó a la fama: La ciudad y los perros (1963), cuyo proceso de edición e importancia ha narrado de manera muy prolija Xavi Ayén en Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo (Barcelona, RBA, 2014), asegurando incluso que “aquel desconocido escritor peruano hizo arrancar justo en ese momento, con esa novela, un tren llamado boom”. En esa década el peruano publicó otras dos novelas, La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral (1969): las tres obras estaban llenas de experiencias personales del autor, recreadas en forma de ficción, que lo confirmaron como una de las figuras literarias del momento.
Nacido en 1936, es impresionante que en la vida de Vargas Llosa puedan haber existido tantas experiencias y publicaciones, trabajos e intereses diversos, con una vitalidad que se extiende hasta el presente y de manera ubicua. Fue periodista, ayudante de investigación, escritor a tiempo parcial o completo, siempre interesado en la política peruana e internacional: comenzó siendo marxista, luego democratacristiano, apoyó la Revolución Cubana y terminó adhiriendo a las ideas liberales, que conserva hasta hoy. Además, fue candidato presidencial en 1990, pasó a la segunda vuelta con un programa de reformas liberales radicales, pero fue derrotado por el entonces casi desconocido Alberto Fujimori. Vargas Llosa es un escritor prolífico y que ha cultivado varios géneros: ciertamente novelista, pero también dramaturgo, ha reseñado numerosas obras literarias (muchas de ellas son una extraordinaria introducción a autores como Victor Hugo, Graham Greene, Dostoievski o Faulkner). Sus ensayos literarios o políticos son tan interesantes como sus novelas y aparecen con igual o superior frecuencia, en forma de conversaciones, discursos o escritos personales.
El discurso en Estocolmo, al recibir el Premio Nobel, tiene reflexiones literarias y políticas, muchas de las cuales ha desarrollado en forma de libros o conferencias antes y después del galardón. Ahí reconoció haber sido marxista cuando joven, como muchos otros escritores de su generación, que pensaban que el socialismo permitiría solucionar “la explotación y las injusticias sociales”. Posteriormente agregó: “Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china”. En la ocasión también aprovechó para criticar a los nacionalismos –“plaga incurable del mundo moderno y también de España”– y renovó su condena a todas las dictaduras.
Sin embargo, el corazón de sus palabras era la literatura. Con emoción recordó haber aprendido a leer a los cinco años: “Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida”. Rápidamente se transportó en el tiempo y el espacio, recordó a los maestros de la escritura: “Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad”. Sin embargo, aseguró que eran muchos más, pero “si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables”.
Para Vargas Llosa política y literatura no son contradictorias, sino que parte de una misma vida y función social, como concluía en su discurso del 7 de diciembre de 2010: “tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible”. Era el momento supremo de la distinción literaria, pero no era el fin de la vida del escritor, que ha seguido actuando y escribiendo en los últimos años y que ha estado presente en debates culturales, políticos y literarios, algunos a propósito, precisamente, del homenaje en el Instituto Cervantes en Madrid, al cumplirse los diez años del anuncio de la recepción del Premio Nobel, aquel no tan lejano 7 de octubre de 2010.
Precisamente aquel año, Mario Vargas Llosa afirmó: “No me voy a dejar enterrar por el Premio Nobel”. El resultado ha sido bastante claro: en los últimos años ha publicado novelas como Cinco esquinas (2016); ensayos culturales como La civilización del espectáculo (2011); de carácter político como La llamada de la tribu (2018); o bien literarios, como ha ocurrido este año con Medio siglo con Borges (Barcelona, Alfaguara, 2020). Compartir o discrepar de los puntos de vista expresados en estas obras depende de múltiples factores: convicciones políticas, afectos personales, gustos literarios. Pero en las obras del escritor peruano se advierte habitualmente un pensamiento riguroso y fecundo, una prosa armónica y cuidada, una pasión literaria que nunca perece y una vitalidad intelectual que vale la pena conocer.