Opinión

Los viajes felices de Ignacio Peyró por encima de todas las ruinas

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Diego Medrano | Jueves 22 de octubre de 2020

Ignacio Peyró (1980) es madrileño, periodista, sibarita, siempre en lo que él llama el “cucaracheo” de la escritura, lector omnívoro y festivo, oso gramático, gourmet completo en la expresión de la belleza por medio de la palabra, tan irónico como divertido en su personal pontificado de barras, lugares selectos, burguesía brillante y un conservadurismo que no busca el progreso cuanto que no muera la actual felicidad. Sus libros son milagros: es la fiesta de la Cultura, es mayúsculas, allá donde ella es todo aquello que no se sabe, sin pose ni afectación, conocimiento como placer y una vida voluntariamente alejada de toda inmundicia social, sin perder linde ni tierra firme con el precariado absoluto.

La hazaña, la epopeya, su Odisea e Ilíada, no fueron otros otro que un libro de mil páginas, primorosamente editado, ya por la quinta edición, cuyo título solo puede invitar a su cata indiscriminada: Pompa y circunstancia: Diccionario sentimental de la cultura inglesa (Fórcola). José Carlos Llop, Luis Antonio de Villa, Luis Alberto de Cuenca, Valentin Puig, la flor y nata de los intelectuales españoles se plegó a una anglofilia de los placeres, de los sentidos, donde la vida interior es imaginación y, sí, todos queremos para mejor solaz una buena ginebra inglesa, una excelente chaqueta inglesa, unas formas y protocolos ingleses, un sofá chester inglés donde ser feliz entre humo con los amigos, y así tales caprichos, en brillante catarata de imágenes es pura mirada táctil de un mundo o mosaico con lo inglés como tesela, ladrillo, joya al paso con luz propia y viento en las velas.

El mundo auténtico de un lord, de un gentleman, perfumado de puntualidad británica y buen tono (“La convicción indiscutida que lo británico es siempre lo mejor”, según Barzini) busca nobleza, abrigo intelectual, camaradería social, estilo, sobriedad, pátina, brillantes los ojos ante telas, caballos, clubes, whiskies, muebles, fraques negros, buenas maneras, espárragos, “milords” excéntricos y un gusto por lo cercano que propicia en el militante siempre mayor libertad, conciencia y esperanza, como justo lo que es esta última, la vida defendiéndose a sí misma de toda amenaza, según Cortázar, a quien un abrigo inglés y una mujer vagabunda salvaron de toda aspereza. El camino liberal inglés (Pompa y circunstancia: Diccionario sentimental de la cultura inglesa) como gran romanticismo europeo, solemne forma de vida y una belleza destilada siempre –“noblesse obligue”- de una educación superior cuya cultura arde sin apagón posible.

Fuera de aquel libro mítico, todavía hoy vendido como rosquillas, llegó un acercamiento a la comida lúdico y personal, bajo el magisterio de Néstor Luján, donde gastar dinero sobre algunos manteles era la mayor obra de arte posible: Comimos y bebimos (Libros del Asteroide). Pero ahora, en idéntica editorial, llega un plato fuerte, todos sus diarios irónicos, mordaces, sagaces y cultos: Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011). Siempre desde el humor, Peyró, madrileño del barrio del Retiro, no es un pijo al uso de mocasines burdeos y jersey de pico. Fuera de carreras, novias, amigos del colegio y otros contextos, decide consagrarse a la escritura. Encuentra acomodo en Julio Ariza (La Gaceta), alguna revistilla marginal católica (Alba) para acabar toda la carrera como asesor de altos mandos del Partido Popular (Cospedal) por su brillantez con la pluma en los discursos. Dice en gregoriano: “Lo bueno de un escritor conservador es que los contrarios no te quieren y los tuyos te detestan”. Nunca marra el tiro, su crueldad es una constante golosina en la boca y ríe en idiomas raros.

Lhardy, Horcher, Jockey, Balmoral…. desfilan los mejores rincones de Madrid, en un periodista que parece de otra época, aquel que dibuja mujeres en lenguaje corriente (“Tiene el culo apretado como una ciruela. Lástima que tenga el cerebro de un garbanzo”), vive un festivo pasar de retratos y no fotografías, gafas tapalitros y pelo mojado, flautas de cava frío en Embassy, latigazo de gran escritor con zapatos italianos que no va de ello, joyerías como papelerías, Madrid azul barriosalmantino, dolencia estética, melancolía doliente a lo Camoens o Queiroz, “swing” permanente en dignidad inalcanzable, y esas miniaturas a lo Pla que tan bien pegan con la ginebra con pepino o la cerveza barata o todos los vinos que nombra y no conocemos. Mucha soledad cartuja de mártir de la escritura, caligrafía bella y forzada, ese adiós a la adolescencia donde uno –como decía Nietzsche- si tiene un “por qué” es capaz de soportar cualquier “cómo”.

Peyró vive para escribir, es poeta suicida o loco hacia dentro, sus mejores palabras son sensitivas, disfruta por igual del verano de los niños y de la bellota de los cochinos, el fuego encendido es la familia, fuma como un demonio para buscar adjetivos, destila oportos y risas en brevedades húmedas: “Edad adulta: ese momento de la vida en que ser imbécil ya no es gratis”. Piscinas azul “beverlyhills”, veranos verde olivo, voces acarameladas en Radio Clásica, sudores fríos por colocar mecanoscritos aquí y acullá, obrero de las palabras, albañil del propio nombre, el frondor de los azogues antiguos, trompetería de famosos, panaderías francesas bajo la lluvia menuda, otra forma de vida donde los rostros son escándalo al encuentro con el propio: “Hay algo hermoso en que, al salir de un bar de copas, te despidan al grito de buenos días”. Esa vida –según él- que bendice todavía cuando uno pasa: “Conocerse a uno mismo lleva a la sabiduría, sí, pero con escala en la decepción”. Spleen y señorío.

Peyró es divertido, su juguetería es la de las rosas, lee a los clásicos y desprecia a los viejos del mercado banal de los medios, ilumina el presente con una mirada antigua y larga, no se repeina con gomina y todos sus libros destilan algo en desuso: orgullosa decencia. No se hace el interesante con la gabardina y el desafío es siempre escribir, traducir, descansar en el trabajo, borracho o no. La escritura hace con él lo mismo que la primavera con los cerezos y así, siempre a partir de una cosa, tal y como el poeta debe dar antes una cosa que su belleza, destila perezas o dulzuras a la caída de la tarde. Su alegría viene con arnés de cautela y no engorda con las mitomanías urbanas sólo porque da demasiado de su vida a las copas. Peyró: el artículo como infarto, Venecia de poetas y París de adúlteros, risa recién reída con los ojos todavía con el último brillo del champán. Todos sus libros celebran a la sazón la más noble de las amistades. La alternativa, frente al ocasional fracaso, es el remanente de dignidad: “Gil Albert habló de la ilustre pobreza del escritor. Es una noble libertad del espíritu: no podemos elegir no ser pobres, pero sí que no nos den limosna”. Decirlo, con la chaqueta doblada, es un plus.