Opinión

Osos bailarines

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 22 de octubre de 2020

La educación es el campo de batalla sobre el que cruzan armas visionarios y profetas. Creyentes en la idea revolucionaria fundamental: “La educación lo puede todo”, en la fórmula de Helvétius, que Leibiniz había expresado con un matiz diferente: “la educación lo puede todo puesto que hace bailar a los osos”. El conductismo llevaría al umbral de su perfección técnica el sueño educativo que, al parecer, ya había convencido a los jesuitas: “dadme al niño hasta la edad de siete años y os devolveré al hombre”. Por una parte, es una evidencia que el aprendizaje configura nuestro modo de ser de manera que, de un modo u otro, la educación hace al hombre. Aunque discutamos que nuestra plasticidad sea infinita. Pero la controversia aparece cuando pretendemos que la máquina de educar que construye el Estado puede configurar individuos óptimos, según una idea de bien que define el propio educador: el Estado mismo. Los medios de formación de nuestra materia plástica habrían alcanzado ya un grado y naturaleza capaz de reducir definitivamente a nada el factor hereditario, la constitución genética. En efecto, entre esos medios se encuentran ya disponibles tecnologías de gestación artificial. La educación puede todo porque concluye en crianza y la crianza en “maternidad” espuria, supervisada e intervenida: en producción tecnológica del hombre nuevo. Tras lo cual, las neurociencias vendrían a culminar el ideal conductista en este Walden tres de nuestros sueños.

Pero los medios de formación reducen a nada la constitución recibida, también en el sentido de la tradición por cuya mediación ingresábamos en el orden antropológico, en el mundo humano. Nada queda de la continuidad a la que nos incorporábamos al nacer, porque sus estructuras elementales han sido rediseñadas. La familia – vieja forma patriarcal y asimétrica – y su extensión comunitaria, eran el medio inconsciente de nuestra configuración hereditaria. Pronto seremos cultivados en unidades de socialización, entregados a nuevas formas de relación que nos recibirán para nuestra correcta educación, tras haber sido producidos en plantas de gestación, liberadoras de las viejas servidumbres biológicas. Ahí concluye el sueño de la razón que es el nervio de la modernidad triunfante: en la apoteosis del ser humano.

Pero todavía nos falta un paso. Por el momento, envolvemos en una atmósfera virtual a los educandos y ponemos bajo control todos los estímulos del entorno, merced a las tecnologías de la inspección integral y a distancia. Reunidos en un mismo espacio las pesadillas de Aldous Huxley, George Orwell y Samuel Butler, nuestro mundo contemporáneo es un delirio racional y tecnológico. En este nowhere electrónico en que habitamos se define una subjetividad reconciliada enteramente con el mundo, satisfecha del grado de sensibilidad y buen gusto que despliega ante el dolor animal, ante la huella ecológica o el desastre migratorio. Una subjetividad que se desagarra y se rompe en emociones, desatadas por su incomprensión de la funesta realidad que impide todavía la plenitud de su fáustico ideal.

Son nuestros jóvenes competitivos y pugnaces, que luchan por obtener una plaza en el menguante mercado laboral, al que exigen que se ajuste sin resto el sistema educativo. Piden la formación en un trabajo de gestión, higiénico y luminoso, porque la faena ardua y sucia la ejecutarán las máquinas, acaso todavía bajo control de un operador humano residual: un vestigio pretecnológico.

De su horizonte ha desaparecido para siempre la crítica a los fundamentos de semejante orden racional, crítica que sólo puede sostenerse si antes se aborda la difícil tarea – toda una ascética abocada al silencio – de supresión de todos los mediadores de nuestra percepción, la demolición de los obstáculos que impiden el acceso al viejo espacio antropológico, al paisaje del hombre: el campo, el sudor en el trabajo, la caricia y el tacto, el acto sencillo de caminar o el olor de la tierra vuelta por la herramienta elemental, el peso del cuerpo que se cansa y reposa… La actividad del cuerpo es hoy adaptación a exigencias estéticas y rendimientos postindutriales: fitness. Y el trabajo crítico no puede desprenderse de las pantallas, cuya morfología – sin embargo – no permite la elaboración de una respuesta articulada, como el cuerpo adaptado no resiste la penosa contrastación con la labor secular, tradicional, arcaica.

Cultivados en el parque humano en que concluye el progreso, nos cubrimos la boca con el signo del temor a una muerte que ya no esperábamos, que nos ha sorprendido en este oasis de luz artificial y ambiente convenientemente ionizado. La boca, cuyo aliento articulado construía palabras, queda hoy muda ante el orden audiovisual y las evidencias consolidadas. No hay nada de qué hablar, la verdad queda ya a nuestra espalda. Ahora bailamos, como osos bien educados, la danza del triunfo sobre la tradición y el prejuicio: la gran danza democrática.