El elegante y culto escritor, además de magnífico pintor, José Pedreira, ha ganado el IV Certamen “Francisco Nieva” de Textos Breves del Centro Dramático Rural de Mira, y yo diría que sin lugar a duda ha ennoblecido el premio con su magnífica comedia corta – las grandes obras no se miden por número de folios -, El Pandemonio, verdadera astracanada aristofánica sobre la actual pandemia que sufrimos de la Covid-19, y versificada con una pléyade de metros que hubiese hecho las delicias de Agustín García Calvo. Pues en la comedia un coro habla en estrofas sáficas menores, con sus tres endecasílabos sáficos y su pentasílabo adónico – que tan ridículo le salía al genial Marcelino Menéndez Pelayo, sabio ciclópeo, pero sin la gracia de la poesía -, y que a Pedreira le salen tan naturales como las de Unamuno. Otro coro habla en silvas clásicas, las de los madrigales, y no las facilonas arromanzadas. También vemos hendecasílabos faleucos, trímetros yámbicos, romances y redondillas en versos amabeos, y más estructuras de la imponente tradición de la métrica clásica. Yo diría que a la vez que ennoblece el Premio que tiene como epónimo el nombre de su marido inmortal, Francisco Nieva, también desdora algún gran Premio Nacional de Teatro. La calidad ya no la suponen los premios que dan las grandes instituciones públicas en España, corrompidas la mayor parte de las veces por las ideologías de los partidos gobernantes. Recordemos que José Pedreira ya es autor de obras trágicas de formidable aliento, como Il Caravaggio.
Con este genial bufo de raíces aristofanescas Pedreira se enfrenta a la mortal pandemia colgado de la risa que nos hace muy superiores al miedo, y con ello conjuramos a la fea muerte, recordando así el origen apotropaico de la comedia romana, tan bien contado por Livio. El argumento de la obra, lo mismo que su versificación, que estudiaremos seguidamente, es clásico. Desde el Filoctetes y el Télefo de la literatura clásica la enfermedad ha sido dramatizada en su combate contra el enfermo, lo mismo que la muerte en el teatro medieval. Aquí, en esta preciosa obra de José Pedreira, los virus de la Covid-19 entran en una hilarante y genial logomaquia con los hombres. Y la verdad es que uno diría que las razones que aportan los virus convence un poco más que las de los hombres. Que la carcajada de esta comedia nos salve de la muerte.
El trímetro yámbico es un verso típico de las himnodias romanas, que obliga al final del verso a las esdrújulas. Se trata de una marcha de ritmo ascendente, que los poetas romanos contrariaban con una cesura integrativa. “Coronavirus tóxico/ que apareciste súbito/ y pese a ser minúsculo/ nos asomaste al vértigo/ de una mundial catástrofe”.
Los dícolos dístrofos suponen una estructura paralelística tríkolon/díkolon, basada en la Antigüedad en el paralelismo y la inconcinidad, el quiasmo y el homoioteleutón. “Tú, petulante humano,/ que hablas con flatulencias por el ano:/ Abre bien las orejas/ y no me des la lata con tus quejas”.
La estrofilla sáfica que aparece por vez primera en Safó y Alceo, y que tiene su gracia rítmica en el salto del endecasílabo sáfico, con alguna sílaba de condición indiferente o anceps, al pentasílabo adonio. A menudo este salto producía en la poesía clásica una discoincidencia entre unidades estróficas y unidades gramaticales, con formas violentas de encabalgamiento. La estrofilla sáfica suele tener una extensión equiparable a la de las coplas de canción normales en cualquier lengua y arte popular, entre 30 y 40 sílabas. “Nosotros somos seres industriosos,/ capaces de crear cosas magníficas,/ y aunque a veces resulte muy costoso,/ nunca aflojamos.”
El “pie quebrado” del hendecasílabo, y su combinación con él, en la silva, según la práctica italiana, es el heptasílabo, cuyo origen está en el dímetro yámbico cataléctico. “Tú estás muy satisfecho de tus obras, / No te asaltan ni dudas ni zozobras./ Te miras y te ves inteligente,/ y estás bastante errado,/ porque eres un demente,/ un pobre descarriado,/ que cree tenerlo todo controlado.”
Respecto a los hendecasílabos faleucos o falecios podemos decir que muy pronto estos hendecasílabos se desarrollaron en un uso katà stíchon, independientemente de la música y para empleo epigramático. Alcanzaron un éxito extraordinario como versos de la poesía literaria, especialmente entre los romanos y a partir de Catulo ( 41 piezas en falecios de las 60 de la primera parte de sus Cármenes ) y por nuestro agudo bilbilitano Marcial y toda la poesía epigramática posterior; hasta el punto de que, habiendo entrado en la poesía escolástica medieval y en la goliárdica, vino, confundido con los yámbicos, a contribuir a la formación del hendecasílabo a la italiana en las lenguas vernáculas y su poesía. “Me encrespa tu monótono monólogo,/ me afrenta tu ridícula retórica./ Patético y anómalo corpúsculo,/ ¡¿Cómo te atreves a llamarme esdrújulo?!/ ¿Acaso yo te insulto, bicho estúpido,/ parásito necrófago patógeno?”
El romance, cuya estructura rítmica derivará de las secuencias ( sequentiae ) de la liturgia – nuestra prosa nace de la prosequentia litúrgica -, es un verso de marcha “a la yámbica”, una regulación del dímetro yámbico medieval latino, pura versificación de “clerecía”. “¡A las armas, a las armas!/ Todos juntos lo paramos”. Muy cercano a los eneasílabos himnódicos, como el del Himno de Cuba, de Pedro Figueredo: “Al combate corred, bayameses…”
La redondilla, cuatro octosílabos con rima abba, venida de la saudade portuguesa, y sublimemente ejecutada por Alfonso X el Sabio y el arcipreste de Hita. Acabó siendo con Lope de Vega la forma más general y frecuente del diálogo dramático. Calderón la usaba sobre todo en los momentos en que se reflexiona, en los pasajes tiernos y en las antítesis. “Si sale en televisión/ tenemos el cielo abierto,/ porque seguro que es cierto/ y ya está la solución”.
En fin, argumento, formas métricas, imágenes poéticas y gracejo hacen de esta obrita una verdadera joya en su género, y le reconcilian a uno un poco con el teatro hodierno. Yo le sugeriría a José Pedreira que si esta deliciosa pieza se llegara a estrenar se utilizase como cartel anunciador el dibujo de Paco Nieva, “Microbios al viento”.