Opinión

Miguel Hernández, poeta de Orihuela (1910-1942)

TRIBUNA

Alejandro San Francisco | Sábado 31 de octubre de 2020

Hace ciento diez años, el 30 de octubre de 1910 nació Miguel Hernández en Orihuela, pueblo de Alicante, en una España que hoy nos parece algo lejana, pero que sigue siendo la misma de siempre. Con el tiempo, se convirtió en uno de los grandes poetas españoles, quien también fue dramaturgo, en tiempos de turbulencias en Europa y ciertamente en su país, marcado por la Segunda República, por la Guerra Civil Española y por los primeros años de Franco en el poder, todo lo cual se cruzaría con su vida de manera comprometida y dramática, como ocurrió con millones de españoles de su tiempo.

Su niñez transcurrió en el ámbito rural, donde su padre era pastor de cabras, tarea que Miguel compartió durante su niñez. Abandonó pronto la enseñanza formal, pese a lo cual era un gran lector, que no contaba con una biblioteca en su casa. A los 19 años, junto a su amigo Carlos Fenoll, escribió una carta a Justo García Morales, donde cuentan sobre los autores que habían leído: Vicente Medina, Salvador Rueda, Rubén Darío, Villaespesa, Espronseda (sic) y Campoamor, entre otros. En carta a Juan Ramón Jiménez le expresa que ha leído su antología ¡cincuenta veces!, presentándose así: “soy pastor. No mucho poético, como lo que usted canta, pero sí un poquito poeta. Soy pastor de cabras desde mi niñez. Y estoy contento con serlo” (ambas referencias en Epistolario general de Miguel Hernández, EDAF, 2019, edición de J. Riquelme y C. R. Talamás).

Me parece que la primera vez que escuché el nombre del poeta español fue al leer Confieso que he vivido. Memorias, de Pablo Neruda (edición reciente en Seix Barral, 2017). Neruda y Hernández se conocieron y admiraron mutuamente en esa España de los años 30, trabaron amistad, compartieron creaciones. Así lo recuerda el chileno: “Yo lo conocí cuando llegaba de alpargatas y pantalón campesino de pana desde sus tierras de Orihuela, en donde había sido pastor de cabras... Vivía y escribía en mi casa. Mi poesía americana, con otros horizontes y llanuras, lo impresionó y lo fue cambiando”.

Sin embargo, me marcó más profundamente una lectura de colegio, cuando debimos aprender en La Serena (Chile), su poema “Elegía”, que no solo estaba lleno de drama por la muerte de un amigo y la ternura de su recuerdo, sino también de una amistad como la que soñamos los jóvenes que éramos entonces: entregada y fecunda, generosa y que no era ajena al dolor. “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como un rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”, comenzaba anunciando el sentido y la dedicatoria de sus versos, para el amigo que se había marchado “tan temprano”. “Elegía” culminaba con una invitación a la reunión futura de dos grandes amigos: “A las aladas almas de las rosas/del almendro de nata te requiero,/que tenemos que hablar de muchas cosas/compañero del alma, compañero”.

Siempre he pensado que esa obra no me hubiera marcado tanto si a los pocos meses no hubiera fallecido mi amigo Luis Flores Cadenas, recordado profesor, también poeta, que se marchó prematuramente por una enfermedad “invisible y homicida”, cuando todavía teníamos muchas cosas que conversar. Los misterios de la muerte se entienden tarde, a veces ni siquiera se entienden, muchas veces no se aceptan y nos llevan a sentir más “su muerte” que “mi vida”, como expresaba Miguel, abandonado. No es casualidad que en un capítulo memorable de “Cuéntame cómo pasó”, tras la muerte de su hermano Miguel, el inefable Antonio Alcántara haya decidido leer en la misa de despedida precisamente “Elegía” de Miguel Hernández, en una escena llena de emoción y sufrimiento.

El poeta creció y se transformó al llegar a Madrid en la década decisiva de 1930, cuando el mundo y España cambiaban y entraban en contradicciones. Su poesía maduró al contacto de algunos grandes de las letras, como el propio Neruda y Vicente Aleixandre: al primero dedicó El hombre acecha (1937-1938) y al segundo Viento del pueblo (1937). También cambiaron sus convicciones, cuando abandonó el catolicismo que compartía con Sijé, para adentrarse en el comunismo, en un momento de definiciones y divisiones: ambos temas, la fe religiosa y la fe secular, se expresaron en la poesía del pastor de Orihuela.

¿Cuál fue el aporte de Miguel Hernández a la poesía? Agustín Sánchez Vidal señala que su ideario está bien reflejado en el prólogo de Viento del pueblo, de llevar los sentimientos populares “hacia las cumbres más hermosas”: “toda su vida y trayectoria habían consistido en hacer compatibles ambas constelaciones. Pocos como él supieron encerrar tanta sabiduría poética en fórmulas tan llanas y asequibles. Y esta es, probablemente, una de sus principales aportaciones a nuestra literatura” (en “Introducción” a Miguel Hernández, Obra Completa I. Poesía/Prosas, Madrid, Espasa, 2010).

En mayo de 2013 tuve la oportunidad maravillosa de visitar las tierras de Orihuela, invitado por José Carlos Rovira, escritor y catedrático de la Universidad de Alicante. En esa oportunidad, la visita ilustre era, en realidad, el poeta chileno Raúl Zurita, y los tres junto a otras personas hicimos el obligado trayecto a la casa de Miguel Hernández, que se veía pequeña al lado de un cerro, mientras en la esquina del patio podíamos descubrir la famosa higuera que menciona en “Elegía”. Precisamente ahí recitó ese poema el propio Zurita, con esa voz y emotividad que le son características, en un lugar que se prestaba especialmente para ello.

En mi caso, volví a mi infancia y a Miguel abandonado de Ramón Sijé. Por esas curiosidades de la vida, también me correspondió declamar una creación propia, que en una de sus partes señala:

“Sabemos que después de pocos años
el propio Miguel besó la muerte.
cuando Ramón no había regresado
a compartir su huerto ni su higuera,
pues lo esperaba debajo de la tierra.
Mientras tanto Miguel, su amigo fiel,
volaba a compartir su muerte artera
después de algunos meses de prisión
pasaba a convertirse en calavera”.

Era 1942, otro momento en la vida de Miguel Hernández y en la historia de España, marcada, herida y demolida por el odio fratricida, que costó tantas muertes y miserias.