Dos periodistas de raza, uno en Madrid y el otro en Nueva York, uno en Libertad Digital y el otro en La Razón, escriben en dupla terrible la gran biografía nerviosa de Raúl del Pozo con temblor y sin temor: No le des más whisky a la perrita (La Esfera de Los Libros). Sólo un trato: de cama no se habla, vida ajena a catre y ludibrio, pero no por ello menos encendida ni rabiosa. Las noches golfas con Paco Rabal, el pisto de las gasolineras en las madrugadas borrascosas, la vida por la letra y el naipe, burlangas y tahúres, el autobús de los canis que vienen de gorra desde el Casino de Torrelodones con Lola Flores, la noche llena de estrellas y espuelas en Oliver y el Café Gijón, la vida a la escucha o de orejero en Casa Patas, el caló y los toreros, la fiebre última y única del lenguaje.
El milagro empieza por Umbral, como no podía ser de otro modo, y pronto los escribas entran en harina separando a Raúl del Pozo del maestro. La única confusión pública fue su amistad, y Umbral para mí es un barroco hacia fuera, cuando Raúl del Pozo lo es hacia dentro, y así en muchas novelas hierve una cirugía acerada de frases cortas cercanas al género negro. Pérez-Reverte maneja la teoría de que Umbral busca la estética, colocando un término por fonético o estilo, cuando Raúl del Pozo es todo lo contrario: lo emplea desde su concepto, sin máscara alguna, en el puro manantial y nacimiento del mismo. Yo veo en Del Pozo a un barroco hacia dentro (Bernini) sin renunciar por episodios (como Umbral) a una prosa en relieve, no plana, rocosa, musical, con sabor antiguo y castizo, crujiente como pan ácimo y candeal, donde las palabras fornican y a veces se encuentran dos que jamás estuvieron juntas, a la manera de Carrere o Valle-Inclán. Pura joyería verbal.
La obra, la dupla, es toda una novela. A veces canta Valdeón mientras Úbeda toca las palmas o guitarrea Úbeda cuando Valdeón taconea. No se pisan, y así la verdad raulista crece sin freno. Novela/biografía de la fuerza, salir de una Cuenca levítica hacia una Barcelona sin rumbo, pisar París en bohemia radical, fatigar Los Madriles, siempre el veneno del periodismo dentro, entre cuchilleros que se matan por un titular, periodistas de libreta y botella, redacciones donde se discutía por un término u otro en duelo de floretes y la vida entera por la letra cuando el futuro no se sabe lo que es. La grandeza del oficio donde Raúl del Pozo hace ejercicio de orgullosa decencia: “He aprendido el oficio y, cada día, quiero escribir el mejor artículo de mi vida. Trabajo para ser el primero, pero solo consigo ser uno de tantos. Además, vivimos una época posliteraria. Ahora los famosos son los futbolistas: ser columnista es una puta mierda”.
El último pistolero, el columnista que lleva dentro al mejor reportero retirado, el escritor de la calle y su argot, entre clásico y castizo, la calle burbujeante bajo los pies: “El columnismo es una puta costumbre española, como la Guardia Civil, el Corte Inglés y la zarzuela”. Periodismo añejo (macerado en barrica) y de libreta. Vino caliente con Orson Welles y humildad, generosidad, un apostolado con los jóvenes como otra forma de estar en el mundo. Colecciona etiquetas (“comunista”, “rojo de mierda”, “derechista que se ha pasado al golf”) y lo único que le jode es que le llamen “viejo”. Valdeón dispara a la cabeza: “Puso la vida en el tablero, en la barra y el escenario”. Entubado al solitrón de la noticia, sin genuflexiones y en la metadona de los Bárcenas de turno, a su bola. Es una fiesta y el pregón corre por la librerías (No le des más whisky a la perrita) en el charco de cocodrilos de la política, el pantano con pirañas del periodismo, y la farándula donde ciertas lealtades le separan del barro. Coraje puro de reportero sin sueño.
Rechaza Del Pozo hagiografías y enseña el Cock, Chueca, Pasapoga con putas en la barra, Chicote con tertulias de derecha, el Corral de la Morería, el Lyon y el Comercial, Lucio, toda la mentira o verdad de Umbral (su relación tal vez nunca fue entre iguales) la hermandad con Paco Rabal, donde en una ocasión acabaron en Roma, a ver si pulsando cierto dígito del teléfono en la habitación subía una y te la chupaba; las moscas que subían por los dedos amarillos, interminables como promesas, de Ruano mientras escribían. Impulsivo, ocurrente, en el acero o límite del peligro, levanta una catedral a diario en su columna como Dylan Thomas hacía con media botella de whisky o Sinatra con algo de perico. Príncipes, pícaros, matadores, alguna duquesa en bolas, el rumor como el florón de las sociedades silenciosas, madrigueras de conejos muy ricos, gallofa y perdonavidas. Es un taxi en la noche, donde a veces solo viaja un gintonic, entre lo urgente y lo importante.
Encargos para televisión, Quintero y el Loco de la Colina, las neuronas como un Fórmula 1 por el acantilado, el Pueblo de Emilio Romero donde cobraban al peso, los cafés donde fiaba el limpiabotas, la vida por delante de toda depresión, músicos y pintores abuhardillados, la búsqueda del ingenio sin el menor rastro de lenguaje sobado o de segunda mano. El héroe hizo biografía, luces largas entre gente del cobre, culos y musas, alejandrinos y suripantas, Manuel Vicent en la escudería del miedo, Haro Tecglen quien prescribe cómo todo columnista puro siempre se agota en la página quince de la novela. Copas, libertad, amigos de la misma risa, bajada a los garitos, anarquía a carcajadas, lengua de ceniza y pecho vaquero en el farol, sonrisa raulista llena de encías, la suerte de garduños y barquilleros, ninfas rotas y el humo azul de los cafés, pícaros y poetas malditos, el Cela que se pasaba un canario por el culo tras haber cagado. Una forma de vida por su pulso.
Madrid, ya está dicho, como triángulo: Café Gijón, Oliver y Bocaccio, y actrices que cuando se les pregunta si lo son responden con pompa de chicle: “No, señora, yo soy puta”. Y homosexuales en las lecheras de la pasma, y Fernán Gómez y Perico Beltrán, y Berlanga y Buero Vallejo, y desayunos a las cinco de la tarde, y relatos cálidos y crueles, y tabernas de azulejo con grifo a cerveza o vermú, y todos los que se van de naja después de quebrar a camellos, boqueras y rufianes. Raúl del Pozo para siempre, con el hígado hecho una hoja seca, sobrealimentado de madrugadas, donde el ciego es el que ve por los lugares más tirados, el presente como inseguridad para doma del futuro por el cuello, en derrota y sin doma, alcohol más oscuro que las mejores reputaciones. Un libro para no separarse de la pasión aunque no nos paguen. Talento, instinto y olfato.