Opinión

Torre de marfil

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 01 de noviembre de 2020

La doctrina Benzemá, según la cual no hay que jugar con el que juega contra nosotros, empieza a aplicarse en la Unión Europea. Los partidarios de la austeridad son reacios a traspasar los fondos al manirroto Sánchez con esa nefasta afición suya a tirar el dinero, no el propio, claro, sino el ajeno. Solo un optimista de verbena cree en la recuperación de la economía española. El dirigente socialista es ya el Vinicius del Continente: sólo físico. Con su sabiduría balompédica, Javier Clemente ha descrito atinadamente al joven extremo brasileño diciendo que tiene mucha velocidad pero debe aprender a golpear el balón y a mover el cuerpo. Lo mismo que Sánchez, cuyos abultados errores debiera corregir en aras de la salvación de los españoles, desesperados ante tantas esquelas y hartos de tantos anuncios de “liquidación de negocio”. Si el doctor volviera a la Universidad, ¡cuántas lecciones y cuántos manantiales de energía podría hallar para la enmienda! Aunque solo fuera para aprender a decir la verdad.

Otro vasco, pero inclemente, el ex-cura de Lemona, en lugar de castigar el pecado y perdonar al pecador, se persigna extraviado enalteciendo el crimen y santificando al verdugo mientras denigra a las víctimas. Hay clérigos que pudiendo servir al Evangelio y ser universales, se recluyen con obcecación en paganas adoraciones nacionalistas y, más diabólicos que angélicos, se alinean en las filas de un aldeanismo terrorista en vez de ser titulares en el equipo de los buenos. Estos apóstoles defensores del tiro en la nuca olvidan que un sacerdote español es triplemente universal: por humano, por católico y por español. A los españoles se nos queda muy estrecho y raquítico lo internacional y, muy especialmente, toda esa monserga del globalismo y el multiculturalismo. Siempre fuimos universales y humanitarios: Toledo, Santiago de Compostela, Ceuta, Roma, Brujas, Manila, La Habana, Los Angeles, Tokyo...

Pasan las décadas y parece seguir todo igual. “El problema de España es de una mala administración”, decía Azaña. “Me acabo de convencer de que el país por su clase gobernante es ingobernable”, manifestaba Silvela. Y el maestro Azorín se lamentaba, conmovido siempre por el campo español tan desatendido, “con tal que tengamos muchas secretarías y oficinas, con secciones y subdivisiones, y sueldazos bestiales, con alamares y relumbros, poquísimo importa que expire la labranza entera”. Si un gobernante quiere mejorar no puede permanecer refugiado en su torre de marfil, poniéndose de perfil ante la ruina y la zozobra ciudadanas a la vez que intenta subirse el sueldo o acude a banquetes nocturnos en pleno redoble de la pandemia. Un gobernante debe abandonar el aislamiento, darse de bruces con la realidad y dar la cara para ser consciente de los posibles quebrantos que amenazan con convulsionar la quieta dársena española y así ponerles remedio. Un gobernante no puede incurrir en la irresponsabilidad del responsable porque con ello mete plomo en las alas de la nación frustrando las ambiciones colectivas.