Opinión

Las invitadas de Carlos G. Navarro

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 02 de noviembre de 2020

Desde el reinado de Isabel II hasta el monarca Alfonso XIII hubo en España mujeres en el arte y también mucho arte sobre mujeres –lo que los teóricos llaman su “representación”–. En esta doble indagación se ha afanado en los últimos tiempos Carlos G. Navarro, técnico de conservación de pintura del siglo XIX del Museo del Prado y comisario de la magnífica exposición Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833-1931), que puede verse, contemplarse y pasearse en la pinacoteca nacional, hasta el 14 de marzo. El subtítulo es una cosa larga que sorprende y hasta despista, pero las invitadas del título, las que reinaban en los saraos románticos, las soñadas por los poetas y los políticos, las orientalizantes y ataviadas como odaliscas de fantasía masculina, las silenciadas por el poder –ya sea por indiferencia o por maldad–, nos sugieren entrar en el palacio de las artes plásticas a los pies del Retiro. Incluso a los más escépticos y ajenos a las artes les ha despertado la curiosidad.

El Prado es un paraíso que se desgaja del frenesí de la gran ciudad, y no porque lo digan las guías turísticas que se venden en los kioscos de la plaza de Neptuno, sino porque sus galerías acogen la mejor colección de pintura de España, una de las tres primeras de Europa y la quinta del mundo. El Museo del Prado, que ya es bicentenario desde el año pasado, se consolida como institución, a donde uno acude un sábado por la mañana a respirar una brizna de sosiego y de pintura antigua, a aspirar, en definitiva, la frescura de los clásicos a manera de dieta “detox” del fragor cotidiano. Y por eso es vanguardista y provocador, insolentemente preciso y precioso frente a tanta ignorancia y barbarie. Uno sale diferente cada vez que visita el Museo del Prado, mejora su look y hasta su concepto de los hombres, antes de volver al estruendo. Pura terapia a partir de la decimonona centuria, tan conspiratoria e isabelona, cosida de motines y asonadas, liberales y carlistas: es el siglo de Larra y Espronceda, de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Cecilia Böhl de Faber, que firmaba como Fernán Caballero.

El año pasado, el museo nos obsequió con un impresionante recorrido comparado por el legado de las dos pintoras más célebres del Renacimiento, las italianas Sofonisba Anguissola (1535-1625) y Lavinia Fontana (1552-1614), y ya nos anunció que iba a ir rompiendo poco a poco el techo de cristal de las artes plásticas, porque todo rompimiento –y no de gloria, precisamente– de las artes plásticas ha de hacerse con conocimiento, pericia y sensibilidad. Los fondos propios –salvo alguna excepción– del Prado han nutrido esta revisión, en la que han participado las gentes del Registro de Obras de Arte y Depósitos y el equipo de Restauración, así como expertas y académicas, como Estrella de Diego, Mathilde Assier, Eugenia Afinoguénova, Carolima Miguel Arroyo, Amaya Alzaga, María Cruz de Carlos, Asunción Cardona, Leticia Azcue, María Dolores Jiménez-Blanco o María de los Santos García Felguera, que han asesorado con su buen criterio de expertas este canon de urgencia de Navarro, nacido para cambiar las cosas o, como dice Falomir, por un empeño consciente de visibilizar obras que no siempre están a mano.

Navarro lo expresa con claridad en el magnífico catálogo que ha editado el museo al referirse a esta reunión de talento en torno a la mujer, las mujeres en y del arte decimonónico y el que principiaba en el siglo XX: “todas aquellas que no cabían en los moldes prediseñados por la sociedad patriarcal de la época”. De Jane Clifford a Elena Brockmann, pasando por Lluïsa Vidal, Julia Alcayde, María Roësset o Aurelia Navarro. El arte es ese ensalmo que nos redime de la necedad y restituye el equilibrio de las cosas: Navarro y su equipo lo han hecho. Cuando los españoles empezamos a descubrir que una pléyade de pintoras, escultoras y retratistas de la modernidad aportaron su genio al patrimonio cultural, es que alguien está haciendo muy bien su trabajo. La mujer fatal, la ingenua, la malevolente, la consolatriz, la hija de Eva, la paupérrima de las Españas noventayochistas, la rosa blanca de inocencia y la inflamada del deseo… nos miran a los ojos desde su hora tardía, dispuestas a salirse del marco si alguien las invita.

Sin embargo, algunas voces –nunca mejor dicho– han malinterpretado intencionadamente el concepto expositivo y han hecho su campaña de “agitprop” en las redes sociales, en una caza sin cuartel y oportunista que no busca sino un trozo de la tarta, y conseguir que el comisario sea, por ejemplo, comisaria. O algún otro, que sabe de arte de oídas, solo ha visto en su ceguera mental a la mujer decorativa y no a los pintores que profundizaron en su soledad y pobreza, su lujo multitudinario y su poder hecho de voluptuosidades e inteligencia. Porque eso de que un hombre hable y bien de las mujeres, las estudie y glose, hay personas que lo llevan muy mal y se impacientan. Hay más miserables aparte de los de Victor Hugo, pero son volanderos por lo mediocre. El trabajo ímprobo de Carlos G. Navarro para el Museo del Prado consiste en todo lo contrario que el ruido: en recuperar la memoria de aquellas que estaban condenadas al olvido. Por eso permanecerá.