Existen ciertos días (no parecen ser muchos a lo largo de las añadas) en los que una paz sin correlato subjetivo nos disuelve la percepción: uno siente una suerte de opio obrando sobre él sin habérselo procurado, y el sol bulle como una bujía congelada desde el balcón, los seres pasean como si la «promenade» no nos pudiera tocar. Son días que relucen sin necesitar de demostrar nada a nadie (¿demostrar es mostrar a la población algo? ¿Y qué necesidad habría de hacer tal cosa?). No sabemos si son sintonizaciones subjetivas, incluso solipsistas, o muestras de un poder etéreo e inconsútil, eidético en sí mismo, inalterado por el curso de la bestia humana y de sus procederes. En estas transiciones, los yelmos están fuera del globo carnoso de la cabeza, las espadas clavadas en la hierba, las adargas situadas ex orbe, y entonces no necesitamos leer a Bidón ni a Mantecón: podemos escribir como mínimo tan bien como ellos, se crea lo que se crea. La subjetividad diluida, mediante esa disolución, parece acercarse al éter supremo, no ser nada, carecer de materia, alma o conciencia. Es la conciencia en alto grado sin grilletes, anestesiada, la delicia pasajera en donde se intuyen paraísos, infinitos, éxtasis imparangonables. No dura mucho, empero.
La cabeza parece estar formada por helio, todo se empequeñece y deja de importar, la vida se retrae psicológicamente y se desanuda psíquicamente: si dejar de existir es estar así, éste es acaso el estado de los dioses, sin contingencias, estáticos como un remanso que no se sabe ni se puede divisar, porque huye de la conciencia, que es carga, carga demasiado mediata y molestada, un artificio o un constructo constrictor. Se escribe un enésimo poema sobre las rosas de sangre como se escribe otro sobre el íntimo dasein, y ya vale, a cargar las espaldas sobre sí y a tumbarse, o tal vez a no pensar en la muerte, sino en estados propicios de la conciencia, cuando ésta no se muerde a sí misma, como tampoco sufre remordimientos por la acción múltiple de la agencia serializada, interdependiente a nuestro pesar, del ser que es existir: se insiste en un aparente contorno del no-ser, en una frontera desde la cual no es imprescindible el irse al balaustre a contemplar un mar, o lo que sea que aparezca junto al agón de la tierra firme. De repente y mediante sensacionismo, la idea de una paz terrenal parece sepultar en su propio sitio a lo telúrico. El tiempo es percepción. Más allá de la continentalidad hay islas, notamos o advertimos. Islas en donde los ilotas no sufren la bajeza de la doliente y dolosa condición humana.
Es entonces (prácticamente sólo entonces, totalmente solos entonces) cuando el hombre se mide con aquello que al tiempo le funda y le niega, débil y anfibia condición de impaciencia y de eternidad: el éter es aquello que los planetas despejan y quién sabe si despojan con sus tremendos desplazamientos, y se suele definir lo eterno a partir de ahí. Nosotros lo vemos como lo «terno fuera de», la trinidad exterior. El ser está ahí practicando no más su inercia que su cumplimiento destinado, y no hay por qué fecundar a nadie, sólo esperar activamente, con los nervios en las rebabas del cerebro luchando por conceptualizar y despejar las intercepciones y los despojos del tiempo domesticado, anti-husserlista. Vemos o creemos estar viendo a las cabras en el pantano de Luna de la región de Babia, que tantas veces transitamos: ellas están ahí más integradas que nosotros en estos edificios tan perfectos como oscuros, en algún recóndito sentido que no alcanzamos a asir. Es así como un poema es un edificio para el alma y un edificio es un alma para el cuerpo: el poema positivizado continúa siendo invisible para la humanidad, porque el poema es una negación simbólica de lo existente y no inefable. Pronto llegarán los cotejamientos entre mientes, la necesidad de ver, tal vez, a otros. Ahora, un siluro navega por nuestra sangre, o un cisne sin canto en los acantos transicionales de una nihilización placentera. En eso estamos, entre la nada y la placenta. Espejismo, ciertamente espejismo, pero agradable en su calmosidad...