Opinión

La derecha apocalíptica

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Miércoles 04 de noviembre de 2020

Dicen por ahí que la derecha se ha entregado al milenarismo apocalíptico. En tal caso, no encajo en esa derecha, porque a mí no me queda esa esperanza. No espero la victoria tras los mil años y me tiene tomado la convicción de que nada hay y nada habrá tras ese plazo. Pero esa desesperación, que no encuentra consuelo ni en el quiliasmo, debe situarme a la derecha de la derecha: en la ultraderecha y, por tanto, muy próximo a la izquierda extrema: contraria sunt circa eadem.

Los dueños de los conceptos, esos que nos clasifican, me asignarán a alguna de sus ridículas casillas y estaré convertido en ultraderecha o en fascista, irremediablemente. Pero el mundo no cabe en esas menguadas categorías a las que quieren ajustarnos, aunque para ello – entre Procusto y el destripador – tengan que amputarnos media vida y dos tercios del discurso. Nos dejarán sin palabras, nos cortarán el aliento y, convenientemente silenciados, cabremos en el orden reticular y esquemático con el que andan midiéndolo todo.

Si respiro todavía y aún compongo esta página, querido lector, es porque creo haber contemplado un atisbo remoto, la huella erosionada de la verdad bajo la forma de un rostro casi desvanecido. Y nada más. Pierdo pronto ese indicio y se oscurece el mundo. El rastro de esa figura se deshace como escritura en el agua y entonces no queda nada. Y, pese a todo, esa frágil evocación alguna vez resucita y vuelve a ponerme en pie como si me habitara una fuerza que sé bien que no me pertenece. Veo entonces el mundo como si amaneciera la primera mañana.

No es mucho, pero es todo lo que me queda para afrontar la existencia cotidiana bajo esta sombría coyuntura histórica. No quiero cargar los adjetivos, pero este presente no anuncia un buen mañana. Ésta no es una profecía apocalíptica. Habría que militar en un progresismo pánfilo o en un optimismo estupefaciente para esperar un porvenir irisado de mimosas lucecitas. El presente ofrece a muchos un corte afilado, capaz de cercenar cualquier esperanza.

Del fin de la historia y del ocaso de los grandes relatos hemos pasado al análisis pormenorizado de la consumación de la modernidad. A poco que se lea, aparece pronto el perfil terrible de ese apocalipsis que se atribuye a la derecha. Tremendo es el orden que describe el coreano Buyng Chul Han o la judeo-francesa Eva Illuoz o el británico William Davies, o el francés Christophe Guilluy… El mismísimo ministro de universidades decía, días atrás, que el mundo – tal como lo hemos conocido – se ha terminado. Son muchos, por tanto, los delegados del apocalipsis, las siniestras voces de la extrema derecha. “Desaparición de los rituales” o “industria de la felicidad”, la “no sociedad” o el terrible “fin del amor…” nadie anuncia un beatífico porvenir, más bien se declara un final. No he nombrado teólogos medievales, ni portavoces de la nueva ni de la vieja derecha, sino académicos acreditados y en activo. Entre esas voces es extravagante la del ideólogo de un edén tecnológico que se nos aproximaría a velocidad creciente: Ray Kurzweil, especialista en inteligencia artificial y prohombre del Silicon Valley. Frente a su redentora singularidad, me parece que habría que atender esas voces que no anuncian, sino que describen nuestra catástrofe cotidiana.

Por lo que a mí respecta, tomo aliento a menudo en las páginas de un escritor (im)posible en las que se encuentra una alegría de vivir que es de otro mundo: del mundo que se hundió en el horror sangriento de la guerra mundial. Es verdad que, a través de sus páginas, el aliento que se respira está más allá de su autor y apenas llega ya a nosotros, pero trato de respirar por su escritura. Es una escritura que conserva el vigor de la palabra. Gilbert Keith Chesterton murió el 14 de junio de 1936. Apenas unos días después estallaba nuestra guerra civil, umbral de un epílogo que puso punto final al viejo mundo. Chesterton es (im)posible en el orden surgido de esa guerra, esa (im)posibilidad – que su muerte certifica – es un signo que hoy leerá cualquiera que contemple la fea realidad con los ojos abiertos. Pero ese hombre (im)posible existió y, como diría él mismo, eso parece dejar claro que es posible. Lo que alguna vez se hizo, siempre puede repetirse, diría. A veces concedo, pero cada vez más a menudo rechazo esa conclusión. ¿Será que me puede el oscuro milenarismo de la extrema derecha…?