Opinión

Los trabajadores americanos sin casa, itinerantes y al pairo

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Diego Medrano | Jueves 05 de noviembre de 2020

Seguimos todos el cencerro mediático (Trump/Biden) cuando, fuera de altavoces, no hay muchas diferencias entre ellos (Biden ya dijo que no va a levantar aranceles). La gran reflexión nadie la hace: dos ancianitos (74/77 años) en lucha por el tacataca. Libro coyuntural, pura lección de vida, completo estado de rapto, es el de Jessica Bruder: País nómada: Supervivientes del Siglo XXI (Capitán Swing). Bruder escribe subculturas, enseña escritura narrativa en la Columbia Jounalism School y centra su libro en todos esos americanos, jóvenes y mayores que, al no poder pagar sus casas, no tuvieron más remedio que abandonarlas, vivir en una autocaravana y trabajar aquí y allá de lo que salga. Tres años de trabajo, quince mil millas, de costa a costa.

Taxistas de San Francisco currando en la recolección anual de la remolacha azucarera, en jornadas que empiezan al amanecer y tras la caída del sol, con temperaturas bajo cero. ¿La cama? La furgoneta, desde que Uber los desalojó del taxi y pagar el alquiler es un imposible. Antiguos contratistas de obra en Kentucky que hoy patean naves de Amazon en el turno de noche mientras empujan una carretilla y clasifican paquetes. Parques enteros de caravanas, sí, alquilados por Amazon para albergar a trabajadores nómadas. Universitarios, mil títulos, en el país más avanzado del mundo, sin la menor cobertura, a veces sin dinero para costearse el viaje que trae las lentejas. La ecuación es simple: pérdida del puesto de trabajo, alquiler imposible y vida de caravana.

Escribe Jessica Bruder: “Siempre ha habido poblaciones itinerantes, trabajadores ambulantes, vagabundos, espíritus inquietos, pero ahora, en el segundo milenio, está surgiendo un nuevo tipo de nómada. Personas que jamás imaginaron que podrían llevar una vida itinerante se han lazado a la carretera”. ¿Son delincuentes? En absoluto. Curritos precarios con “una vivienda sobre ruedas huyendo de las disyuntivas imposible a las que debe hacer frente la antigua clase media”. ¿Llegará esto a España? Claro que llegará.

Sigue Bruder: “¿Comer o un tratamiento odontológico? ¿Pagar la hipoteca o la factura de la luz? ¿Pagar los plazos del coche o comprar medicinas? ¿Pagar el alquiler o el crédito suscrito para sufragar los estudios? ¿Comprar ropa de abrigo o pagar la gasolina para desplazarse hasta el lugar de trabajo?”. La conclusión no se hace esperar: “Mucha gente optó por lo que de entrada parecía una solución radical: ya que no podían subirse el sueldo, tal vez podrían suprimir el gasto más importante y renunciar a una vivienda de ladrillo para vivir sobre ruedas”. Personas sin hogar, sí, aunque los nómadas rechazan dicha etiqueta, dado que disponen de cobijo, tienen medio de transporte y de ahí que hayan acuñado otro término: “Personas sin casa”, “Personas sin una vivienda fija”. La vida en duchas públicas, lavanderías de autoservicio, confundidos en ocasiones con jubilados a los que la gran recesión consumió ahorros y la pócima es simple: “Para llenar el estómago y el depósito de gasolina, trabajan duramente largas jornadas en pesadas tareas manuales”.

Salarios estancados, alto precio de la vivienda, el ave precisa liberarse de los grilletes generados por el alquiler y las hipotecas. Supervivientes. ¿Su reivindicación? No basta con la subsistencia: “Ser humano, ser humana significa anhelar algo más que la mera subsistencia. Además de alimento y cobijo, necesitamos esperanza. Y la vida en la carretera ofrece esperanzas. Es un subproducto de un impulso de progreso. La intuición de una oportunidad, tan amplia como lo es el país. Una convicción profundamente arraigada de que el futuro deparará algo mejor. Una oportunidad que aguarda a la vuelta de la esquina, en la población siguiente, en el próximo trabajo temporal, en el próximo encuentro casual con una persona desconocida”. Supervivientes.

La ruta, el viaje, la aventura… hacen que en los lugares de trabajo o acampada empiecen a formarse tribus, cómplices en un lenguaje común y una afinidad que es armadura frente a las dificultades: “Cuando a alguien se le avería la furgoneta o la autocaravana, pasan la gorra. Entre ellos circula una percepción contagiosa. Algo grande está ocurriendo. El país está cambiando muy deprisa, las antiguas estructuras se están desmoronando y ellos y ellas se encuentran en el epicentro de algo nuevo. Por la noche, alrededor de una hoguera compartida, parece vislumbrarse el destello de una utopía”. Trabajos temporales, despidos habituales, vuelta a las ruedas, glóbulos rojos circulantes por las venas y arterias de un país. Si el sol dudara un instante, se apagaría. Rumbo hacia familiares, amistades, sitios conocidos, mágicos desconocidos y lugares sin frío. Los kilómetros desplegados son el mejor rollo de película. Cantinas de comida rápida, centros comerciales, campos dormidos bajo la escarcha, taller para vehículos/24h.

Los ojos conocen caen como losas, la fatiga detiene el viaje, el ronroneo del motor acuña el sueño en los semáforos sin miedo. La paz es una calle tranquila en barrio de extrarradio. El desayuno es el amanecer, con toda la carretera por delante. La única certeza es el acelerador. La mirada táctil es el ingenio fabril. Facebook es otra fuente de información, periódicos digitales, noticias en la pantallita, confesiones y secretos. La alegría viaja en todoterrenos Grand Cherokee Laredo, adquiridos en desguaces, reparados por lo modesto. La alegría es un perrito de aguas que no se está quieto y salta entre los asientos sin previo aviso. La prudencia es un repelente contra insectos bajo el espejo retrovisor. América: donde quedarse quieto es la muerte inmediata. Lean la ducha de agua fría de Bruder sobre el victimario moderno: arruinados cuya riqueza es la movilidad.