Luis Alejandre | Miércoles 27 de agosto de 2008
Ahora que Vietnam se abre al turismo, recibe la visita de muchos españoles. El circuito es atractivo, los precios asumibles, el paisaje fascinante y la simpatía y hospitalidad orientales hacen el resto. Pero pocos españoles que visitan el bello país oriental saben que en el actual Da Nang hay un cementerio franco-español con muchas tumbas de nuestros soldados.
Se cumplen estos días los 150 años -1 de Septiembre de 1658- del desembarco aliado franco-español en la bahía de Tourane, conocida hoy como Da Nang. El lugar escogido era excelente: resguardada de los temporales, la bahía estaba cercana a la capital del imperio annamita, Hué, cuyo emperador dominaba el país. Los norteamericanos la elegirán a mediados del siglo XX como su gran base aeronaval.
Francia y España habían lanzado una operación de castigo debido a la persecución que sufrían nuestros misioneros y la creciente comunidad cristiana. De hecho en menos de un año habían sido martirizados los obispos españoles José Maria Díaz Sanjurjo y Melchor García San Pedro dos dominicos formados en el seminario de la Orden en Ocaña, uno gallego, el otro asturiano, y que eligieron la vía misionera como camino para llegar a Dios. El segundo es venerado con gran devoción en ciertos valles asturianos.
La España de Isabel II reaccionó, cuando París solicitó apoyos para la operación de castigo. Demasiado sabia Francia que la base logística que representaban las Filipinas era esencial para sus planes de permanencia en la región. Sería injusto no decir que, también misioneros franceses habían asumido la labor evangélica y los riesgos del martirio. Hablamos del Annam, la región oriental de la península indochina, que comprendía dos pueblos: el tonkines al norte y el llamado cochinchino al sur. De aquí quedo en nuestro lenguaje, el sentido de que la Cochinchina o ir a la Cochinchina, era ir al fin del mundo. Ciertamente al fin del mundo iban aquellos bravos misioneros, y al fin del mundo fue el contingente español que salió de Manila a mediados de Agosto de 1857.
La expedición regresaría a Manila en Abril de 1863. Hablamos por tanto de cinco años de durísimas condiciones de vida, de tensas relaciones con nuestro aliado francés.
No puede decirse que la dirección política de la expedición sufriese cambios de Gobierno de Madrid, porque el período se corresponde con el Gobierno de Leopoldo O´Donnell, aunque la expedición fuese decidida por los anteriores de Isturiz y Armero.
O´Donnell impulsó, como se sabe, las expediciones hacia el exterior. La más conocida es la llamada Guerra de África que dirigió personalmente el propio General. España vibró con más entusiasmo que inteligencia en un esfuerzo costosísimo. También pertenecen a este período la Guerra del Pacifico en la que se bombardearon El Callao y Valparaíso, la intervención en Italia en apoyo del Papa, la expedición de Prim en México y la fallida intervención en Santo Domingo, la Isla que quiso volver a ser española.
O´Donnell buscaba recuperar cierto prestigio como potencia y a la vez alejar el fantasma de las guerras civiles que periódicamente asolaban nuestro suelo.
Pero si hubo frecuentes cambios en la Capitanía de Manila, que era el soporte inmediato del cuerpo expedicionario a Cochinchina. Los jefes del contingente lo sintieron. Sin apoyo popular, desconocida prácticamente en la Península su intervención sin el apoyo de la Capitanía cercana, ante la potencia rayana en la prepotencia de Francia, la misión no era fácil. Como siempre encontramos a los héroes poco conocidos que salvaron la situación: Olagüe,Rui d Lanzarote, Araquistain, Cánovas, Chavarri, Dusmet, Gainza, Primo de Rivera, Roig de Lluis… pero también nombres de tagalos filipinos, valientes sufridos, leales bien localizables en las listas de revista o en las relaciones de heridos o condecorados por sus característicos nombres de pila: Pionono, Trinidad, Teodorico.
Entre todos destaca la personalidad del Coronel Carlos Palanca, un valenciano formado inicialmente en Francia, factor que será básico para entender sus relaciones con los almirantes franceses que mandan la expedición. Será el mejor informado, el que busca las misiones más difíciles, el indispensable. Nunca podrán prescindir de el los franceses, a pesar de la superioridad de sus contingentes que alcanzan en momentos los 6.000 hombres. Aún herido o enfermo, Palanca lidera, empuja, defiende los intereses españoles que finalmente serán recogidos en el Tratado de Paz. Él sólo merecería un homenaje nacional. En un momento tuvo que ser el Mariscal Liautey, el colonizador de Argelia quien destacase su especial y eficaz forma de hacer la guerra.
La operación de castigo, dio un vuelco a mediados de 1859, cuando los contingentes dejaron Tourane para dirigirse –y conquistar- Saigón. Se dejaba de pensar en la capital Hué, para pensar en territorio, en colonia, en la riqueza del granero de arroz del delta del Mekong.
Sin información, sin pulso, aceptábamos las decisiones de Francia que desde hacia tiempo quería poner un pié en Extremo Oriente, celosa de la expansión inglesa que ya dominaba el eje Hong Kong-Singapur y tenia acceso a un importante número de puertos chinos. Francia incluso participó en las guerras del opio junto a Inglaterra. Pero no obtuvo los beneficios territoriales que necesitaba. Indochina si se los proporciona.
En resumen durante cinco años un contingente que llegó a ser de 1500 hombres, sirvió para que Francia consolidase su presencia en la región.
Cierto sentimiento de vergüenza nos ha llevado históricamente a no hablar del tema. Sólo testimonios familiares de gran valía y el reciente compromiso de una editorial de Barcelona –Edhasa- han permitido sacar a la luz, la valiente y sacrificada historia de nuestros soldados.
Sirva este sencillo recuerdo para no dejarles en el olvido, ahora que se cumplen 150 años de su desembarco en Tourane.
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