(Foto: Juan Pablo Tejedor).
REFLEXIONES VOLTERIANAS
José Varela Ortega | Domingo 08 de noviembre de 2020
Por JOSÉ VARELA ORTEGA.
Un alivio. Millones de americanos no han votado tanto a favor de Biden -un candidato senil, tambaleante y prematuramente avejentado- como contra Donald Trump y su imagen prepotente, sus gestos chulescos de matón del Bronx, sus ademanes amenazadores, su estilo de barbarie e incultura, su buscada preferencia por la grosería y el mal estilo. Pero, no es sólo la repulsa ante lo desagradable del ademán y el chirrido de un lenguaje insultante y provocador. Trump ha desarrollado con arrogancia cuatro políticas sumamente disfuncionales.
En primer lugar, la polarización política: su declarada intención de introducir el veneno de la división y el enfrentamiento en la sociedad americana. Jamás ha pretendido ser el Presidente de todos los americanos. Al contario. Nunca ha hecho un secreto de que lo suyo era la bandería y la gresca aderezada con el insulto. No eran tanto sus políticas y buenas razones –y algunas tenía, como veremos- cuanto su intencionada forma retadora y partidista de imponerlas. Los gestos de mal perdedor en estas horas no son casuales: más bien continúan y documentan una estrategia pensada, y probablemente sentida, del gusto por la pelea.
En segundo lugar, Trump ha manejado la posición internacional preponderante, pero moderadora, de “la república imperial” que decía Raymond Aron, de una forma desestabilizadora y sumamente arriesgada. Y contradictoria. Porque, en lugar de continuar con la misión americana en defensa y consolidación de la democracia liberal, pareciera decidido a desmontar el sistema colectivo de seguridad occidental. Es una contradicción en sus propios términos denunciar –con toda razón- la naturaleza autoritaria, abrasiva y expansiva del régimen chino, al tiempo que se erosionan los elementos de contención y seguridad trabajosamente construidos desde Truman. Una cosa es exigir –también con razón- mayor implicación de los aliados europeos y asiáticos en términos económicos y militares y otra muy distinta es patear el tablero: un riesgo para todos, empezando por los EE.UU. En suma, su estridente política internacional le hubiera servido de ejemplo a Richard Hofstadter para su celebrado ensayo sobre “el estilo paranoico de la política americana”.
En tercer lugar, Donald Trump ha empañado una gestión económica brillante, acreditada por el crecimiento más continuado y espectacular de la República en años, y certificado por lo que a la ciudadanía le importa de verdad, como son las mejores cifras de empleo en décadas, introduciéndonos a todos en una ronda proteccionista; a medio plazo, una receta de enfrentamientos arancelarios: en definitiva, el peor incremento fiscal imaginado en el que todos perdemos. Otra vez, una grosera contradicción en sus propios términos. Dar al traste con la ronda de negociaciones con la Unión Europea en busca de un inmenso espacio de librecambio Atlántico, promesa de prosperidad común, es una desgracia para ambas orillas del Atlántico. todos. El pretexto de que los socios europeos se comportan con frecuencia de manera desequilibrada en sus relaciones comerciales con los EE.UU., puede ser tan cierto como desenfocada es la política de romper la baraja, en lugar de instar a un reparto diferente de cartas. La idea de disimular políticas proteccionistas con el juego de palabras de oponer un fair trade a un free trade injusto, ya se le ocurrió a Joseph Chamberlain a principios del siglo pasado y en el ocaso del Imperio Británico con los patéticos resultados que conocemos. Cualquier economista profesional nos explicará enseguida que los aranceles son una forma camuflada de política fiscal regresiva, amén de perversa, porque perpetúan la incompetencia financiando la ineficiencia.
Y, en cuarto lugar, lo más dañino, en la medida que es lo más difícil de reparar. Me refiero al deterioro de las instituciones. Una política y una actitud que ha presidido su gestión desde el primer momento. Y hasta el último, denunciando un supuesto fraude masivo antes de las votaciones y animando a sus tumultuarios seguidores a interrumpir el recuento de sufragios sin encomendarse al preceptivo mandato judicial.
Esto sentado, quede claro que Trump ha obtenido un resultado electoral espectacular, desafiando a electoreros tendenciosos, y que nos debía conducir a la reflexión antes que al desprecio. Ha demostrado que goza de un apoyo sólido en la América profunda, modesta y trabajadora, harta de latiguillos bien pensantes de los medios políticamente correctos del Este, tan cultos por lo menos, como despectivos y elitistas.
En todo caso, ya sabemos que Trump no está solo en ese camino de desatino y despropósitos. Es propio del hacer torcido del populismo plebiscitario y autoritario, a derecha e izquierda -para expresarlo con la pobre topografía convencional, carente, como de costumbre, del menor interés y significación- en su cruzada contra la democracia liberal. Desgraciadamente, en España ni siquiera tenemos que poner nuestras barbas a remojar: estamos experimentando en carne propia, y en forma subida y creciente, esta pócima populista de manipulaciones, injerencias abusivas del Ejecutivo, erosión de las instituciones y asalto al Estado de Derecho, adobada en un continuo rosario de mentiras.
Idéntico es entre nosotros el propósito de polarización y enfrentamiento, en que se resucitan, torpe y mendazmente, historias de un tiempo remoto, como pobre argucia para evitar la crítica a un presente desastroso, fruto, en buena medida, de sacrificar la gestión en el altar de la propaganda y la imagen; en suma, la veneración del relato a expensas de la realidad. Por eso, la derrota de Trump va más allá de su enorme dimensión económica e internacional: este es un resultado higiénico para todos los demócratas, porque la política de abuso y enfrentamiento, de engaño y mentiras han pagado un crecido precio electoral. Así sea. Y así se repita.
José Varela Ortega