Opinión

Ciudadanos condicionales

TRIBUNA

Jesús Romero-Trillo | Lunes 09 de noviembre de 2020

“Conditional Citizens” (Ciudadanos Condicionales) es el título del último libro de la finalista del Premio Pulitzer Aila Lamani, quien relata en primera persona su experiencia como inmigrante marroquí en Estados Unidos. En su libro, Lamani describe cómo a pesar de ser ciudadana norteamericana su identidad musulmana fue puesta bajo sospecha a partir del 11-S. Su historia, como la de tantos otros inmigrantes estadounidenses, refleja la contradicción de un país construido en base a las sucesivas llegadas de extranjeros y cuestiona la integración emocional de muchos de sus ciudadanos no solo en el caso de los musulmanes, sino también en el caso de otras “minorías” como los afroamericanos, tal y como se ha visto recientemente con el movimiento “Black Lives Matter”. El libro describe lo que significa ser un ciudadano condicional, es decir, sujeto a la interpretación y aceptación de su identidad en cada momento por parte de quien detenta el poder o la presunta representación de la plena ciudadanía.

Cualquier identidad, sea esta mayoritaria o minoritaria, puede convertirse en refugio y en arma arrojadiza cuando se fosiliza y desarrolla anticuerpos para combatir la influencia de los otros. Una muestra de esta situación en la política estadounidense de estos momentos es la creciente polarización de la opción de voto entre las distintas identidades culturales que (con)viven en el país. El estudio del Pew ResearchCenter de septiembre 2020 refleja que las llamadas “minorías” votan por el Partido Demócrata según los siguientes porcentajes: población negra 83%, hispana con un 63%, y la asiática con un 72%. Por el contrario, la población blanca votaría por el Partido Republicano en un 53%. Según otra encuesta del Pew Research Center de junio 2020 la mayoría de los cristianos del país (uniendo todas las denominaciones) votarían por Trump en un 55%. En el caso de los musulmanes (datos de 2018) la mayoría (66%) votaría por Biden, mientras que solamente el 13% de los encuestados se identificaba con el Partido Republicano. En el caso de los judíos, el 79% votaría por el Partido Demócrata (datos de 2018), y el resto de votantes de otras religiones minoritarias (budistas, hinduistas, etc.) también lo harían por el Partido Demócrata en un 73%. Con todas las reservas necesarias hacia las encuestas de intención de voto, lo que se puede observar es que la población estadounidense presenta unos patrones de preferencias políticas que se identifican en gran medida con las identidades étnicas y religiosas, lo que motiva que las campañas electorales vean la identidad como una de las barreras a superar para conseguir el voto a uno u otro partido, o bien para descartar a ciertos grupos de las promesas electorales. De igual modo, las opciones políticas reflejan en este caso la estable, y en algunos casos creciente, división de las identidades del país en compartimentos estancos.

Esta identificación entre identidad y opción política no afecta únicamente a los E.E.U.U. De hecho, en los últimos años hemos visto el papel fundamental de las identidades en la construcción, pero también en la desmembración, de algunos Estados, basta recordar el caso de Sudán del Sur y de Yugoslavia respectivamente. Por tanto, la cuestión de la creación y de la disolución de las identidades y de la convivencia entre los diferentes en un mundo presuntamente multicultural es una cuestión no resuelta.

Un ejemplo muy preocupante de esta ruptura de la convivencia entre las identidades de un país la estamos viendo en la escalada de la violencia en Etiopía de la última semana. Etiopía, que el país con mayores dimensiones y a la vez más poblado del cuerno de África y que cuenta con más de 110 millones de habitantes, se desliza hacia un conflicto interno de origen identitario que puede llevar a consecuencias dramáticas. De hecho, desde hace algún tiempo Etiopía viene sufriendo una falta de conexión emocional entre el gobierno central y las diversas regiones del país, que al final es capitalizado en muchos casos por grupos armados que se proclaman representantes de las distintas etnias del Estado. Quisiera resaltar que este declive de la convivencia no sucede en uno de los llamados “estados fallidos”, sino en un país que ha gozado de la estabilidad suficiente para servir como elemento de cohesión y de pacificación en los países del entorno, como es el caso de Sudán del Sur. De hecho, su actual primer ministro, Abiy Ahmed, fue reconocido con el Premio Nobel de la Paz en 2019 por facilitar el final del conflicto entre Etiopía y Eritrea. Pese a esto, el disenso ha desembocado en violencia: el miércoles 4 de noviembre comenzó la respuesta armada del gobierno al ataque del Tigray People’s Liberation Front a una base militar. Tres días antes, el domingo 2 de noviembre, al menos 54 personas de la etnia Amhara, según Amnistía Internacional, murieron en el ataque perpetrado en las instalaciones de una escuela.

La sabiduría africana dice que la madera que ya ha ardido es fácil que vuelva a prender. Las identidades reclaman su espacio no solo a nivel político sino también en la vida cotidiana de los individuos. Cuando las identidades individuales no son tomadas en cuenta los ciudadanos dejan de identificarse con el estado en el que viven y tienden a expulsar al distinto, como diría Byung-Chul Han. Por ello, estoy convencido de que el gran desafío de nuestro tiempo para construir sociedades plurales no es tanto el de defender la identidad legal, sino el de afianzar la identidad emocional de los ciudadanos. Así, el debate que debemos afrontar no es entre ciudadanos “legales” o “irregulares”, o entre “nacionales” y “extranjeros”, sino entre lo que podríamos denominar “ciudadanos condicionales” y “ciudadanos plenos”. El ciudadano pleno es el que se siente emocionalmente partícipe y responsable, por lo que es quien puede dar estabilidad a nuestra sociedad y es el único que puede integrar plenamente a los ciudadanos que se sienten condicionales. El ciudadano pleno entiende que su identidad religiosa, étnica, lingüística, ideológica o de cualquier otra índole es una riqueza que le ayuda a dialogar con la identidad de los demás. La democracia del S.XXI no se evaluará por la libertad en el ejercicio del voto o en la pulcritud de su escrutinio, sino por la convivencia dinámica de las identidades diferentes.