Tengo la vaga esperanza de que alguna vez sorprenda el sometimiento y la aceptación de la servidumbre que hoy hemos aprendido a asumir, la permeabilidad impensable a los contenidos de la superstición y el prejuicio con marbete de “Ciencia”, la deliberada debilidad con la que consentimos la manipulación mediática y ministerial. La impostura tiene una forma compleja y cuenta con medios de una potencia extraordinaria, agentes tentaculares y difusos que alcanzan el interior de nuestra piel y dictan cuál ha de ser la forma recta de nuestra consciencia y la inclinación turbia de nuestra inconsciencia.
La idea revolucionaria de una todopoderosa educación capaz de erigir al hombre de nueva planta, de hacer de la nada al hombre nuevo, se ejecuta hoy ante nuestros ojos. Partiendo del dogma de una completa ausencia de naturaleza o de condición, se proyecta sobre la materia infinitamente plástica del ser humano, una forma definida. Es la forma del ciudadano tolerante y liberal, de sonrisa pánfila, que no encuentra resistencia severa a nada, porque nada en su voluntad se opone al designio que lo configura.
De hecho, contra el pesimismo profundo que me tiene tomado – efectos cáusticos del estudio y de la vida – veo aletear en mi perspectiva la mariposa fugaz de la alegría. En el paisaje ceniciento encuentro alguna vez ocasión para la esperanza. Una vez en la forma de algunos indignados y valientes que se exponen en la defensa de sus ideas, en unos tiempos en que la defensa articulada de cualquier posición se arriesga a la incomprensión y el castigo. No sólo, ni principalmente, por el contenido defendido, sino por la forma ordenada y coherente con la que se esgrime. A tanto ha llegado la pérdida de toda formación real por parte de la juventud escolarizada. “La decadencia del lenguaje no es tanto una enfermedad cuanto un síntoma. Se estanca el agua de la vida. La palabra tiene todavía significación, pero no sentido. Es cada vez más desplazada por las cifras. Es incapaz de poesía, ineficaz para la oración. Los placeres groseros sustituyen a los del espíritu” (Ernst Jünger) Y, sin embargo, quedan personas que asumen con coraje las etiquetas como dardos envenenados, que arrostran ultrajes, y miran a los ojos iracundos y febriles de unos antagonistas que apenas balbucean, pero odian furiosamente.
Pero también, alguna vez, entre los jóvenes sometidos a escolarización forzosa, entre los viejos perdidos en festivales de segunda infancia o, en general, entre los abrumados por el incesante bombardeo publicitario hay quien reacciona con gesto de hartazgo buscando una orientación de la que, triste constatación, apenas queda rastro. Pero esa reacción es todavía el signo de una common decency (Orwell) cuyos fundamentos antropológicos, aunque arruinados, son todavía visibles sobre el desierto que avanza. Mi reconocimiento no les evitará el acoso y el escarnio, ellos son, en cualquier caso, el último fundamento de la esperanza. No son muchos y están dispersos en las brechas más inverosímiles del cuerpo social. Siempre han sido pocos los que, tras el uniforme, supieron conservar una libertad real manifiesta en su lenguaje.
Se elevarán agencias de la verdad y se imprimirán consignas, se definirán los fundamentos de una realidad ajustada al esquema dominante, se elevará una voz impostada y teatral que señalará los límites de lo decible y lo indecible. La Guardia Roja del Capital y del Progreso investirá una verdad de oropel y dirá – con el eco de muchos – la única palabra.
Pero pudiera habitar entre nosotros un número suficiente de personas soberanas, capaces de señalar el disfraz y a la figura contrahecha de su portador, despertando una risa cuyo poder se acrecienta cuando se contiene o se reprime. Es mucho el miedo del dominador que sabe que, de abrirse un hilo de comunicación real entre ese escaso número, la vieja condición antropológica podría reanimarse y acaso alzarse una vez más contra el poder insustancial de un dominio sin autoridad.
Ahora se multiplicarán los funcionarios de la verdad, los inspectores de la ortodoxia, los intérpretes acreditados de la realidad, pero veo crecer la lengua de fuego que incendie como papel viejo sus repugnantes guías de estilo, sus manuales de identidad corporativa, sus breviarios de corrección sin otro fundamento que un poder que se sabe impotente. De ahí su nerviosa necesidad de establecer las coordenadas del pensamiento posible. Demuestra poca confianza en la competencia de una ciudadanía que, al parecer y tras años de escolarización obligatoria, depende de la tutela política para reconocer la verdad allá donde se presente. La educación no parece haber alcanzado sus objetivos expresos. Es su fracaso – aunque resulte paradójico – lo que explica que algunos sigan conservando, bajo las vestiduras del nuevo orden, su pesada osamenta de personas cargadas de formas: costumbres, tradiciones, ceremonias… Es hermoso contemplarlos cuando alguna vez – todavía – elevan la voz y toman la palabra.