Opinión

La política, como mercancía transétnica

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 13 de noviembre de 2020

Nos encontramos en la Bética ibera del siglo IV a. C. magistraturas con nombres de magistraturas célticas, probablemente por la cercanía de la Beturia. Tal es el caso de “Karsuritu”, algo así como el encargado del paso o camino de carros. Ya desde entonces es normal que nuestro vocabulario político sea un “melting pot” del que cualquier diccionario de términos políticos, por básico que sea, demostraría que sus orígenes responden a bastantes civilizaciones. Democracia, monarquía, diarquía, timocracia, oligarquía, aristocracia, tiranía, plutocracia, arcontado, déspota, etc. todo el mundo sabe que son griegos. República, magistrado, dictador, cónsul, pretor, edil, censor, tribuno, consenso, senado, comicios, etc. todo el mundo sabe que son romanos. Burgos podridos, voto cautivo, aborigen, democracia representativa, cooperativismo, Budget, Parlamento, carta de derechos, disablismo, briefing, implementar, revivals, out, shopping center, Smart cities, renting, stock-options, etc. todo el mundo sabe que pertenecen a la cultura anglosajona. Apartheid todo el mundo sabe que es vocablo neerlandés. Control, ideología, intelligence, autogestión, clases sociales, colectivismo, gauchismo, libertad indivisible, soberanía, filibusterismo o gabinete son conceptos que vienen de la cultura francesa. Grosse Koalition, alienación, criticismo son conceptos germánicos. Totalitario, policentrismo, ultramontano, aggiornamento, sorpasso y fascismo son voces italianas. Guerrilla, cacique y liberal son términos genuinamente españoles. Intelligentsia es voz polaca. Estajanovismo, sábados comunistas, Gosplan, nomenklatura, intelectual orgánico, Cheka, Gulag, apparátchik, Komintern, Kominform son vocablos de la Rusia soviética. El concepto de contradicción más famoso es chino. Cosificación del húngaro György Lukács. Alcalde, cabila, diván, emir, intifada, muyahidín, taifa, valí, visir o yihad son términos políticos del árabe. Pachá, kiosko, valilik, bey, horda, sultán son términos políticos del turco. Los norteamericanos adoptaron el término “Caucus” de la nación india algonquina para designar a las asambleas de los partidos que eligen al candidato presidencial, y también crearon fórmulas muy expresivas, como “pato cojo”, el momento precisamente que hoy vive la presidencia de los EEUU, y las universales “puertas giratorias”. Política bananera es una expresión cubana. Kale borroca una expresión del euskera. La India, a través de su líder Mahatma Gandhi, dio al mundo el término “satyagraha”, método con el que desobedecer pacíficamente las órdenes injustas de la autoridad. Brasil acuñó el teratológico término de “empoderamiento”, que tanto éxito ha tenido entre la progresía internacional. Organizaciones no gubernamentales de carácter apátrida también enriquecen el vocabulario político con compuestos del tipo dvandva, como “informe sombra”.

Creemos que ya son suficientes ejemplos para concluir que el vocabulario político constituye una lengua internacional, constituida por la inventiva política de prácticamente todos los pueblos, que la habla casi como jerigonza “la clase política”; esto es, la populosa tribu de los políticos, tan uniforme en sus usos como la tribu de Leví. El vocabulario político hace de la lengua de los políticos, efectivamente, un argot o jerga internacionales, que atraviesa todas las fronteras, perfectamente parangonable, con perdón – sólo hablamos del lenguaje y no de la moralidad de sus usuarios -, con las jergas de los maleantes o la del hampa, que tienen también proyección y vocación internacionales. En esta jerga destaca la función del lenguaje apelativa, por seguir la Teoría del Lenguaje del inmortal Bühler, y, según, el momento y el destinatario del mensaje, adopta las características de las jergas o argots ( es decir, cuando se recurre a lo críptico y especialmente lo ambiguo ) o las características de los lenguajes científico-técnicos, monosémicos ( cuando se tratan de aspectos puramente profesionales, propios del amplio espectro que abarca la política ). Cualquier miembro de la especie humana político reconoce a otro de las antípodas ya sólo por el comienzo de la frase. Todos hablan ya la misma lengua, con el terrible peligro de que todos tengan ya también las mismas ideas.

Hubo épocas en que la lengua de la política en el mundo de la Historia era una lengua franca, pero natural, como el griego, el latín, el español, el francés o últimamente el inglés, pero con la universalización de la pomposa ideología socialdemócrata se ha impuesto un léxico político cuasirreligioso, litúrgico, como de hermanos de logia, del que también participa la derecha entregada, devota y desnuda a la religión universal de Soros, que prácticamente ya es la única fuente que remoza algo la jerga universal de la política. Hace sólo cuarenta años la política tenía tantos lenguajes como ideologías; ahora no, ahora el triunfo cultural de la socialdemocracia ha hecho que se produzca una homogeneización en el lenguaje político actual, en donde las antiguas ideologías han perdido sus palabras. Hoy se impone un discurso perifrástico, altisonante y con aire pseudotécnico cuando habla el gobierno. Y ello entraña una aporía que no había previsto ni el mismo Quintiliano: ¿cómo conseguir el carácter polémico, propio del discurso político, cuando todos hablan la misma lengua ideológica?

Ese “melting pot” que es la jerga política coadyuva también a quebrar las gramáticas nacionales. Así, la sintaxis del español es despedazada sin compasión por nuestros políticos todos los días. Los extranjerismos, especialmente anglicismos, galicismos y modismos americanos son constantes: a la vista de, a nivel de, acuerdo razonable, al día de hoy, aparentemente, calificar como, considerar, contemplar, de acuerdo a, en base a, en positivo, en términos de, impacto, es por eso que, jugar un papel, poner el acento, por contra, remarcar, si ustedes me lo permiten, medidas a adoptar…son sólo unas cuantas monstruosidades, que sin duda corrompen cualquier pensamiento recto.

Nunca antes la jerga de la política había disfrazado tan bien lo feo de bonito o neutro, lo fácil de complicado, la vacuidad de palabrería y lo concreto de vaguedades.

Protejamos las palabras rotundas de nuestras ideas políticas o nos quedaremos sin ideas.