Si mañana fuera 28 de diciembre, siguiendo una vieja tradición periodística, yo titularía el periódico así: Acuerdo entre Pedro Sánchez, Vox y Ciudadanos. Como en todas las inocentadas, una mitad de posible verdad y una mitad de imaginación.
Pedro Sánchez afirmó de forma solemne en cinco ocasiones que no pactaría con los herederos de Eta y que Bildu, partido representado democráticamente en el Congreso de los Diputados, carecía de las connotaciones que permitían negociar con él.
Naturalmente, en cuanto le ha hecho falta ha cambiado su posición y hoy Bildu es un partido con el que se puede y se debe negociar. Pablo Iglesias no engaña a nadie. Pedro Sánchez, sí. El líder podemita ha ganado una vez más la partida en el Gobierno y ha hecho comprender a Pedro Sánchez que lo más confortable para su posición de permanecer en el poder es mantener la votación de legislatura.
Y no es que el sanchismo no esté dispuesto a modificar esa posición, sino que en estos momentos no le conviene. Es más cómodo, y sobre todo más seguro, la alianza con los separatistas catalanes y con los herederos del terrorismo etarra.
Pablo Casado ha denunciado la situación de forma inequívoca. Inés Arrimadas ha situado al presidente del Gobierno en la disyuntiva de elegir a los herederos de Eta que a un partido de centro-centro, en definitiva, que es Ciudadanos.
La opinión pública no está ya perpleja. Se espera cualquier cosa de la política sanchista, que está ofendiendo, además de manera muy grave, a amplios sectores del propio Partido Socialista Obrero Español. Algunos barones actuales lo han expresado de forma explícita. Y la estupefacción domina a muchos de los que engrandecieron el Partido Socialista en la dilatada etapa de Felipe González como líder y presidente del Gobierno.
Conviene, en fin, no engañarse. Pedro Sánchez es una lapa pegada a la roca del poder y su política resulta fácilmente explicable si se parte de la base de que hará todo lo que sea necesario para mantenerse apoltronado en la silla curul de Moncloa.