Resulta difícil precisar con un sistema de signos ciertas sensaciones inefables, a las cuales tenemos acceso como por una voluntad suprema, inasequible no a nuestras oraciones, sino a nuestros propios designios, que no son del todo nuestros. En una tarde y a lo largo del espacio de una hora de reloj, mi alma pecadora y cenicienta recibe el cariño y las llamadas de unos seres dadivosos, cuyas ánimas no ceden al simple ánimus ordinario y consustancial a la mayoría de las personas, a nuestra mayoría cuantitativa y minoría cualitativa, pues la persona es un préstamo del latín que significa «máscara»: y una vez quitada la máscara y puesto a prueba el carnaval de tipologías, queda la beatífica conmoción (no es un oxímoron esto) de los espíritus dialécticos, en franca conversación que trasciende todas las barreras de un mero diálogo tecnificado, conversación que versa acerca del centro de la trascendencia de lo humano en medio del ojo de huracán del mundo tendinoso, tensionado, sin epojés ni reducciones eidéticas. Entonces, toda una alquimia de bondad contradice los postulados del Mal que Kierkegaard denominó, ya eternamente, «delectación para con la maldad». Diego, Lucía, Pelayo, Pilar; Pelayo, Pilar, Diego y Lucía, así como otras entidades brillantes en mi corazón, orgullo balsámico de mi vesania tantas veces malquistada y malencarada, hablan con lenguas que no son de este mundo, que tienen en el dulce azogamiento sensorial que me cautiva (Rimbaud hablaba de mil palomares que hacían en su corazón mil dulces quemaduras) una forma de conmovernos, de hacernos mejores, desde sus razones plenarias de cariño, de razón y de búsqueda, como si ellos estuviesen también impactados por el tránsito «en la selva oscura» del primer canto de Dante, y buscasen una salida ante las infatuaciones ajenas, ante las aporías de la conciencia transitiva que a todos nos pone entre el clavel y la espada...
Hago memoria; hago memoria y detecto que el bien que se me hace actúa en mí como un filtro, como una substancia maravillosa que me insta a una corresponsabilidad, guiando mis pasos entre el tráfago y entre las sensaciones preconcebidas y desconfiadas de mi talante, tantas veces huidizo y desconfiado por simple pero definitiva razón y experiencia existencial. Nos colocamos a distancia prudencial, en este tiempo de pandemia, y apuramos los minutos en los cuales nuestras intensidades de conciencia disminuyen por unos instantes, disfrutando de extrañas alianzas nunca sotúrneas, siempre por derecho y por decoro en la mayoría de las entrevistas que mantenemos, si no en todas. La tarde es propicia para un encuentro que tiene algo de ígneo, de terroso, de aéreo y de acuático, y ellos son para mí la quinta columna, la esencia quinta, el quinto elemento por el cual (sólo por ello, y nada menos que por todo ello) debo cuidar el ethos y morigerar el pathos. Al momento de transcribir estas líneas, siento que mi cuerpo se desdobla en cuerpo etérico, o que lo hará cuando la tarde decline hasta nueva orden, y encuentro en todo esto una voluntad que es como el título de un cómic que leí hace mucho tiempo, «como un guante de seda forjado en hierro». Ah, son todos ellos fautores de mis aciertos y disculpadores de mis errores, y dicen que por nuestra familia vivimos, pero que gracias a nuestros amigos es por lo que, de algún modo, sobrevivimos...
Así pues, especularmente soy colocado en una situación que supera ampliamente las expectativas de la mente reptiliana, que apela a algo aún más heterogéneo que el neocórtex y definitivamente más ancestral: si el cuerpo y el alma hacen del ser humano una cartesiana dupla maquinal, no es menos cierto que a veces el cuerpo y el alma se separan en un instante de sentido rebosante, aunque parezca doler. Es ésa la inspiración que ha sido el hipocausto y la razón más pura de tantos eternos cantores; es ése el peligro y la cifra, pero también la vislumbre de un mundo más exigente que éste, a la vez más extático y salvaje que el que habitamos (sí, puede ser, pero también fáustico y donoso, apolíneo de cítara frente a los serruchos y serrallos de Dionisos) y ahora sabemos por transmigración lo que antes tan sólo entrevimos. Ahora sabemos que la solidaridad humana actúa más allá de nuestra voluntad, que somos co-rregidos por nuestro bien en la selva oscura de la existencia, y que tal y como dijo William Blake ad aeternum, el progreso se fundamenta y se fija en la lucha de contrarios, sin los cuales no hay progreso. Dicho lo cual, que los semejantes hallen su morada con los semejantes, pues tal beneficiencia es lo que hace tolerable el matrimonio del Cielo y del Infierno. Y vosotros ocupáis un sitial preponderante en mi corazón, errático pero agradecido, y todo el mérito es vuestro, no mío. En vosotros, queridos amigos, tiene su base y fundamento toda esta historia...