Opinión

De vómitos y falacias

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 19 de noviembre de 2020

El vómito es una respuesta refleja, pero está construida o condicionada culturalmente. Un individuo saliva con fruición donde otro siente una convulsión que le vacía el estómago. El mismo producto que para unos es alimento, para otros es basura. Es un lugar común, minuciosamente defendido a lo largo de los últimos siglos, que ese vómito no resulta de un contenido objetivo, sino de la constitución subjetiva de cada cual.

En efecto, nada hay menos cuestionado que la validez de ese argumento, del que se concluye el carácter subjetivo de los valores, y que pretende denunciar la llamada “falacia naturalista”. En nuestro razonamiento no podríamos pasar del indicativo al imperativo o del ser al deber ser, porque las cosas simplemente son y nosotros las estimamos o desestimamos. El juicio de valor nace del sujeto, nada adecuado a ese valor puede encontrarse en el objeto, en suma: las cosas son, no valen. Sin embargo y pese al dominio que sobre la opinión ejerce esta pretendida crítica demoledora, no es difícil desvelar el carácter falaz de semejante falacia naturalista. En efecto, aunque haya un cierto campo de variación en cuestiones de vómito, también es cierto que existe el veneno.

Desentrañar el error de esa argumentación es orientarse contra uno de los puntales intocables del mundo moderno. Fundamento indiscutible del relativismo que – so pretexto de tolerancia – nos tiene tomados. Me parece evidente, sin embargo, que se esconde una falacia en esa denuncia de la presunta falacia naturalista. Basta con constatar que una silla que no sirve, quiero decir que no vale para sentarse, simplemente no es en absoluto una silla – aunque lo parezca - o es, al menos, una silla rota. Se distinguirá acaso entre el sentido funcional del valor y el sentido moral de los valores de la axiología. Pero esa distinción es ininteligible, si conduce a la separación entre ambos. Diría que sólo porque se nos ha oscurecido profundamente la comprensión del señor al que sirven funcionalmente las cosas, hemos perdido el sentido de su valor real: no sabemos ya a quién sirven las cosas, somos incapaces por ello de reconocer su valor. Si supiéramos qué es un ser humano no tendríamos duda alguna a la hora de reconocer el valor de las cosas y los actos. Pero se nos dice, desde hace siglos, que el hombre carece de constitución o de naturaleza, que carece incluso de la más frágil condición, y, sin el referente del valor de las cosas, las cosas mismas pierden su valor.

No debiera sorprendernos, por tanto, la metamorfosis del asesino en hombre de paz, del traidor en héroe nacional, del mal en bien o viceversa. Es cuestión de perspectiva y nada hay más cambiante que el enfoque. Basta con que se nos enseñe a ver las cosas desde el ángulo oportuno y descubriremos que nada es, todo parece, y lo que nos pareció mal puede al poco parecernos bien. A efectos de definir el enfoque oportuno en cada caso contamos hoy con medios asombrosos: la educación, los medios de comunicación, las tecnologías de la información. Nos ponen a todos a mirar en la dirección oportuna, según el oportunista que los gobierna y que, a través de ellos, nos gobierna a todos. Uno no es de izquierda o derecha, simplemente escucha una u otra emisora, ve – sin conciencia del riesgo – uno u otro canal de televisión, lee unos u otros periódicos. Su audiencia o su videncia define su enfoque y estima o desestima en sintonía con la cadena que sintoniza.

Una impúdica ley va a determinar qué enfoque puede o no puede adoptarse en el periodismo, como otra ley impúdica definió la verdadera perspectiva desde la que abordar la historia. Leyes de la verdad y de la memoria que nos anunciaron hace mucho tiempo las víctimas más sutiles de un politicismo integral que, como es sabido, cursa a través de cualquier forma política. La Razón de Estado es el contenido último del fascidemobolchevismo, según la fórmula de Roy Campbell: Las formas estatales son para él como las delgadas películas de piel, que van excoriándose una tras otra. El Estado en cuanto tal, por encima de las transformaciones, y más aún, causante de ellas; ésta es la gran realidad…” (Ernst Jünger).

El vómito está configurado culturalmente, decía, pero más allá de ciertos parámetros todos vomitamos por igual si ingerimos ciertas substancias. Es mucho lo que el mundo está tragándose, pero empiezan a aparecer evidentes convulsiones. Lo que embaulamos en España sólo puede matarnos, si no es que estamos muertos. Aunque pudiera suceder todavía que lo escupiéramos. Esa reacción – natural o cultural es, en este caso, lo de menos – podría salvarnos la vida, pero para ello será preciso un enorme esfuerzo y especialmente un esfuerzo teórico al que no estamos acostumbrados. Sócrates quería que el efecto más profundo de la filosofía consistiera en una honda corrección de la mirada (nous).

Nótese que no pretendía simplemente cambiar su dirección, modificando el “enfoque”, sino corregirla para situarla en dirección a la verdad. Hay que empezar a juzgar correctamente, según el valor real de las cosas.