Opinión

¿Hay increyentes de buena fe?

TRIBUNA

José María Méndez | Domingo 29 de noviembre de 2020

Por increyente de buena fe entiendo el que dice yo no creo que Jesús de Nazareth fuese Dios hecho hombre en este mundo, porque no me da la gana. Y sólo por eso.

Es decir, creer o no en la divinidad de Jesucristo es algo que está en el plano de la voluntad, del libre albedrío. Y sólo en él. Se trata de una pura decisión de la libertad. Por tanto, en este tema no hay nada racional o intelectual que sea decisivo, o a lo que haya de someterse la voluntad. Sobran las explicaciones, las razones, los argumentos. Tanto para el que cree en Jesús como Dios encarnado, como para el que no cree. Obviamente, el tema está por encima de las capacidades racionales del ser humano, lo mismo en sentido positivo que negativo. Nadie puede probar que Jesucristo fue Dios presente en este mundo. Y nadie puede probar apodícticamente que no lo fue.

Si un matemático tiene toda la información necesaria para dar con la solución exacta a un problema, no es libre para no admitirla. Con menos intensidad, la situación se repite en otras áreas del conocimiento. El margen de la libertad para elegir se restringe en la medida en que aumenta la información racional. Sin embargo, en el tema concreto de la divinidad de Jesucristo, por mucho que aumente la información disponible, siempre estamos como al principio, nuestra libertad está intacta para decidir o no.

En la práctica, más que lo estrictamente racional aquí cuentan las experiencias psíquicas, el ambiente familiar en la niñez, la educación recibida en la adolescencia, las amistades, los contactos con otras personas o grupos, los libros leídos u opiniones escuchadas, la huella dejada por el cúmulo de nuestras vivencias, etc. Todo eso genera sentimientos, sin duda muy hondos, que predisponen en un sentido u otro. Pero tampoco empujan necesariamente a la voluntad, capaz de imponerse a todos los impulsos causales, dado que es inseparable del primer operador lógico, el afirmador-negador.

En lo que a mí se refiere, he dejado un testimonio de la experiencia de darme cuenta de que la formalización de la lógica supone nada menos que la vieja Trinidad cristiana -Padre, Hijo, Espíritu Santo- reaparece en los tres conceptos básicos de la moderna filosofía de los valores: Ipsum Esse, Ipsa Veritas, Ipsum Pulchrum. (Cfr. La Trinidad axiológica. El Imparcial 05/07/20).

Pero en todo caso, lo decisivo en este tema es que la voluntad tiene siempre la última palabra. Al final se impone por encima de todos los sentimientos y experiencias, y por supuesto de toda la información racional. Tanto el creer como el no creer en la divinidad de Jesucristo son voliciones, actos de la voluntad al margen de los razonamientos, y también al margen de los sentimientos.

Así pues, la intervención del entendimiento, razón, inteligencia, argumentación, poder pensante, o como queramos llamarlo, debiera ser excluida de raíz. No se puede demostrar que Jesús de Nazareth es Dios. Como tampoco se puede demostrar que no lo es. Simplemente, se cree o no se cree. En eso consiste la buena o mala fe en este tema.

Los creyentes de buena fe son la gran mayoría. Su misma falta de formación intelectual les protege. Ni siquiera serían capaces de razonar con un mínimo de rigor lógico. Su ignorancia les resulta saludable. Creen en Jesús como Dios encarnado con toda sencillez, como niños, de buena fe. Porque les da la gana, y sólo por eso.

Se ha hablado de fides quaerens intellectum. Pero hay una trampa escondida en esta frase. Un hallazgo racional favorable nos da una gran alegría, como yo mismo experimenté. Pero la convicción del que ya cree en absoluto aumenta por eso; ni siquiera en un milímetro. Como mucho, se trata de un motivo de credibilidad, como antes se decía. Algo que se agradece si llega, pero no se echa de menos si no llega.

Sin duda entre increyentes incultos los hay también de buena fe. Pero aquí estamos pensando sobre todo en los increyentes cultos, los intelectuales que no creen. Y entonces la buena fe es muy rara. Es muy fácil caer en la tentación de reintroducir de matute en esta cuestión el aspecto racional o lógico. Se intenta dar explicaciones o argumentos. Se sospecha que es posible razonar que Jesús no fue Dios. En realidad, se trata más bien de racionalizar una postura previa en el sentido peyorativo que los psiquiatras dan a la palabra racionalizar. Siempre hay algo de enfermizo o patológico en esa actitud. No es sana, sencilla y limpia, como la del creyente o increyente de buena fe, que cree o no cree, porque le da la gana, y sólo por eso.

En efecto, en un increyente culto y de buena fe, si lo hubiera, nunca encontraríamos rastro alguno de hostilidad, malestar, incomodidad o intolerancia respecto a los creyentes de buena fe. Les respetaría como espera ser respetado por ellos.

En cambio, cuando descubrimos entre los intelectuales no creyentes las huellas de la agresividad, el malestar o el resentimiento contra los que creen, está clara la presencia de la enfermiza mala fe. Se pretende que lo racional entre en escena. Se intenta demostrar que Jesús de Nazareth no pudo ser Dios por esto o por aquello, da igual la razón esgrimida. Falta la elegancia, el señorío, el vacío de todo resquemor hostil o resentido, la ausencia de turbios prejuicios, que descubriríamos en seguida en el teórico increyente de buena fe.

El problema está obviamente en que es muy difícil, por no decir imposible, encontrar un intelectual increyente de buena fe. Quizá Renán se acercara algo a ese ideal. Mostró sincera simpatía por la figura humana de Jesús. O al menos afirmaba que la sentía. Aunque luego le negara su divinidad apelando también a razones más o menos forzadas. Cuando un intelectual no cree, es casi imposible para él renunciar a la tentación de reintroducir de matute el aspecto racional o intelectual en este tema, o sea, caer en la mala fe.

Estas observaciones me han sido sugeridas por la lectura de un extenso manuscrito que me ha hecho llegar José Antonio Sanchidrián Huergo. Espero que pronto se convierta en un libro y se publique.

Ofrece información extensa sobre las obras de los más recientes increyentes de mala fe, como parecen ser John P. Meier, James Dunn, o entre nosotros Fernando Bermejo, Antonio Piñero y Gonzalo Puente Ojea. Se ve que no ha cambiado básicamente nada respecto a lo que, en tiempos ya lejanos, sostuvieron Hermann Reimarus o David Strauss.

Todo aquel que intenta dar razones o explicaciones de por qué niega la divinidad de Jesucristo está renunciando ipso facto al limpio y saludable ideal del increyente de buena fe, que definimos al principio. El tufillo del resentimiento, la hostilidad o el prejuicio sigue siendo percibido por el que tiene buena nariz, como parece ser la de José Antonio Sanchidrián Huergo.