Opinión

Bilbao

Juan José Solozábal | Jueves 28 de agosto de 2008
Hoy martes de la Aste Nagusia he quedado a comer con dos conspicuos bilbaínos en la calle Diputación. Uno es quizás el más brillante comentarista político de nuestros periódicos, un jurista versátil y agudo que traspasa con mucho el ámbito concreto de su actividad profesional. Bromeando le recuerdo la especialización mercantil de algún gran sociólogo o constitucionalista de nuestro tiempo comenzando por Max Weber, pero también podía ser el caso de Jesús Rubio o Javier Conde. Después de todo la sociedad por acciones, como estructura institucional, ha prefigurado la comunidad política democrática, y en los estatutos societarios pueden aprenderse técnicas bien útiles en el derecho parlamentario.

El otro amigo tiene también su dependencia marítima, en lo lúdico, de la que le gusta blasonar. Siempre he creído que ha sido el mejor candidato a lehendakari no nacionalista en que pudimos pensar, incomprensiblemente desaprovechado, pero, antes de nada, lo considero un conocedor extraordinario del antiguo régimen vasco, especialmente de la configuración institucional durante el mismo de Vizcaya.
Estamos cerca de la Biblioteca donde tantas horas felices trascurrieron para mí repasando la historia reciente vizcaína, los años de la fundación del nacionalismo vasco. A unos cientos de metros, en la otra orilla de la ría se encuentra asimismo la Biblioteca Municipal, preciosa, de Bidebarrieta donde consultaba especialmente memorias sobre la situación social del despegue industrial vasco. Duros años de lucha sindical y en los que las condiciones de vida del proletariado, sin otra cobertura muchas veces que la que procuraba la beneficencia municipal, resultaban casi irrespirables. La estadística servida por dignos funcionarios del Ayuntamiento aportaba datos sobre la salubridad, ocupación y otros extremos de los barrios obreros de Bilbao. Sin la atención a este contexto social, como dimensión humana del industrialismo, no es posible entender ni el surgimiento del nacionalismo vasco, ni la importancia en el socialismo español del vizcaíno.

La imbricación española del movimiento obrero vizcaíno no hacía sino confirmar la relevancia económica y política del País en la España de la Restauración y la importancia para el desarrollo vasco de la política proteccionista de los gobiernos de la época. Sólo una bibliografía desnortada ha podido descuidar la solvencia de la base que como viera Vicens Vives, el acuerdo de ferreteros vascos, cerealistas castellanos y textiles catalanes suministraba al Estado de nuestra Restauración.

¿Qué hay en el horizonte, nos preguntamos durante el almuerzo? Ciertamente un menor protagonismo vasco en la escena política, que lamentamos, con unos actores de menor relieve que las figuras socialistas de la transición y el tiempo de Felipe González, aunque no sea de despreciar la presencia vasca en algún sector como es la comunicación. En el País, por su parte, se constata un indudable cansancio ante el peso de una política introspectiva, liderada por el sector más autista del nacionalismo, al que no pertenece ciertamente Azcuna, cuyo coste se presenta excesivo. Muchos piensan con alivio en la superación de la época Ibarretxe. Tiempos quizás de recuperación, de vuelta a la mejor tradición, hegemonizada por lo que Bilbao representa en la vida política vasca.

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