Alberto Míguez | Jueves 28 de agosto de 2008
Concluidos los que fueron los juegos olímpicos chinos ha llegado seguramente el momento del balance.
De pronto estos días han servido para aclarar algo que antes de iniciarse ya se había susurrado: la designación de Pekín, ¿por qué Beijing? Ni el momento ni el país eran los mejores para la celebración del acontecimiento dadas las características políticas y sociales de la nación de la que pueden decirse muchas cosas salvo que sea ahora -no lo fue en el pasado- la patria de las libertades.
Desde el principio se sospechó las restricciones que tanto los medios internacionales como de los propios periodistas iban a experimentar: censura, control vigilancia, etc.
China no es un país liberal, todo el mundo lo sabe. Ni en los Juegos se hizo el más mínimo esfuerzo para aparecer como tal. Aunque solamente fuera el control ejercido por las autoridades en la libertad de movimientos o en el acceso a Internet fue suficiente para entender que en las sociedades abiertas (y en China existen ciertos ejercicios que no pueden hacerse, o si se hacen, se paga prenda).
Aunque la inmensa mayoría de los periodistas allí destacados advirtieron desde el principio sobre los controles y censuras, lo cierto es que curiosamente el control no trascendió a los medios internacionales de comunicación. Una paradoja más.
La imagen de un país ordenancista y disciplinado con permanentes y mantenidos controles contrastó con la idea, sin duda inteligente, de una gran potencia que necesita al ejército y la policía para imponer el orden o al menos cierto tipo de orden.
Con vistas al mundo mundial o a la aldea planetaria, estos Juegos concluyen con una imagen estricta y bien organizada pero no habrán servido para acreditar la importancia mundial de la gran potencia.
No cabe duda que globalmente el ejercicio fue positivo porque demostró entre otras cosas la fuerza y el futuro del gran país. Lo que en modo alguno habrá servido sin embargo para probar la importancia del ejercicio deportivo y la excelente oportunidad no perdida de un país en marcha, un gobierno astuto y una clase política que conoce y controla como nadie los resortes del poder y de la dictadura. Y en ese sentido cabe reconocer que la dictadura china habrá mostrado ante el mundo una imagen ambigua.
Si en el futuro algún otro país -algo poco probable-intentase poner en marcha un acontecimiento de estas características tendría la oportunidad de enfrentarse a realidades tercas e irreversibles. En China la dictadura ha mostrado su verdadero rostro y probablemente pocos a lo largo del universo mundi lo captaron. Claro que una experiencia como la recién celebrada traía consigo una serie de imperativos a los que nadie renunció en la propia China. Los países participantes sabían también que a lo largo de estas semanas los problemas de la libertad de expresión iban a verse sin ambages. Desde el principio esta realidad era de todos conocida. Sólo los pánfilos o los ingenuos pudieron olvidar en un momento dado que el imperio del medio tenía cortapisas y controles.
Concluida la experiencia debería servir a los países del Tercer Mundo como advertencia a navegantes aunque finalmente, ¿qué importancia tenía para países tales? Los chinos han mostrado al mundo que son una gran potencia y que pese a las limitaciones de su vida política y social el espectáculo como tal fue fascinante, inteligente y bello. Pese a las limitaciones no me pareció pecata menor.
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