En su breve y muy sincero libro PERDÓN (Ideas y Libros Ediciones, Madrid 2020) Javier Barraca confiesa con todo detalle un incidente de su adolescencia, en sí mismo sin especial relevancia, pero que pesa sobre su conciencia. Le duele hasta el punto de no haberlo olvidado después de muchos años. Y afirma que no se lo ha perdonado a sí mismo.
La expresión perdonarse a sí mismo no puede entenderse a la letra. El verbo perdonar exige alteridad. Sólo se puede perdonar a otra persona. Nadie puede perdonarse a sí mismo. Lo que denota esa expresión es justo lo que dice Javier Barraca, que no ha olvidado lo que sucedió y todavía le remuerde en la conciencia.
Con todo, la anterior observación invita a discurrir sobre el perdón humano y el perdón divino.
El perdón humano consiste en la renuncia a toda reclamación por la ofensa recibida. Se renuncia a la venganza, al desquite, o a la devolución del dinero, si se trata de una deuda impagada. En el mejor de los casos, el perdón humano no sólo renuncia a toda restitución o indemnización, sino que incluso llega a olvidar. La frase corriente perdono pero no olvido denota un perdón humano que puede llegar a ser mejor.
Lo que no puede hacer el perdón humano, incluso si llega al olvido, es borrar el pasado. Aunque la ofensa o la deuda impagada no corran riesgo de reclamación alguna, sin embargo están ahí, en el pasado, como un hecho que ocurrió en la historia, incluso aunque nadie se acuerde ya de él. Lo único que los humanos podemos modificar es el presente, no el pasado.
Bien lo vemos en la estupidez de los políticos, que intentan cambiar el pasado, la famosa y tristemente actual memoria histórica. Sólo consiguen engañar a algunos ingenuos o incautos. La realidad como tal fue la que fue, incluso aunque el engaño tenga tanto éxito, que se convierta en opinión pública aceptada por la mayoría. Por fortuna, siempre habrá historiadores honrados e imparciales, que rescatarán la verdad de lo que ocurrió de hecho.
Lo que distingue radicalmente el perdón divino del perdón humano es que el primero borra el pasado. Devuelve la inocencia. Deja al arrepentido como si nunca hubiera hecho lo que hizo. Siempre se ha entendido así en el Sacramento de la Penitencia de la Iglesia Católica. Dios aniquila literalmente el pasado. Lo mismo que es capaz de crear el ser a partir de la nada, puede anular lo existente, reducirlo a la nada. Nunca existió el pecado, una vez que Dios lo ha perdonado.
Comprender esta desaparición del ser en la nada es para nosotros algo imposible de digerir mentalmente. Vivimos en el tiempo, y el pasado ya no está en nuestras manos. Lo más que podemos entender es que se borre de un expediente la cláusula acusatoria. Pero el hecho culpable como tal no desaparece de la historia. Ni siquiera la cláusula, mientras estuvo escrita. No podemos imaginar nada fuera del tiempo, en el cual estamos inmersos y es nuestro marco de referencia para todo lo que ocurre.
Sin embargo, Dios no está sujeto al tiempo. No necesita un reloj para saber qué hora es. En cambio, nuestro tiempo empezó en el Big Bang. Forma parte de la Creación. Ahí está el vértice del cono de luz que describen los físicos, y que abarca y abarcará todo lo que ocurre y ocurrirá en nuestro cosmos.
En la materia inerte, todo está relacionado con todo. Por eso se explica la no-localidad descubierta por la física cuántica, y que tanto trabajo le costaba admitir a Einstein. Por eso también se entiende el llamado efecto mariposa. El tremendo y devastador temporal empezó con el batir de las alas de una mariposa.
Nosotros también estamos dentro de ese cono de luz. Por eso el pasado nos parece inmodificable. Pero Dios no está sujeto al tiempo que empezó en el Big Bang.
Ya Boecio se dio cuenta de que el antónimo del adjetivo temporal es eterno. Temporal es lo sucesivo. Para que empiece el minuto siguiente, tiene que haber terminado el minuto anterior. No podemos vivir los dos minutos a la vez. En cambio, la esencia de la eternidad está justo en el tota simul, todo a la vez Para Dios todo es presente. El pasado está en sus manos del mismo modo que el presente está en las nuestras. Dios puede modificar el pasado lo mismo que nosotros podemos modificar el presente.
Así pues, no se trata sólo de que algo dejó de existir, pero el tiempo sigue corriendo. Seguimos manteniendo el tiempo como marco de referencia. En el perdón divino el tiempo mismo relativo al hecho culpable desaparece en la nada. No es que algo existía, pero dejó de existir. Es que nunca existió. Digamos que Dios saca un suceso fuera del cono de luz antes aludido.
El que pide perdón a Dios con sincero e incondicionado arrepentimiento puede quedarse absolutamente tranquilo. El contador de su conciencia está a cero a partir ese momento. Si el pasado sigue pesando sobre la conciencia de alguien, es que no ha entendido aún el alcance del perdón divino.
Bien al contrario, el perdón humano puede degenerar en una farsa. Es lo que ocurre con los políticos que perdonan a los terroristas sus crímenes con su infantil memoria histórica. Tratan de rehabilitarles como personas decentes, al paso que ofenden y humillan a sus víctimas..
Los políticos tipo Zapatero saben muy bien que, en su conciencia moral -si la tienen- aún están vivos los crímenes de los terroristas. No pueden borrarlos de la historia. Por tanto, no cabe extrañarse de que la memoria histórica de nuestros cínicos políticos sea compatible con que los terroristas sigan haciendo alarde de que no se han arrepentido. El perdón humano degenera en farsa.
Los hombres pueden perdonar falsamente al que no está arrepentido. Pueden hacer teatro y hasta tener éxito de público. Dios en cambio no puede perdonar en falso.
Igualmente, los hombres pueden negar el perdón al verdaderamente arrepentido. En cambio, Dios siempre le perdonará.
En resumen, el perdón que nunca falla al verdaderamente arrepentido es el divino. No el humano.