Quizás los pluralistas griegos, como Empédocles, tuvieran razón en considerar la realidad como mezcla de opuestos, y nuestro propio carácter o temperamento debiera ser tenido también como mezcla de tendencias opuestas basadas en nuestros propios componentes, sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema. La propia historia de la Humanidad ( también la de la Naturaleza ) es una realidad hecha de guerra continua, como ya nos advirtiese Heraclito ( por favor este prosopónimo con acento paroxítono ). La contradicción y el choque de opuestos es la esencia de nuestra vida, el combate a muerte entre opuestos trae la vida, nuestra propia convivencia se fundamenta en un equilibrio de opuestos y la propia lengua nos lo revela. Muchas palabras indoeuropeas son compuestos de opuestos.
Así, el latín “reciprocus”, procedente de los antónimos *rekwe ( que se echa para atrás )+*prokwe (lat. procus, galán, pretendiente, enamorado que aspira a la mano de una mujer, o candidato, porque en todos estos casos se lanza para adelante ), y en donde ya el hablante romano no tenía conciencia de las palabras que lo integraban, significa que avanza y retrocede, como el “reciprocum mare” o los “argumenta reciproca” de que habla Gelio, aquellos que pueden volverse contra el mismo que los emplea. Hay muchos sintagmas fosilizados nacidos de oposición o antonimia. Así tenemos también en latín “domi militiaeque” ( en el sentido de “en la paz ( casa) y en la guerra ( milicia )”, casi con el mismo sentido que el oxímoron celtibero “loukai teitubus” ( “en el campo y en las casas” ). En los ritos de los Fratres Arvales se prescribe la celebración del sacrificio “in luco et domi”, o “in loco domoque”, secuencia que viene a querer decir lo mismo que el “loukateitubus” del celtibero; “en suelo rústico y urbano”. Pues *loukâ- “abierto, campo”, procedente de *leuk- “brillar”, y en relación directa con indoeuropeo *louko-, que significa “claro del bosque” o “campo” ( lat. lucus, osco lúukei, a. i. loka, a. ingl. leah, y lit. laukas ) se opone “teitubus”, relacionado con *tecto, lat. “tectum”, umbro “tettome” (edificio, casa), gr. téktôn, etc. Hay innúmeros sintagmas fosilizados formados por dos términos, bien sustantivos, bien adjetivos, bien adverbios, que expresan ideas contrapuestas con el objetivo de señalar una tercera cosa distinta a los opuestos, como “ioca seria” ( cosas frívolas y cosas serias ), que gusta repetir Cicerón, o “bona mala” ( cosas buenas y cosas malas ), “rursus prorsus” ( atrás y adelante ), que nos dice Terencio, el “noctem diem”, de Julio César, o el tan universal en toda la latinidad y entre los humanistas “velis nolis” ( quieras o no ).
También las llamadas palabras vitandas, aquellas que contienen contenidos peligrosos y minaces o prejuicios supersticiosos que pueden sobrevenir cuando las pronunciamos – pues que el significante siempre ha estado empañado de significado para el hablante humano -, son sustituidas por vocablos que gracias a la metáfora o a la sinécdoque aluden de forma amable y hasta antagónica a los males amenazadores que entrañan. Eso ocurre con palabras que han sustituido a las que designaban a la muerte, a la serpiente, al lobo, al oso, a los malos espíritus, y a muchos conceptos más amenazantes. Y a menudo la metáfora se ha impuesto de tal modo que ya no conocemos la original palabra vitanda. Incluso la lengua llega a aludir a lo débil con palabra que significa denotativamente lo contrario, lo opuesto. Así, los antiguos griegos, por puro sentido apotropaico, llamaban a la mano izquierda “aristerá cheír”. Aunque aquí el sufijo -teros funciona como sufijo de oposición, y no como sufijo comparativo ( cfr. lat. dexter/sinister, interus/exterus, etc. ), la raíz expresaría la fuerza, la excelencia y la superioridad de la mano izquierda, cuando en realidad no es así en la mayor parte de la población diestra. De hecho, el adjetivo “aristerós” tiene el sentido “de mal agüero” y “siniestro”. Pero precisamente se combate el significado con la “magia” contraria del significante.
El tiempo de nuestra vida y de la propia Historia del hombre parece contradecirse con la dimensión física del tiempo, ya que como decía el profesor Georges Bataille el vector del tiempo se dirige hacia el pasado, es una fuerza que impele al pasado, ya que nuestro futuro se hace siempre pasado, y nunca al revés. El cronotopo humano y el físico son así mundos divergentes. El propio vocablo “tiempo” alude a un corte de direcciones opuestas ( lat. tempus, de la raíz *tem- “cortar” ).
Es en la realidad en donde se vive la contradicción de las Matemáticas. Plutarco nos transmite un conocido texto de Demócrito que encontró Crisipo y en el que el padre del átomo ejemplifica la contradicción de toda verdadera realidad: si a un cono se le corta por un plano paralelo a la base, las dos superficies resultantes del corte ¿son iguales o no son iguales?: porque, si no lo son, el cono resulta “escalonado”, “con entrantes y salientes” ( en fin, que la generatriz se vuelve una recta efectivamente rota en puntos, perdiendo la continuidad que se le requería para engendrar un cono propiamente dicho ), y si son iguales, entonces el cono es un cilindro. A lo cual, en puro y duro lenguaje matemático, hay que responder ( como, según un arreglo probable del texto de Plutarco, respondió, como buen lógico, Crisipo ) sencillamente por la negación conjunta: no son iguales ni desiguales. Pero es en la realidad de las cónicas zanahorias, y no en los conos de la geometría matemática, cuando las cortamos, en donde se realiza la contradicción, donde emerge la realidad.
Desde el punto de vista de la sola gramática, la realidad visible es la unión de dos mundos incompatibles, pero complementarios. Por una parte están cosas como adjetivos o sustantivos o las formas infinitas del verbo que tienen significado, pero que no están en ningún lugar y tiempo ( silla, burro, amar, ventana, político, blanco, duro ), y por la otra los cuantificadores definidos e indefinidos, adverbios de lugar y tiempo, mostrativos, desinencias personales, etc., que no tienen significado, pero que concretan y señalan un lugar, un tiempo, una medida o una persona ( allí, hoy, ése, tres, poco, mucho, amo, todo ).
No se trata de cabalgar por interés mezquino contradicciones, como ha dicho algún cínico inmoral, sino de reflexionar sobre la perenne contradicción que supondrá siempre la vida.