La soberbia del gobernante – atiendan a su gesticulación más que a sus palabras – es un signo de su potencia en marcha: del proceso moderno de incremento incesante del poder. Naturalmente esa expansión del poder se presenta como necesaria a la beatífica luz de un bien común que le sirve de ocasión – atiendan a la mueca sentimental –.
Su poder no podría ejercerse de dar la cara como usurpación ilegítima o como la imposición descarnada de una voluntad que nos somete por la fuerza de su brazo. La extensión del poder más allá de los límites de su constitución, encuentra siempre el medio de legitimación en una u otra forma de acción orientada por un bien indiscutible – atiendan a su vanidad autosatisfecha –. Esa extensión del poder más allá de toda limitación jurídica o constitucional es legalizada con facilidad, desde el momento en que la ley perdió todo fundamento trascendente o consuetudinario – según una justicia inamovible – para convertirse en el diseño de un legislador al que avala estrictamente el número de sus votantes.
Hay circunstancias que facilitan sobremanera esa propagación total del poder sobre la integridad de la vida social. Es evidente que la epidemia es una circunstancia especialmente apropiada a ese fin, pero hay otras. La masiva llegada de individuos desarmados que, arriesgando sus vidas, atraviesan el mar para alcanzar una tierra que se les antoja prometida, es otra ocasión favorable a la violación de una legalidad sin vigor, en nombre de una acción directa que salve las vidas de estos navegantes en sus frágiles cayucos. La apelación a las víctimas del viaje inhibirá toda respuesta y permitirá asumir que se conculque la ley en nombre de un bien superior. Permitirá oscurecer con las luces tenebrosas del mal a todo aquel que se oponga a la violación de la ley y resista a una acción que va más allá de los límites de la ley. Ésta ha dejado de ser sagrada y sus fronteras son transgredidas habitualmente en nombre de un bien tras el que se esconde la amplificación del poder que se deshace de la limitación que la ley supone. En nombre de la salud de todos o en nombre de las vidas humanas que se pierden en el mar, puede actuarse de facto. Más tarde la legalidad se ajustará al ejercicio real del poder. Nada hay que pueda resistir este paso, nada que pueda oponerse con éxito al crecimiento del poder. Todos y cada uno nos inclinamos con temerosa reverencia ante el acrecido soberano que se desvela por hacer el bien con una generosidad desbordante que la ley, por fin, no podrá impedir.
Frente al Estado hace siglos que no queda nada. Ningún poder que lo limite o lo corrija, sólo la masa ingente de la muchedumbre: atomizada y apacentada. Una multitud bajo gestión microfísica y capilar de un poder hoy dotado de recursos apenas entrevistos, hace un siglo, por los más lúcidos visionarios. Asfixiados por la libertad y entregados al juego ilimitado del mundo online, nos sometemos al orden que ha diseñado la gran fábrica de sueños y confundimos esa potencia fantasmogénica con la realidad. Entretanto en el mundo offline se nos administra rigurosamente, en nombre de un bien superior, sólo al alcance de nuestro señor temporal, democráticamente legitimado.
La artimaña se delata cuando se comprende que ese bien se identifica con el poder, de cuya naturaleza parece formar parte un crecimiento incesante en extensión e intensión. El gobernante define el bien en cuyo nombre actúa y a cuyo servicio pondrá la legislación, de la que es autor ilimitado. Una legislación siempre cambiante, en constante progreso, al servicio de un bien que sólo puede garantizar la máquina de gobierno. Así pues, nada puede oponerse al derecho cambiante, porque nada puede oponerse al imperio del bien al que ese derecho sirve y cuya defensa exige una maquinaría política de enormes dimensiones. No hay ya Derecho alguno que oponer al derecho mudable de una legislación situacional. Bertrand de Jouvenel lo expresaba del siguiente modo:
“¿en qué consiste ese derecho que se opone al derecho cambiante? Ha perdido las dos raíces que en otro tiempo le daban solidez: en sus aspectos esenciales, la fe en una ley divina; en el resto, el respeto a las prácticas ancestrales. La segunda raíz no podía menos de ser extirpada en un tiempo de rápidas transformaciones. Pero ¿la primera?”
Ante la invasión, solapada y cotidiana, del poder sobre nuestras vidas, ha perdido todo sentido el viejo grito de indignación: ¡No hay derecho! Simplemente no hay más derecho que la legislación y ésta será renovada por el Poder que – defensor absoluto del progreso – sabe bien qué es lo que nos conviene.
Y, sin embargo, nos sorprende la pregunta de Jouvenel. ¿Es que no sabría que Dios ha muerto? ¿o acaso sabía que no puede morir?