Opinión

Mike Vergara mueve los dedos de los pies al borde del precipicio

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Diego Medrano | Jueves 17 de diciembre de 2020

La carrera musical de Mike Vergara (33 años), teclados y guitarra de Ilegales, resulta apasionante. En primer lugar, es un creador desde la técnica, a los doce años ya sabía todos los temas de Calamaro, letra y música. Hizo sus estudios, sus universidades, sus posgrados, pero lo importante siempre fue la técnica. Tocó en grupos precarios, garitos de mala nota, con estrellas locales y fugaces, dandismo de arrabal y primeras figuras del toreo patrio. Sin olvidar la técnica. ¿Qué es la técnica? Saber escribir un soneto. Saber escribir muchos sonetos. Escribir un libro y una enciclopedia de sonetos. Para luego, cambiar de palo, y empezar a hacer liras u odas.

Cuando pronto, muy pronto, se convirtió en un músico que sabía tocar, Jorge Martínez vio la ocasión para ficharlo en Ilegales, del que su líder lleva viviendo toda la vida, no como tanto fantasmón de entrevista ocasional y trabajo fijo en Mercadona. A los grandes productores de música de este país, previo al tema y el estilo, lo único que les importa es que no desafines. Fue la coletilla eterna de Tibu, Tony Caravaca, Chirro, Paco Lucena, Mercader, Heredia, Parera, Loeches: “Desafina en el minuto tal, desafina en el segundo tal, desafina en el acorde tal”. No importa qué cantes sino cómo. Una técnica. Para ello hay que llevar mucha música dentro, no a bocados, sino en plan atracón, por el que algunos revientan a lo bruto. Y así el vómito azul es otro examen.

Mike Vergara fue un relámpago blanco en la noche, dominó pronto siete instrumentos, repetía temas ajenos, paseaba su gorrita y fulares, sus chalecos de fantasía y sus homenajes a los más grandes, así el humo se quedaba quieto en las mesas, así los ojos crecían frente a su sombra enjuta, así las chatis empezaban a hacer cola. Esa fue su entrada en muchos sitios: “¿Y las chatis dónde andan?”. Las chatis -otra técnica- añadían gravedad al tono pulmonar, libertad a la bragueta rota y rapidez a los dedos golosos. Sin destinatario, uno siempre se atocina.

Tras años con Jorge/Ilegales llega ahora su momento solitario con debut en disco nuevo, que no es tal sino otra veta o río dentro del principal: Paisajes cuánticos. Del cual Axis mundi es el single pegadizo y del que algunos camareros me dicen: “Es como La vuelta ciclista a España pero en bueno”. Disco instrumental, sí, tema instrumental, cercano a un Beethoven que hace rock, ajeno a cualquier vulgaridad gestual o burlesque de músico guaperas que solo vende eso, un careto. Mike Vergara se esconde, no sale, incluso en el viodeoclip se toma de lejos, para solo mostrar música y la mejor. Disco/purga, su abandono de las tristezas venéreas, de las noches regaladas, paraísos artificiales y pie despegado del acelerador por la UCI. Mapa y brújula, la grandeza de volver atrás, encontrarse, vender belleza. El músico (sin chatis) preocupado por la cocina y la bicicleta luminosa.

¿Y con quién emparenta este disco Paisajes cuánticos y este single Axis Mundi? Lo tengo claro: Edgar Froese y su llamada música cósmica. Froese, fundador de Tangerine Dream, fue la eclosión pura del rock alemán, una inmensa discografía con más de cien referencias, y otro eslabón más allá de Pink Floyd donde el pulso maquinal se coloreaba por efectos dramáticos y melodías atractivas. El músico –desde los temas interminables a los breves- fue el anticipo del new age, del chill out, del dance music, pero de manera proverbial del llamado ambient, hasta llegar a las partituras de El salario del miedo (1977) de William Friedkin donde se enamoran y le cotizan Ridley Scott o Michael Mann. El final de Froese, hijo de por medio, fue la unión del rock con ritmos latinos. Froese generó viajes alucinógenos, con una música distinta a todo, sin él ingerir droga alguna y ser contrario a todas (ni bebía alcohol). Un alemán ajeno a la cultura inglesa o americana cuyas primeras formaciones musicales (1967, 69, 70) eran tríos donde todos tocaban el teclado, aparte de otros instrumentos. El gran viaje de Froese es desde ese primitivismo salvaje a otra técnica a partir de secuenciadores, sintetizadores, cajas de ritmo y un largo etcétera. Música cósmica, teclados, el infarto.

Mike Vergara se detiene en su Axis mundi (eje del mundo) donde convergen todos los puntos de la brújula para unir Cielo e Infierno. Los reinos inferiores asciende a los superiores y la bendición generalizada, donde el espacio funciona como ombligo y punto de partida de otro mundo, permite salir a la calle por una buena lubina, vuelta y vuelta a la plancha, sin fumar un porro, ni saborear un tinto, ni acercarse a la hoguera de un cubata para evitar todos los gérmenes juntos de la mascarilla navideña. Mike Vergara, a pelo, demuestra su donosura y brillo como compositor, sin postureo ni mascaradas/botellones adolescentes. Una creación respaldada por una técnica firme donde solo habla la música. El Axis mundi es tan secular como religioso: los chamanes, todos los animistas de la tribu, las civilizaciones tecnológicamente más avanzadas creyeron a Mircea Eliade en su dogma: “Todo microcosmos, toda región inhabitada, tiene un centro; esto es: un lugar que es sagrado por encima de todo”. Puro amor y chatis.