Opinión

Tiempos oscuros

TRIBUNA

Eugenio Nasarre | Viernes 18 de diciembre de 2020

El gran historiador británico Paul Johnson concluía su “Historia del cristianismo” (escrita al final del pasado siglo) con un párrafo, que contenía lo siguiente: “En la última generación, cuando el cristianismo público estuvo en plena retirada, hemos tenido nuestra primera y lejana visión de un mundo descristianizado; esa visión no es alentadora. Sabemos que la insistencia cristiana en las posibilidades del hombre para el bien a menudo se ve desairada, pero también estamos aprendiendo que la capacidad humana para el mal es casi ilimitada; en realidad, está limitada sólo por la extensión de su propia influencia. El hombre es imperfecto con Dios. Sin Dios, ¿qué es?”.

El Congreso de los Diputados acaba de aprobar la ley de eutanasia. Un hecho que, en su más hondo significado, supone un cambio de civilización se produce en medio de una pandemia que ha provocado ya la muerte de más de 70.000 personas, la gran mayoría ancianas. La gente está atemorizada. Las autoridades recomiendan que no salgamos de nuestras casas. Por supuesto, las concentraciones y reuniones están prohibidas. El país vive en estado de alarma. En el Congreso de los Diputados apenas ha habido debates. Una ley de tanta trascendencia no ha sido objeto de comparecencias ni de dictámenes. El parlamentarismo está agonizando. Esta democracia mutilada aprueba leyes de enorme envergadura con las libertades restringidas. Es un sarcasmo que una ley que otorga licencia para matar se apruebe con los hospitales llenos y decenas de miles de personas contagiadas. Pero ha habido aplausos, muchos aplausos en las bancadas de algo más de la mitad del hemiciclo. Ha habido júbilo porque, por fin, una ley concede a los médicos ser dispensadores de la muerte. Era algo impensable hace unas pocas décadas.

Porque, en nuestra visión del mundo de la segunda mitad del siglo pasado, la eutanasia estaba indisolublemente asociada al nazismo. La eutanasia y la eugenesia formaban parte de su proyecto ideológico, que defendía la necesidad de suprimir la “vida indigna de ser vivida”. Ya en Nuremberg en 1929 Hitler afirmó que “como consecuencia de nuestro humanitarismo sentimental moderno intentamos mantener a los débiles a expensas de los sanos”. En 1939, cuando creía que la sociedad alemana estaba ya preparada, comunicó al dirigente de los Médicos del Reich que “era justo que se erradicasen las vidas indignas de pacientes graves”. El programa de la eutanasia era justificado por los nazis como respuesta a las demandas de los propios ciudadanos e incluso de los padres angustiados por las malformaciones y enfermedades incurables de sus hijos. Fueron los médicos integrados en el partido nazi los encargados de la ejecución del programa de eutanasia impulsado por el Führer.

Mi abuelo médico tenía grabado en la pared de su gabinete el juramento hipocrático. En él se decía: “A nadie daré una droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin”. Lo había jurado al concluir sus estudios de medicina. En la postguerra mundial se proclamó el superior derecho a la vida en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Comenzó un movimiento imparable para abolir la pena de muerte. El verdugo, objeto del célebre elogio de Joseph de Maistre, el único con licencia para matar por ministerio de la ley, ya no tenía cabida en nuestra sociedad. La dignidad no era selectiva. Pertenecía a cualquier ser humano fuese cual fuese su raza, edad, salud o demás condiciones. El Estado debía proteger toda vida humana, que era indisponible. Yo pertenezco a esa civilización. Es imperfecta pero es defendible. Mas en las últimas décadas del siglo un fuerte vendaval de secularización recorrió el continente. Y esos principios empezaron a tambalearse. El humanismo de las “cuatro libertades” sufrió grietas que se fueron ahondando. El nihilismo se asomó por la puerta de atrás.

La eutanasia que ha aprobado el Congreso concede a los médicos unos poderes exorbitantes. En la ley el paciente tiene “derecho” a “solicitar” su muerte. Pero no es él quien la decide. Se establece un procedimiento que posee resonancias judiciales. Un órgano colegiado, compuesto de médicos, es quien pronuncia el veredicto de si ha de morir el paciente. La ejecución correrá a cargo del médico encargado, que deberá actuar con el “máximo cuidado y profesionalidad”.

A partir de ahora los médicos se van a dividir en dos clases: los observantes del juramento de Hipócrates y los que abjuran de él. Resulta irónico que los observantes sean quienes tengan que declarar la “objeción de conciencia sanitaria”. Es el mundo al revés. Y así empezará el deslizamiento: aclamando a los primeros “solicitantes” y a sus “ejecutores” como héroes. Para que haya cada vez más imitadores y para que los órganos colegiados decisores sean cada vez más benevolentes, esto es, más dispensadores de la muerte.

Confieso que prefiero la civilización en la que me formé, la de la segunda mitad del XX. La considero muy superior a la que está dando sus primeros pasos. Incluso me atrevo a llamarla Tiempos Oscuros.