Sin embargo, después de su muerte el 22 de noviembre de 1963 (el mismo día del asesinato de J.F. Kennedy), pasó una cuestión casi curiosa: Lewis siguió escribiendo, y de manera profusa. O, mejor dicho, sus obras se siguieron revisando, editando y publicando en diversos idiomas, lo que permitió a las nuevas generaciones acceder al conocimiento de su vasta obra. Además se han escrito biografías sobre él y sus amigos, y se han filmado películas, como Tierra de sombras.
Aunque C. S. Lewis es uno de los británicos más conocidos del siglo XX, pocos saben quién fue Walter Hooper, fallecido este 7 de diciembre de 2020, como consecuencia del Covid 19. Nacido en Estados Unidos el 27 de marzo de 1931, Hooper conoció al autor de Las crónicas de Narnia en a comienzos de la década de 1960 y muy pronto trabaron amistad y tuvieron sintonía intelectual. Esto permitió que se convirtiera en el secretario de Lewis, a quien acompañó en sus últimos años. Tras su muerte, se convirtió en su albacea y quien administraba literariamente la herencia del escritor.
Tuve el gusto de conocer a Walter Hooper el 2001, cuando yo comenzaba mis estudios de doctorado en la Universidad de Oxford. Aunque mi tema de investigación era la historia política de Chile, tiempo atrás había dictado en la Universidad Católica de Chile dos cursos que combinaban la historia con la literatura: uno era “Neruda y Solzhenitsyn. Vidas paralelas”, que analizaba a dos grandes escritores que habían obtenido el Premio Nobel de Literatura con un año de diferencia y que se encontraban en las antípodas ideológicas; el otro era precisamente “Tolkien y Lewis”, que estudiaba a estos dos grandes escritores británicos, que despertaban un gran interés en muchos jóvenes.
Hooper fue desde el primer momento un hombre llano y amable. Rápidamente se interesaba por las demás personas: les preguntaba en qué estaban, si les había gustado Oxford y otras cosas más domésticas. Me lo presentó mi amigo Andrés Izquierdo, quien trabajaba por entonces en la exportación del vino chileno en Gran Bretaña, anunciando en la introducción que Walter había sido amigo de C. S. Lewis, por lo que nuestra primera breve conversación adoptó de inmediato un giro literario. Cuando nos encontramos a los pocos días, nos invitó a su departamento –recuerdo que vivía cerca de St. Antony’s College, al que yo estaba adscrito– a tomar el té, para conversar más largo.
Ahí estuvimos puntualmente el sábado siguiente. Contestaba preguntas con gran disponibilidad de tiempo y amabilidad, contaba historias y anécdotas que debe haber repetido muchas veces durante su vida, y con extrema humildad parecía reconocer que C. S. Lewis era el gran ancla de interés de muchos que lo visitaban, aunque él tuviera su propia trayectoria literaria e incluso espiritual: había sido clérigo anglicano, que a fines de la década de 1980 se convirtió al catolicismo, completando el camino iniciado por Jack desde el “Merco cristianismo” (se hizo anglicano) hasta la religión romana de Hooper. Lewis, dicho sea de paso, dejó su ateísmo original para pasar a ser “el converso más desalentado y remiso de toda Inglaterra”, como expresó en sus memorias espirituales. Cada domingo se podía ver a Walter por la mañana en la Iglesia de St. Aloysius, de los oratorianos de San Felipe Neri.
Dicho sea de paso, esta parroquia estaba solo a unos metros del Eagle and Child, el famoso bar de reunión de los míticos Inklings, grupo de amistad literaria del que formaban parte Lewis, su hermano Warnie; J. R. R. Tolkien, el autor de El Señor de los Anillos (después se sumaría su hijo Christopher); el escritor Charles Williams; el profesor Hugo Dyson; el médico R. E. Havard, y el abogado Owen Barfield. Walter Hooper asistió en una oportunidad a la reunión, y recordaba que Lewis lo marcó desde un comienzo: “a los pocos minutos, incluso los que se hallaban en las mesas cercanas dejaron de hablar para escucharle”. Le pareció que la conversación con Lewis era fascinante, “rica en ideas, en ortodoxia y en sentido común”, y que fue lo mejor que jamás hubiera esperado oír.
En el departamento de Walter Hooper había un gran busto de C. S. Lewis, que mostraba con orgullo. Le profesaba una mezcla de admiración, gratitud y fidelidad, que se tradujo en las numerosas obras cuya publicación promovió para seguir escuchando al escritor, y poder “gozar de una experiencia notablemente similar a la de aquellos que le conocieron personalmente, pues sus libros se parecen mucho a su conversación, tanto en el tono como en el contenido”.
A pesar que ya tenía unos 70 años, seguía trabajando en algunas ediciones muy relevantes. Una de ellas se publicaron como una obra de C. S. Lewis, Collected Letters, que consta de tres gruesos volúmenes: el primero Family letters, 1905-1931 (2004), el segundo Books, Broadcasts and War 1931-1939 (2004), y el tercero Narnia, Cambridge and Joy 1950-1963 (2006). En este último aparece la primera carta que le escribió Lewis a Hooper, en 1954, el escritor británico se manifestaba contento de poder servir de instrumento del Señor para ayudarlo; en 1956 le contestaba una carta de Hooper en la cual este se había referido a los libros de Narnia; a fines del año siguiente le manifestaba que estaría muy feliz de conocerlo en caso de que viajara a Inglaterra. En 1962 Lewis felicitaba a Hooper por una bibliografía que había preparado y expresaba que ahora era “un mucho mejor erudito en C.S.L.”. Cuando se conocieron, el entonces joven admirador del escritor afirmó que sus libros crecerían en popularidad cuando muriera. Y así ha sido, en gran parte gracias a su amigo y albacea.
Finalmente, recuerdo unos libros grandes y que despertaban curiosidad, estaban empastados, pero todavía no publicados, que Walter Hooper escribía con religiosa frecuencia: eran sus Memorias, o recuerdos de Oxford de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, una especie de diario de vida en realidad. Eran muchos volúmenes, largos, en los cuales destacaban las amistades y relaciones personales de Walter Hooper, así como otros temas de interés más amplio. Eran textos cuidados, que seguramente se irán conociendo con el tiempo. Con la muerte de Walter Hooper se acaba toda una época en la historia de la cultura británica, de la literatura, de los Inklings y de C. S. Lewis. En cualquier caso, como ocurre con muchas cosas valiosas, es previsible que muchas de las cosas que escribieron y vivieron logren proyectarse y desafiar al tiempo y al olvido.