Opinión

Signos de Navidad

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Miércoles 23 de diciembre de 2020

Un huérfano, capaz apenas de recordar el bellísimo rostro de su madre, solicita signos al Señor que conoció de sus labios. Los signos están ahí, pero sólo cuando la Luz los baña, resultan manifiestos:Torre de marfil, Estrella de la mañana, Casa de oro, Arca de la alianza, Puerta del Cielo. El niño busca señalesen la oscuridad. Le haría falta la Luz. Su súplica desoladora, año tras año, es cada vez más dura, cada vez más seca. Pero esa plegaria es la clave que liberala mirada y nos permite contemplar todos los signos.

Es ésta la ocasión de la que parte un cuento de Navidad que tiene la virtud inmediata de ponernos fuera de la turbia actualidad, simple moho de la realidad, para llevarnos junto a la fuente soberana de la verdadera existencia.

En el niño crece el deseo de un signo, hasta la noche más oscura en que se contempla rodeado de un silencio deshabitado. Avanza – pese a todo – con la oración en los labios al límite del sentido, porque “si la noche de la primera Navidad la luz no entró en la cueva, todas las cosas, el árbol, los belenes, la cena, las luces, las velas, los ángeles de fieltro, el rosario y los misterios, todo era inútil y nosotros éramos los más tontos de los hombres”

Hasta el momento de la enorme sacudida, íntima y eficaz, que desvela la verdad de un mundo significativo, diseño de una mano amante que lo dispone para que lo habitemos. Saturado de significación, el mundo es entonces nuestra casa y puede caer nuevamente sobre nosotros una alegría pausada y dulce como una bendición. El niño recordará la noche de aquel rosario y sus letanías como la fecha real de su nacimiento y el día en que se le reveló el rostro indudable de su Madre.

Yo siempre he pedido signos, incapaz de ver he persistido – con menos firmeza que el niño de este cuento asombroso – hasta descubrir que existen los milagros porque todo lo que existe es milagroso y reclama un Hacedor. A todos los que hemos atravesado el desierto y hemos conocido la noche oscura, este cuento nos producirá una sacudida elemental. Podría ser, en algún caso, semejante al efecto de la oración y ninguna consecuencia de este cuento maravilloso podrá compararse al milagro de una conversión.

En este año aciago el mundo triunfante señala los hitos de su progreso. La promesa de la ectogénesis, la gestación de individuos humanos en úteros artificiales que se ofrece como un logro disponible, la neurotecnologías que anuncian la comunicación sin diferenciación de una humanidad en red, el gobierno algorítmico de datos masivos que permiten una gestión perfecta de nuestros afectos e impulsos, las leyes de liquidación final o de buena muerte. Y el virus y sus vacunas y la crisis económica y los ancianos caídos en una batalla invisible y sin gloria. Y la degradación de la vida pública sobre los restos consumidos de la vida común.

Muchos hemos pedido un signo, enturbiada nuestra mirada una vez más por el ruido intolerable del mundo y de la nada. En esta Navidad de 2020 este pequeño cuento se sobrepone a la triste agitación comercial y al ruido avasallador de las cosas. Está escrito en el silencio acogedor de una Realidad que nos abraza y nos sostiene.

Para la Abadía benedictina de Le Barroux, Natalia Sanmartin ha escrito, con la profundidad del teólogo y la delicadeza del poeta, un cuento insondable y sutilísimo. Habría de leerse en común, junto a los niños que romperán la vana sabiduría de los adultos con preguntas importantes y concretas. Estas palabras templan y embriagan – como un vino intenso que se bebe junto al fuego – hasta corregir la dirección de la mirada. Entonces vemos los signos celestiales que ya no oscurecen las tristes luces del comercio y el espectáculo fatuo de la gran ciudad: “La Navidad de la ciudad, que no era como la nuestra, que era todo lo contrario de la nuestra”

Y es también, en el terreno sociológico, una esperanza que haya encontrado más de seis mil lectores en apenas dos semanas. Aunque el cristiano nunca está solo, es un consuelo saber que entre los otros también habita el prójimo. Pese a la telecomunicación y la distancia, pese al fragor de un mundo soberbio.

John Senior pedía deshacerse del televisor como primer paso para una restauración de la cultura cristiana. Hoy son muchos los medios que habría que suspender para volver a establecer contacto con la Realidad. Este verdadero cuento de Navidad, adornado con las ilustraciones – dignas de otro tiempo –de Michaela Harrison, ayuda a reconocer la poderosa maravilla de la creación que conduce, tras su milagrosa belleza, al pulso vivo del Creador.