2020 ha sido un año marcado por la pandemia y por la propaganda.
La primera campaña seguramente fue la de minusvalorar la gravedad de la pandemia. A comienzos de año, mientras el COVID-19 se extendía por el mundo -la República Popular China había confinado a millones de personas e Italia peleaba a brazo partido contra el virus- el gobierno español tranquilizaba a la población y autorizaba concentraciones como la del 8-M por todo el país. Recuerdo bien aquellos días en que las terminales mediáticas de La Moncloa repetían las consignas. Esto no será, decían, más grave que una gripe. Las mascarillas, afirmaban, no eran necesarias. A finales de enero, Fernando Simón directamente pronosticaba que “España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado”. La tranquilidad debía durar hasta que el gobierno pudiese explotar las manifestaciones de la primera semana de marzo. Recuerdo a un señor que acudió a la de Madrid y que reconoció que había dado besos y abrazos a todo el mundo mientras exclamaba a propósito del coronavirus que “¡no existe!”.
A medida que el horror de la pandemia golpeaba España, el gobierno se embarcó en una segunda acción de comunicación persuasiva: las consignas optimistas, los aplausos a los sanitarios como emoción colectiva inducida, las historias de los pacientes a los que se daba el alta mientras la mayoría de los españoles se quedaban encerrados en sus casas. La ruina económica llegó acompañada de ovaciones desde los balcones a los nuevos héroes de nuestra sociedad: los profesionales de la salud. Parecía de mal gusto hablar de la gente mayor que moría diariamente en las residencias, de los que estaban solos en sus casas esperando llamadas telefónicas que tardaban días en producirse, de la falta de mascarillas, de equipos de respiración, de personal, de medios… Había que compartir la confianza en que “todo saldrá bien”. Los vídeos que se compartían en redes sociales invitaban al optimismo y la confianza mientras decenas de miles de familias lloraban a sus seres queridos. No es sólo que ese dolor no debía enseñarse: tenía que silenciarse. Casi nadie vio las fotos de los ataúdes, las UCI atestadas, las salas de urgencias donde sólo se oían toses ininterrumpidas y los hijos y nietos llorando a sus abuelos. Recuerdo bien los mensajes pidiendo a los ciudadanos que no fuesen a los hospitales. Los atenderían por teléfono. De fondo, en esos recuerdos, suenan canciones desde los balcones y los aplausos se suceden.
La tercera campaña fue eufórica: “Salimos más fuertes”. Publicidad institucional por doquier. Más consignas. Más neolengua: “la nueva normalidad”, la “desescalada”, los centros comerciales llenos de nuevo mientras las pretendidas medidas de distancia social eran sistemáticamente incumplidas. Bastaba ver las aglomeraciones del Metro de Madrid y el caos normativo para constatar que aquello no podía salir bien dijera lo que dijesen tantos entusiastas. Las preguntas sobre los meses anteriores -los muertos en las residencias, las concentraciones autorizadas, las compras de material defectuoso, las responsabilidades jurídicas y políticas- se despachaban con un contundente “no se podía saber”. Los millones de trabajadores abocados al desempleo o a la incertidumbre laboral de los ERTE debían tranquilizarse y confiar en el mismo gobierno cuya ineptitud, irresponsabilidad e incompetencia los había abocado a la situación en la que estaban. A las concentraciones y protestas contra el gobierno se las trató de deslegitimar con las etiquetas habituales de “fascistas”, “extrema derecha” o el término de moda en aquellos días: “cayetanos”.
La cuarta campaña de propaganda llegó con la “segunda ola” y fue la más sofisticada. Consistió en fingir que se gobernaba cuando, de hecho, se trataba de dejar que cada comunidad autónoma se las arreglase como pudiera. Normas incoherentes, contradictorias y, a menudo, simplemente ineficaces -¿a cuánta gente se ha sancionado por llevar mal puesta la mascarilla en espacios públicos donde era obligatoria? –iban acompañadas de mensajes que señalaban bien a las claras que, en este caso, eran los gobiernos autonómicos los que debían asumir responsabilidades. La politización alcanzó su grado máximo cuando se presionaba a Madrid para ordenar confinamientos, pero no a Navarra o a Cataluña. Nadie exigía responsabilidades. Volvían las restricciones de movimientos y la limitación de actividades (por ejemplo, la hostelería). Las citas e intervenciones médicas llevaban acumulado un retraso terrorífico (tratamientos contra el cáncer, por ejemplo) y seguíamos con las citas médicas telefónicas -incluso ésas iban retrasadas – pero, de nuevo, el gobierno carecía de responsabilidad por el terrible camino que había conducido al caos de estos últimos meses.
La quinta campaña ha comenzado con la distribución de la vacuna. Esta ocasión de esperanza, perfectamente compatible con la prudencia, se ha convertido en la oportunidad que el gobierno esperaba para fingir que lidera algo. Las fotografías de los contenedores de las vacunas se han difundido con etiquetas del gobierno bien visibles y que contrastan con las que otros países han publicado. Todos conocemos ya las identidades de las primeras personas vacunadas -ahora el gobierno sí se ha acordado de las residencias, de las personas mayores y de los sanitarios- y toda voz crítica se pretende silenciar so pretexto de derrotismo o, peor aún, de no celebrar la llegada de la vacuna. Una redactora a la que no hay por qué hacer publicidad escribió en una red social “hay gente a la que le está doliendo la llegada de la vacuna como le dolió el fin de ETA”. De nuevo, hay una euforia impuesta con el emotivismo típico de las campañas del gobierno. Salvador Illa ha declarado en su cuenta de Twitter que “Es el principio del fin de la pandemia”. Pedro Sánchez ha escrito hace algunas horas que hoy, primer día de vacunación, es “un día para la emoción y la confianza”.
Con decenas de miles de miles de muertos, cuyo número exacto aún no sabemos precisamente por la pésima gestión del gobierno, el presidente pide “confianza”. Con centenares de miles de personas a la espera de atención médica adecuada desde marzo -citas canceladas, pruebas suspendidas, enfermedades agravadas por el caos de estos meses, intervenciones pospuestas- el presidente que ha tenido que optar por no gobernar antes que volver a hacerlo mal pide ahora confianza. Con millones de personas en el paro, la incertidumbre laboral o la precariedad, este presidente pide hoy confianza. El que ha entregado el gobierno a Podemos y depende de los enemigos de España para seguir en el poder pide en esta hora confianza.
La alegría por la esperanza que la vacuna representa no puede sumirnos en el olvido ni propiciar la impunidad. Hoy es también un día para la memoria y para la exigencia, una vez más, de responsabilidades. No podemos permitir que la propaganda de gobierno, que llega a través de los medios que controla directa o indirectamente, nos ofusque hasta el punto de caer en las trampas y las manipulaciones de los meses pasados.