Opinión

La era del silencio

TRIBUNA

Jesús Romero-Trillo | Miércoles 30 de diciembre de 2020

Hace unos días releía las historias del libro titulado “Las pequeñas virtudes” de la escritora italiana Natalia Ginzburg, y en especial el ensayo titulado “Silencio”. Natalia Ginzburg (1916-1991), de padre judío y madre católica, pero de educación e identidad profundamente laica, vivió los avatares históricos del siglo XX. Su primer marido, Leone Ginzburg, fue torturado en la cárcel romana de Regina Coeli hasta la muerte durante la persecución a los judíos de la Segunda Guerra Mundial. El compromiso social y político de la autora le llevó a ser diputada del Partido Comunista de Italia en 1983.

El libro, publicado en 1962, es un canto a la vida cotidiana con los recuerdos de una mujer que tuvo una vida intensa y rica de amistades con los intelectuales de su época, como Cesare Pavese. Ante todas las situaciones complicadas de la vida, la escritora se crecía siguiendo el principio de que a cada día le basta su afán. Al leer las historias del libro se descubre la importancia de la vida cotidiana y de asumir el riesgo de vivir cada mañana con creatividad.

A casi sesenta años desde la publicación del libro, muchas de sus ideas sobre el papel del silencio en nuestra sociedad siguen aún vigentes. Seguimos demasiado en silencio ante lo que ocurre en nuestro mundo, ante el drama de la guerra, ante la destrucción de la naturaleza, y antes tantas otras cosas. El silencio es siempre cómplice del conflicto.

Pero hay otro silencio, el silencio con uno mismo, sobre el que la autora también reflexiona. No me refiero al silencio pasivo, que es estéril, sino al silencio activo de la escucha, porque solamente quien sabe custodiar este silencio comprende el valor de la conversación. La falta de silencio interior hace que nos cueste escuchar por el afán de hablar de todo, muchas veces con vehemencia y sin pausa. No hay conversación sin silencios, y la conversación es la única manera de conocer al otro. Hay un gran déficit de conversación en nuestro mundo, repleto de tutoriales online y Ted-Talks sin posibilidad de interlocución.

Quizá también hay poco silencio porque vivimos un déficit de “palabras gruesas”, como dice Ginzburg. Las palabras gruesas nos permiten tener silencios profundos, porque cuanto mayor es la densidad de la palabra que recibimos más meditativo es el silencio que la acoge. Para vivir el silencio creativo necesitamos parar el ritmo y contemplar el mundo de otra manera, para vivir y valorar lo presente.

Las religiones presentan el silencio como necesidad y como conquista para entrar en contacto con Dios. El silencio no se consigue con la ausencia de palabras, sino que se conquista traspasando las palabras que lo ocultan. San Agustín decía que las Sagradas Escrituras están repletas de metáforas, de múltiples “capas de figuras” según su expresión, para que el lector se esfuerce en su comprensión, pero también para crear un deseo de llegar al significado del texto a través de su meditación. Lo que es inmediatamente transparente y accesible al conocimiento y a los sentidos elimina el misterio y nos vuelve consumistas, incluso de la palabra.

Por eso, cuanto más descubrimos la importancia del silencio, más necesitamos disfrutarlo. Quizá el confinamiento nos haya preparado para disfrutar de la conversación pausada y meditativa y, por tanto, de la escucha activa y creativa. Quizá las pequeñas virtudes de la vida cotidiana que hemos desperdiciado en el pasado estén encontrando el lugar apropiado en nuestras vidas. Quizá ha llegado el momento de dejar de hacer algunas cosas importantes para centrarnos en llevar a cabo las esenciales. Quizá es el momento de entrar en una nueva era en la historia: la era de la conversación, la era del silencio.