Luis María ANSON | Sábado 30 de agosto de 2008
Hace sólo cincuenta años, un negro en Estados Unidos no podía ir a la Universidad de los blancos, no podía utilizar el mismo ascensor en los rascacielos, no podía sentarse en los bancos de Central Park, no podía viajar en la parte delantera de los autobuses públicos. El only white dominaba la vida de la primera potencia del mundo. Cinco décadas después, la discriminación ha sido erradicada, y lo que es más importante, los negros no sólo dominan deportes como el atletismo o el baloncesto sino que ocupan un número creciente de las cátedras universitarias.
Pero no hablo con un colega americano que no me señale el peligro que corre la vida de Obama. Kennedy fue asesinado, su hermano Robert también, a Reagan le metieron un tiro debajo del brazo y sobrevivió de milagro. El número de locos asesinos se ha multiplicado en Estados Unidos. Y no digamos el peligro que tienen algunas mafias organizadas.
Consciente de la situación, los responsables del partido demócrata, y probablemente los servicios de seguridad del Estado, han redoblado hasta la asfixia las medidas en torno al candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Al riesgo habitual que acompaña a las candidaturas presidenciales se une la circunstancia del color de la piel de Obama en una nación en la que el Ku-Klux-Klan no fue una leyenda sino una atroz realidad.
Algún periódico americano tiene ya preparada una edición especial con el asesinato del candidato Obama, del presidente Obama. Y en las redacciones se cuenta con el riesgo de atentado como si se tratara de un factor seguro. La ironía se ha descargado, además, sobre la situación. Obama es un blanco perfecto.
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